El acorazado 'clase Trump' no es un chiste. Es una señal del futuro de la guerra naval
EEUU aspira a mantener la supremacía naval con un nuevo buque de combate nombrado en honor al presidente que contradice todos los modelos teóricos de guerra. ¿Qué hay detrás de la clase Trump?
El Pentágono de Donald Trump aspira a mantener la supremacía naval estadounidense con un nuevo buque de combate nombrado en honor del presidente. Un diseño que contradice todos los modelos teóricos, que apuntaban a una guerra naval dominada por unidades más pequeñas y mejor conectadas. Pero lo que parece un capricho a mayor gloria del ego del magnate neoyorquino es en realidad una tendencia presente en las armadas de medio mundo: el retorno de los buques de guerra colosales. ¿Qué están pensando los planificadores militares?
Nuevos acorazados clase Trump
El 22 de diciembre, el presidente Trump anunció que la armada de Estados Unidos incorporará un nuevo tipo de buque clasificado como "acorazado lanzamisiles". El anuncio causó sorpresa porque el proyecto fue anunciado sin seguir el protocolo burocrático habitual de estudios previos de requisitos de las oficinas de planificación y sin contar con los oportunos debates en el seno del ecosistema de think-tanks estratégicos y defensa que existe en torno al Pentágono. Pero, sobre todo, porque se trataría del primer buque clasificado como acorazado que Estados Unidos construye desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Siendo fiel al estilo del inquilino de la Casa Blanca, el nuevo tipo de buque fue bautizado clase Trump y anunciado como parte de una iniciativa Flota Dorada (sic) destinada a impulsar el poder naval del país norteamericano. Tradicionalmente, el nombre de la clase de los buques en las armadas occidentales coincide con el primero construido. Sin embargo, bautizar un buque con el nombre de un presidente en ejercicio es considerado demasiado osado, incluso para los estándares del actual gobierno estadounidense. Por ello, en este proyecto el nombre sólo identificará a la clase, y esta vez el cabeza de serie tendrá otro nombre. El primer acorazado lanzamisilesclase Trump será el USS Defiant y, en caso de dar buen resultado, se estima que podrían llegar a construirse entre 20 y 25 unidades.
Las imágenes hechas por ordenador del nuevo diseño lo presentan como un buque de líneas futuristas que recuerdan bastante a los bocetos del cancelado proyecto DDG(X) para un futuro destructor de la armada estadounidense. Se trata de un buque de más de 35.000 toneladas de desplazamiento, superando con creces las 27.000 toneladas del buque Juan Carlos I de la Armada española, pero aún lejos de las cifras a plena carga de famosos acorazados de la Segunda Guerra Mundial, como el alemán Bismarck (50.000 toneladas) o el japonés Yamato (72.800 toneladas).
La novedad del acorazado lanzamisiles clase Trump es que en algún momento estará dotado de cañones electromagnéticos, misiles de crucero con cabeza nuclear y lanzaderas de misiles hipersónicos, armas que ahora mismo sólo existen en el papel o en pruebas. Así que las unidades iniciales irán dotadas con armamento convencional, destacando las 128 celdas de misiles. Una cifra bastante significativa si la comparamos con las 16 celdas que llevarán las futuras fragatas españolas F-110 de la clase Bonifaz.
La clasificación del nuevo buque como acorazado lanzamisiles es una decisión arbitraria que seguro responde al gusto por la hipérbole y el efectismo del actual gobierno de Estados Unidos. En realidad, la jerarquía que dividía a los buques en acorazados, cruceros, fragatas y corbetas tuvo sentido hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando las características fundamentales que permitían comparar buques eran el desplazamiento, su blindaje y la potencia de fuego de sus cañones. La introducción de los radares y los misiles distorsionó la relación entre el tamaño del buque y su capacidad de combate, usando entonces cada armada criterios particulares para clasificar sus buques. Así encontramos que los buques de la clase Álvaro Bazán de la Armada son considerados en España fragatas y el mismo diseño es considerado un destructor en Australia.
Lucha por la hegemonía naval
El anuncio del nuevo proyecto de acorazado de la clase Trump llega tras el fracaso de tres proyectos de buque de combate lanzados por la marina de guerra de Estados Unidos. El primero fue un proyecto de destructor de líneas futuristas pensado para la guerra convencional al que los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 le pillaron yendo a contracorriente en la historia. Se construyeron tres unidades antes de su cancelación.
Entonces, la armada de los Estados Unidos lanzó un programa de buque ligero con sistemas modulares para un mundo de operaciones en el litoral contra piratas y terroristas. La industria naval estadounidense fue incapaz de diseñar un buque de coste contenido y los proyectos de equipos modulares no llegaron muy lejos. Para colmo, en vez de elegir un único diseño ganador, se decidió comprar los dos diseños finalistas para repartir carga de trabajo pero reduciendo los beneficios de las economías de escala y complicando la operación, formación y mantenimiento. Entonces tuvo lugar la invasión rusa de Ucrania en 2014 y la amenaza de la guerra convencional regresó a Occidente.
La respuesta de la armada de Estados Unidos al nuevo contexto geoestratégico fue cancelar el programa de buques de guerra litoral para comprar con cierta urgencia un diseño preferiblemente probado. El ganador fue un derivado de la versión italiana del diseño franco-italiano FREMM. Pero, una vez más, la armada del país norteamericano fue incapaz de no complicar el proyecto, exigiendo agrandar las dimensiones e introducir nuevos equipos. La ventaja de comprar un modelo probado se perdió por el camino y, tras largos retrasos por las complicaciones de rehacer el diseño, el proyecto se abandonó con apenas dos unidades construidas.
Este nuevo plan llega en un momento en que hay seria preocupación en el Pentágono por el ritmo al que los astilleros chinos producen buques de combate. Estos fracasos, sumados al rediseño del buque de asalto anfibio, han creado una sensación de urgencia. EEUU mantiene una ventaja considerable en su capacidad de proyectar fuerzas gracias a la red de bases navales en el extranjero, desde Rota a Okinawa, y mantiene una ventaja por el poder abrumador de sus once portaaviones nucleares.
Hasta ahora, China sólo ha introducido en servicio tres portaaviones. Pero la producción de destructores, fragatas, submarinos y buques anfibios contrasta con la esclerótica industria naval militar estadounidense afectada por las erráticas decisiones de los planificadores estadounidenses.
La preocupación por mantener la ventaja militar con China ha estado presente en los planes del Pentágono desde los tiempos en que el presidente Barack Obama anunció en una cumbre del foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) de 2011 que era hora de "pivotar" hacia Asia. Tras décadas marcadas por la necesidad de defender Europa y atender crisis en Oriente Medio, la política exterior estadounidense debía empezar a ocuparse del auge de China. El Pentágono ya trabajaba en aquella época en un modelo de batalla aeronaval que dio paso al concepto operativo de "letalidad distribuida".
La enorme extensión del Indo-Pacífico supone un desafío operativo para la armada de los Estados Unidos. La geografía impone la necesidad de contar con la mayor cantidad posible de buques y es (o era, hasta el anuncio del acorazado clase Trump) un incentivo para construir todas las unidades posibles a un precio contenido para maximizar el presupuesto, en vez de menos buques pero más grandes y sofisticados. Además, se imponía la tendencia de dotar de armamento a la mayor cantidad de buques posibles, incluyendo unidades menores y auxiliares, que pudieran hacer su aportación a la batalla conectados en red con el resto de sus fuerzas.
El nuevo buque se sale de los parámetros que imponían los conceptos manejados por el Pentágono para concentrar gran cantidad de recursos en unos pocos buques. Pero se trata de una tendencia también presente en las armadas europeas, donde están apareciendo proyectos de buque de guerra cada vez más grandes, reflejando lecciones de los últimos conflictos.
El nuevo consenso: ande o no ande
La armada de Alemania sustituirá a sus fragatas de la clase Brandenburgo, que desplazan a plena carga 4.500 toneladas, por nuevo buques de la clase Baja Sajonia (Niedersachsen), que superarán las 10.000 toneladas. Con ese tamaño se equiparan a los destructores en servicio en la armada estadounidense, aunque el armamento previsto dista mucho de los norteamericanos. Un recordatorio de que, en el siglo XXI, el potencial de combate de los buques no se calcula por el tamaño o peso, sino por los sistemas de armas y la tecnología.
Mientras tanto, la Marina Militar italiana planea una nueva generación de destructores de 13.500 toneladas. Italia vuelve así a contar con buques de gran porte tras varias décadas en que sus principales buques de combate fueron fragatas. Mientras tanto, en Reino Unido ya se han hecho públicos los primeros conceptos de los futuros destructores del Tipo 83, que superarán las 10.000 toneladas e irán dotados con 96 celdas de misiles.
Los planes de las armadas europeas contradicen también los desarrollos doctrinales estadounidenses, que planteaban un futuro de combatientes ligeros pero conectados en red y cargados de sistemas electrónicos. El cambio posiblemente sea el resultado de las lecciones de los conflictos de Oriente Medio, donde hemos visto a los hutíes de Yemen lanzar contra los buques occidentales en el Mar Rojo una amplia panoplia de misiles balísticos, de crucero y antibuque junto con toda clase de drones. Mientras tanto, las operaciones militares de Israel contra Irán han derivado en un intercambio de golpes en el que el régimen iraní ha empleado también misiles balísticos, misiles de crucero y drones.
La experiencia práctica demuestra que cuando una flota o un país se expone a una lluvia de proyectiles de todo tipo, los pozos de misiles de los buques de combate y las lanzaderas de misiles antiaéreos nunca parecen suficientes. La proliferación tecnológica, con Rusia y China exportando armamento avanzado al mejor postor, significa que esas capacidades avanzadas ya no son patrimonio de un puñado de países.
Todas estas lecciones parecen haber sido estudiadas en España, donde la filial australiana de la empresa pública Navantia preparó una evolución de los buques F-100 y F-110 para presentarlos a la armada australiana. El nuevo proyecto de buque ha sido clasificado como destructor y ha sido bautizado como Flight III (Escuadrilla III), una forma de referirse en la armada estadounidense a la tercera evolución de un diseño naval. Se trata de un buque de 10.200 toneladas que estaría dotado de 128 celdas de misiles. El diseño parece haber captado el interés de la Armada, donde se plantea una prolongación del programa F-110 con dos unidades con capacidades antiaéreas avanzadas.
Los astilleros públicos tienen capacidad de diseñar buques pesados, fuertemente armados y muy tecnológicos, pues lo hemos visto cuando ha participado en concursos internacionales. Los destructores Flight III se unen a las fragatas Alpha 4000 Plus, ofrecidas a Suecia, y a los buques de asalto anfibio LPD Smart, presentados a Australia, como algunos de los diseños más interesantes que han salido de las mesas de ingeniería de Navantia. Queda saber si, en el actual contexto de rearme europeo, alguno de estos diseños podría acabar sirviendo en nuestra Armada.
El Pentágono de Donald Trump aspira a mantener la supremacía naval estadounidense con un nuevo buque de combate nombrado en honor del presidente. Un diseño que contradice todos los modelos teóricos, que apuntaban a una guerra naval dominada por unidades más pequeñas y mejor conectadas. Pero lo que parece un capricho a mayor gloria del ego del magnate neoyorquino es en realidad una tendencia presente en las armadas de medio mundo: el retorno de los buques de guerra colosales. ¿Qué están pensando los planificadores militares?