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Esta desconocida máquina servía para atar a China en corto. Pekín está lista para copiarla
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EL PROYECTO MANHATTAN DE PEKÍN

Esta desconocida máquina servía para atar a China en corto. Pekín está lista para copiarla

China está a punto de anular la mayor ventaja que EEUU y Europa tenían para frenar su avance tecnológico: replicar las máquinas de ASML. En caso de lograrlo, su poder tecnológico podría dispararse

Foto: Una de las máquinas de ASML en una planta de Oregon. (Reuters)
Una de las máquinas de ASML en una planta de Oregon. (Reuters)
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En el Proyecto Manhattan, el verdadero alcance de la iniciativa no se midió únicamente por el artefacto final, sino por la onda expansiva que desató una vez fue utilizado. La bomba atómica no fue solo un avance militar: se erigió en un instrumento de tutela geopolítica, tan absoluto en su poder como devastador en sus efectos, y alteró de forma irreversible el mapa del poder mundial. Por eso no resulta extraño que se recurra a esa metáfora para describir el alcance del último plan que China tiene entre manos: clonar las máquinas de litografía de la holandesa ASML.

De lograrlo (y las últimas informaciones apuntan a que van por buen camino), Pekín neutralizaría el gran palo en las ruedas que Occidente, y en particular Estados Unidos, ha utilizado durante años para contener su progreso tecnológico. Si ese obstáculo cae, el efecto no será gradual, sino sistémico. La capacidad de producir en masa semiconductores de vanguardia sin restricciones externas actuaría como un acelerador brutal sobre una ya formidable autonomía industrial y tecnológica. Daría alas a China en la carrera de la inteligencia artificial y podría volver a alterar la competencia por el liderazgo global, del mismo modo que el Proyecto Manhattan redefinió el mundo en 1945.

Hasta la pandemia, ASML era una empresa prácticamente desconocida para el común de los mortales. Era un asunto para muy cafeteros. Solo en mentideros especializados y entre algunos inversores la tenían en el radar. Pero todo cambió cuando el coronavirus reventó las costuras de la industria de los semiconductores. Fue entonces cuando todo Occidente, desde Estados Unidos hasta Europa, quiso recuperar el terreno perdido y volver a fabricar sus propios chips. En ese proceso, muchos descubrieron que existía una empresa en Países Bajos absolutamente imprescindible si lo que se pretendía era producir semiconductores de última generación. Se trataba de una antigua escisión de Philips convertida, casi sin hacer ruido, en uno de los mayores cuellos de botella tecnológicos del planeta.

Y lo es porque ASML es la única compañía capaz de fabricar máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV), imprescindibles para construir los chips más avanzados del mundo. Cuando se habla de chips de vanguardia se habla, de forma orientativa, de nodos por debajo de los 7 o los 10 nanómetros. Hay tres factores clave que influyen en sus capacidades: el número de núcleos, la velocidad de procesamiento y la arquitectura. Este último parámetro, aunque ya no se corresponde de forma estricta con una dimensión física concreta, sigue siendo un buen indicador del grado de miniaturización y de cuántos transistores pueden integrarse en una misma superficie.

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Hay quien la ha definido como la máquina más compleja jamás construida. Y es una afirmación bastante acertada”, explicaba a El Confidencial Jesús del Álamo, profesor del MIT. El corazón del iPhone es una pieza minúscula, de apenas unos milímetros de ancho y largo, y todavía menor grosor. Se diseña en Cupertino, pero se fabrica a miles de kilómetros de allí, en las plantas de TSMC. Para hacerlo posible hace falta un equipo de ASML que pesa cerca de 180 toneladas, tiene el tamaño de un autobús urbano y cuya logística requiere decenas de contenedores y varios aviones de carga para su traslado e instalación.

Esa importancia crítica llevó a la primera administración de Donald Trump, la misma que decretó el veto contra Huawei, a maniobrar para cortar el acceso de China a los productos de la compañía holandesa. Y lo logró. ¿Cómo fue posible? La clave está en que ASML depende de una red de proveedores extremadamente especializada y distribuida por todo el mundo. El sistema de vacío procede del Reino Unido. Zeiss, un fabricante alemán conocido por sus ópticas de precisión, diseñó una compleja serie de espejos capaces de reflejar la luz ultravioleta extrema sin absorberla, algo imposible con lentes convencionales. La cerámica estructural y diversos componentes químicos llegan desde Japón. En otras palabras: el plato es holandés, pero alrededor del 65 % de los ingredientes provienen de otros países, según datos de Boston Consulting Group.

Uno de esos ingredientes críticos es el sistema láser que golpea las gotas de estaño para generar la luz EUV, un sofisticado mecanismo de plasma producido mediante láser de CO₂ desarrollado y fabricado en California. Es este componente el que permite a Washington presionar y condicionar a una empresa situada al otro lado del Atlántico para que no venda sus productos a compañías de determinadas nacionalidades.

Si les privas de todo esto, les obligarás a luchar por la soberanía tecnológica, pero la soberanía tecnológica real… Y en 15 años podrían lograrlo, haciendo desaparecer ese mercado para los europeos”, advertía el hasta hace poco CEO de ASML, Peter Wennink, a propósito de estas restricciones. Y todo apunta a que ese horizonte temporal podría estar acortándose mucho más rápido de lo previsto.

Hasta el momento China había conseguido sacar los colores a EEUU en varias ocasiones. La primera y quizá más destacada fue la del lanzamiento del Mate 60 Pro. Este móvil de Huawei sorprendió por tener un procesador Kirin de siete nanómetros creado por SMIC, la mayor fundición del país. Aquella sorpresa fue un serio aviso de que Pekín estaba buscando alternativas y había avanzado hasta ese punto estirando y perfeccionando máquinas de litografía ultravioleta profunda (DUV en el argot especializado), equipos más antiguos y algo más limitados en términos de miniaturización. Eso hizo que Washington impusiera restricciones a la venta de equipos de tecnología más madura a China y que apretase tanto a Países Bajos, Japón o Corea del Sur para endurecer los controles de exportación.

Pero una exclusiva de Reuters ha revelado que el país asiático ha dado un paso de gigante. En un laboratorio de alta seguridad en Shenzhen, el considerado como Silicon Valley chino, han conseguido dar forma a un prototipo que le deja más cerca de copiar, por tanto, el santo grial de la fabricación de chips avanzados. La máquina todavía no puede producir semiconductores, pero ya es capaz de generar el chorro de luz necesario para grabar las obleas de silicio. No es un PowerPoint ni una promesa para tranquilizar a Xi Jinping ni al resto del Politburó. Existe, ocupa una planta industrial entera y está en fase de pruebas.

La información, basada en los testimonios de fuentes conocedoras del asunto, dibuja un ambiente propio de ciencia ficción. Equipos que duermen en las instalaciones y están milimétricamente divididos y en gran parte incomunicados para evitar el riesgo de fuga de información. Hay dos jugadores clave en el proceso. Por un lado, el Gobierno de Pekín, que ha inyectado un chorro de dinero público para cubrir los costosos costes del proyecto. Para hacerse una idea, una máquina de última generación de ASML, una sola, cuesta unos 180 millones de dólares. Imagínense el dinero que hay que invertir hasta tener el conocimiento para fabricarlas. Huawei es, por así decirlo, el cerebro de la operación. Es el encargado de coordinar a los centros de investigación públicos, universidades y empresas implicadas. Por supuesto, la fundición SMIC, la TSMC de China, está también involucrada.

El Gobierno chino ha corrido con los gastos y Huawei ha llevado la batuta técnica del proyecto

La última frontera que ha cruzado el proyecto es la de que el equipo sea capaz de generar luz ultravioleta extrema. Este punto era el gran cuello de botella y el muro contra el que parecían chocar una y otra vez las aspiraciones para lograr una alternativa a ASML tanto por parte asiática como de otras competidoras.

¿Cómo lo han conseguido? Se habla de que han reclutado talento que había pasado por esta y otras empresas clave. A pesar de que tengan cláusulas de confidencialidad,velar por su cumplimiento una vez están en un lugar como China es algo harto difícil. La inteligencia holandesa ya avisó de que el país asiático estaba intentando, a través del espionaje, hacerse con los secretos de la compañía. En la historia reciente, ya hay casos en los que la multinacional europea ha conseguido importantes victorias en los tribunales contra extrabajadores por apropiarse de propiedad intelectual y de secretos industriales, pero a la hora de la verdad no han podido mantener esa información a salvo ni han podido hacer cumplir la sentencia.

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Foto: Rebeca Nobble (Reuters)

Pero hay un paso muy importante: ingeniería inversa. En el proyecto hay una unidad que cuenta con cerca de un centenar de investigadores universitarios dedicados a desmontar máquinas de litografía extrema y litografía profunda para estudiar los componentes y comprender su funcionamiento. Si bien tienen la capacidad de compra de equipos nuevos o componentes clave prácticamente anulada, hay varias vías para acceder a ellos.

Hay un poderoso mercado secundario. Los datos de la SEMI, una especie de patronal mundial de los semiconductores, indican que ya en 2021, coincidiendo con las primeras sanciones en torno a ASML, las empresas chinas doblaron la inversión dedicada a comprar equipos de segunda mano. Según Reuters, esta es una posibilidad que sigue abierta y menciona explícitamente subastas de bancos internacionales que incluían estas máquinas entre los lotes.

Respecto a los componentes, al parecer se están utilizando piezas de Nikon y de Canon para el prototipo. No significa que estas firmas se hayan saltado la prohibición, sino que es probable que se haya utilizado un entramado de sociedades pantalla para acceder a estos productos y evitar que se rastree el comprador original. No es la primera vez que China hace uso de esta treta. Cuando no podían acceder a las GPU más poderosas de Nvidia, lo que hacían las compañías de ese país era viajar a países como Malasia con discos duros en maletas. Allí, a través de sociedades fantasma, alquilaban espacio en centros de datos, entrenaban sus modelos y volvían a su lugar de origen.

A pesar de las buenas noticias, todavía tienen que resolver otros retos, como la óptica de precisión con la que funcionan los equipos de ASML. Los más optimistas en torno al proyecto hablan de 2028 para tener la primera versión completamente operativa. Los más prudentes, 2030. Sea como sea, mucho más cerca de lo que esperaban.

Pero China no va a esperar sentada hasta ese momento para lograr la autonomía total. Como ha documentado el Financial Times, las fábricas chinas llevan años exprimiendo hasta el límite las máquinas DUV que sí pueden utilizar, mejorándolas con componentes adquiridos en mercados secundarios y apoyo técnico externo. El resultado no es elegante ni barato, pero funciona: chips avanzados producidos a base de multipatrón, más lentos y más caros, pero suficientes para alimentar sistemas de inteligencia artificial y mantener con vida a gigantes como Huawei. Es la versión industrial del “apáñatelas con lo que tengas”, aplicada a una escala colosal.

Si China logra finalmente encajar esa última pieza del puzle, la óptica de precisión y la integración final del sistema, el efecto será sísmico. En ese momento, la compleja arquitectura de sanciones levantada por Washington quedará reducida a un andamiaje frágil, incapaz de contener la fuerza de una autosuficiencia tecnológica largamente cultivada. No será una transición ordenada ni un desplazamiento gradual del equilibrio existente, sino una ruptura limpia, casi instantánea, del marco estratégico que ha gobernado la industria de los semiconductores durante décadas.

Si China logra esto sería un golpe para EEUU. También para la UE que perdería su único campeón tecnológico

Eso proporcionaría a Pekín un suministro prácticamente inagotable de capacidad computacional para competir y, llegado el caso, dominar la carrera de la inteligencia artificial. Al mismo tiempo, supondría un golpe severo para Europa. ASML, el llamado supercampeón continental, dejaría de ser el guardián de una tecnología singular para convertirse en un actor relevante pero prescindible, privado del monopolio que hoy le confiere peso geopolítico. Con esa pérdida, Europa vería evaporarse una de las últimas herramientas con las que todavía puede influir de forma decisiva en el tablero global.

Para Occidente en su conjunto, las consecuencias serían aún más profundas. La superioridad tecnológica dejaría de ser un rasgo estructural del sistema internacional y pasaría a ser una ventaja contingente, sujeta a una competencia sin barreras efectivas. Como ocurrió tras la detonación de 1945 en Nuevo México, el cambio no se anunciaría con solemnidad, sino que se asumiría con una mezcla de incredulidad y resignación al día siguiente. El mundo comprendería entonces que el equilibrio de poder ha mutado de forma irreversible y que la era de la hegemonía tecnológica unipolar ha llegado a su término.

En el Proyecto Manhattan, el verdadero alcance de la iniciativa no se midió únicamente por el artefacto final, sino por la onda expansiva que desató una vez fue utilizado. La bomba atómica no fue solo un avance militar: se erigió en un instrumento de tutela geopolítica, tan absoluto en su poder como devastador en sus efectos, y alteró de forma irreversible el mapa del poder mundial. Por eso no resulta extraño que se recurra a esa metáfora para describir el alcance del último plan que China tiene entre manos: clonar las máquinas de litografía de la holandesa ASML.

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