De repente, OpenAI y Nvidia ya no parecen invencibles. Su problema es el mismo
El lanzamiento de Gemini 3 ha supuesto un golpe en la mesa y un dardo para OpenAI. Nvidia también ha sido víctima de los avances de Google. En su caso, por los chips de inteligencia artificial de Mountain View
El próximo domingo se cumplen 3 años del día en el que todo, o casi todo, cambió en la industria tecnológica. En menos de 48 horas, habrán transcurrido 36 meses desde el ‘chatgepetazo’ de OpenAI, uno de los lanzamientos más exitosos que se recuerdan en la historia de Silicon Valley y que provocó una carrera para conquistar la inteligencia artificial generativa. Desde entonces, el discurso dominante se ha basado en dos tótems aparentemente inamovibles. El primero de ellos es que la empresa dirigida por Sam Altman llevaba varios palmos de distancia. El segundo era la idea de que los chips de Nvidia eran un ingrediente indispensable para aquellos que quisieran competir en la élite de la IA.
Pues bien. Los relatos de que a OpenAI era prácticamente imposible darle caza y de que Nvidia es un peaje inevitable han empezado a fracturarse. Los dolores de cabeza de las dos empresas irradian exactamente del mismo lugar: Mountain View. Y es que Google ha conseguido dar en los últimos días un golpe de efecto que ha conseguido que la percepción, tras muchas críticas en los últimos años, sea la de que ellos son los que marcan el ritmo de esta pelea.
Algo impensable hace tan solo unos meses. El propio Sundar Pichai, CEO de Alphabet, reconoció que el lanzamiento de ChatGPT les pilló con el pie cambiado. Eric Schmidt, su predecesor en el cargo, reconoció abiertamente los fallos y el retraso de la compañía. Satya Nadella, CEO de Microsoft, se vino arriba gracias a su matrimonio con OpenAI y señaló directamente incluso a Google y su imperio de las búsquedas, a pesar de que la posición de Bing es irrelevante. "Quiero poner a bailar a un gorila de 800 libras", dijo el directivo.
Pues bien, el simio no solo no se ha puesto a danzar, sino que ha empezado a dar palmas y ha conseguido que todos se fijen en él y que incluso bailen a su ritmo. La gran victoria de Google tiene nombre y apellidos: Gemini 3. El último modelo de lenguaje de la compañía californiana ha ido directamente al top de los ránkings y de las pruebas de rendimiento que se utilizan para medir cuán potente es una inteligencia artificial.
Los elogios han sido múltiples, pero hay uno que resume a la perfección el estado de euforia que se ha vivido los últimos días con este lanzamiento. Marc Benioff, consejero delegado de Salesforce, una de las empresas de software corporativo más importantes del mundo, aseguró que iba a abandonar ChatGPT y cambiarlo por la IA de Google. "Acabo de pasar 2 horas en Gemini 3. No pienso volver atrás. El salto es increíble", aseguró en su cuenta de X. Este juicio no es baladí, porque Salesforce es uno de los encargados de llevar la IA a miles de empresas de todo el mundo. Otra de las muchas personalidades que alabó los progresos vistos fue Andrej Karpathy, exdirector de IA en Tesla y uno de los fundadores de OpenAI, que habló de "un potencial muy sólido de opción de uso diario" y lo calificó como un "LLM de primer nivel".
Las alabanzas a Google se producen por varios motivos. Para empezar, las capacidades de razonamiento que ha demostrado Gemini 3, así como su habilidad para picar código. Pero no es lo único. Ha demostrado mucha más destreza a la hora de generar imágenes con texto, un problema habitual en este tipo de herramientas. En el campo del vídeo, Veo 3 fue un éxito instantáneo y se colocó como la referencia nada más ser presentado en el pasado I/O del mes de mayo. Como resultado de este buen hacer, la aplicación de Gemini se ha catapultado hasta el primer puesto de las apps más descargadas.
La compañía ha hecho valer el trabajo acumulado desde hace años. Hace más de una década, en 2014, adquirió la startup británica DeepMind. Esa compañía era la referencia en un momento en el que la inteligencia artificial parecía a años luz de convertirse en una palabra que millones de personas utilizan a diario. Bajo el paraguas de los estadounidenses, la startup siguió avanzando y resolviendo retos técnicos. Quizá su descubrimiento más llamativo fue el de los transformers, un elemento indispensable para el funcionamiento de la IA generativa. Es más, la T de ChatGPT se debe a ello. Por todo ello, sorprendió, y tanto, que OpenAI le tomase la delantera cuando lanzó su chatbot.
Hay varias cosas que han sido claves en que Google haya recuperado posiciones. La primera, probablemente, es que ha dejado de pegarse tiros en el pie. Cuando enseñó por primera vez Bard, su rival para ChatGPT, en el vídeo de muestra se veía que la IA cometía errores factuales, algo que hizo que la compañía perdiese miles de millones en Bolsa en una sola sesión. Hace año y medio, cuando lanzó su generador de imágenes, ocurrió lo mismo. Esa función tuvo que ser suspendida porque permitía crear nazis negros. Todo eso parece haber quedado atrás, al igual que las fricciones internas.
Otro de los factores importantes ha sido el perfeccionamiento de los modelos bajo la batuta de Demis Hassabis, cofundador de DeepMind y ahora pope en todo lo que se refiere a la IA en Google. La empresa dispone de una auténtica avalancha de datos para construir sus modelos. Unos datos que recoge de sus productos que suman miles de millones de usuarios. Desde su buscador, Google Maps, Android y YouTube. Un universo de servicios que no tienen otros de sus rivales y que también le sirven para lanzar. Empresas como OpenAI, Microsoft o Anthropic están o han protagonizado juicios y otras cuitas legales por haber utilizado, sin permiso expreso, contenido protegido por derechos de autor.
Todos los ases de Google
En este punto ha sido clave también la disipación de una de las mayores preocupaciones de Google, que no era otra que los juicios por monopolio. Que la justicia no haya obligado a vender un producto como Chrome ha sido un alivio y un espaldarazo a su estrategia más inmediata. Otro elemento de la ecuación es el financiero.
A diferencia de OpenAI, Google tiene un negocio saneadísimo que le aporta unos beneficios fluidos y una capacidad de afrontar las inversiones que hacen falta en centros de datos y otras infraestructuras sin depender de terceros. Además cuenta con ventanas para atacar los diferentes públicos objetivos. Con Cloud, el tercer gran proveedor en la nube después de Microsoft Azure y AWS, puede atacar el segmento corporativo. Y con el resto de plataformas puede tratar de atraer a cada vez más usuarios hacia su IA.
OpenAI, por ejemplo, tiene que recurrir a la financiación externa, porque su principal vía de ingresos, las suscripciones de sus más de 800 millones de usuarios, no da para cubrir ni de lejos los gastos anuales y recurrentes que debe afrontar. Y la última clave es el hardware. Google es la única compañía, por así decirlo, que domina toda la cadena. Cuenta con las aplicaciones de IA, cuenta con el material para entrenar y diseñar los modelos, pero también cuenta con sus propios chips, los conocidos como unidad de procesamiento tensorial o TPUs. Este dominio es equiparable al que Apple tiene en los teléfonos móviles, donde tradicionalmente ha sido la única compañía que dominaba los dos hemisferios, tanto el hardware como el software. Tanto Meta, como Amazon como la propia OpenAI están intentando emular a Google y tener sus propios chips para reducir la exposición a Nvidia.
En principio fueron desarrollados para su uso interno, pero parece que sus avances y la dificultad para conseguir chips de Nvidia han hecho que los pesos pesados de la IA se planteen adquirirlos. The Information, uno de los medios con mejores oídos en Silicon Valley, aseguró el otro día que Meta y Oracle son algunas de estas compañías. En el caso de la multinacional dirigida por Mark Zuckerberg ponía fecha para ello: 2027. La firma de redes sociales lo reconoció, aunque también habló de que iba a dedicar más dinero para adquirir gráficas de Nvidia.
Todos estos movimientos se han dejado notar en Bolsa. Google se ha disparado en las últimas semanas y está a punto de alcanzar por primera vez 4 billones de capitalización. Nvidia, sin embargo, está en retroceso después de haber besado el cielo a finales de octubre al convertirse en la primera compañía con 5 billones de valoración. Desde entonces, ha perdido medio billón de capitalización. Gran parte de ese tropiezo ocurrió el pasado martes, pocas horas después de conocerse la información de Meta y las TPUs de Google. Todo esto no significa que Nvidia vaya a ser destronada, pero sí que ayuda a vislumbrar grietas en algo que parecía inquebrantable.
El próximo domingo se cumplen 3 años del día en el que todo, o casi todo, cambió en la industria tecnológica. En menos de 48 horas, habrán transcurrido 36 meses desde el ‘chatgepetazo’ de OpenAI, uno de los lanzamientos más exitosos que se recuerdan en la historia de Silicon Valley y que provocó una carrera para conquistar la inteligencia artificial generativa. Desde entonces, el discurso dominante se ha basado en dos tótems aparentemente inamovibles. El primero de ellos es que la empresa dirigida por Sam Altman llevaba varios palmos de distancia. El segundo era la idea de que los chips de Nvidia eran un ingrediente indispensable para aquellos que quisieran competir en la élite de la IA.