La última gran batalla de los chips no es la que piensas y tiene a Europa conteniendo el aliento
Todo el mundo está mirando los chips para inteligencia artificial. Pero China ha desatado una crisis al cerrar el grifo de semiconductores más baratos. Un movimiento que podía haber hecho un roto a la Unión Europea
Cuando se habla de semiconductores, Europa no suele salir bien parada. Quedó bien patente durante la pandemia, a pesar de que el problema se venía larvando desde mucho tiempo atrás. Las carencias no se han resuelto, a pesar del ambicioso plan que puso en marcha Bruselas para conseguir que uno de cada cinco chips se construyera en esta parte del mundo para 2030. Pero los cantos de sirena de las ayudas directas, exenciones de impuestos y préstamos en condiciones ventajosas no fueron suficientes. El objetivo está lejos de cumplirse y algunas de las inversiones más importantes, como una fábrica de Intel en Alemania, se han cancelado sine die.
Esta anemia productiva suele salir a colación cuando se habla de la carrera de la inteligencia artificial y el acceso a los componentes necesarios para competir en este terreno. La UE se consuela con ser el hogar de ASML, ese fabricante holandés que todavía presume de ser el único capaz de crear las máquinas indispensables para producir los semiconductores de vanguardia.
Mientras tanto, Estados Unidos, apoyándose en Nvidia, y China, con su floreciente industria de silicio local y respaldándose en campeones nacionales como Huawei, juegan sus cartas para ganar este pulso. En los últimos meses se han visto en varias ocasiones sanciones y medidas cruzadas desde ambos bandos con el fin de torpedear y dificultar sus objetivos.
La guerra de los chips baratos
Pero la última gran batalla de los chips no es la que imaginas. El resultado, sin embargo, es el mismo: Europa lleva semanas conteniendo el aliento por las consecuencias de las tensiones. En el centro de la polémica está Nexperia, una de esas empresas que no suenan de nada al común de los mortales pero que son esenciales para muchas de las cosas que le rodean. En este caso, para el sector de la automoción, entre otros.
El origen del culebrón se remonta a varios años atrás. Aunque tenga su sede en los Países Bajos, Nexperia a día de hoy es propiedad de una empresa china llamada Wingtech, que la adquirió en 2019 tras un proceso que empezó en 2017. La compra pasó todos los filtros nacionales y comunitarios, y durante mucho tiempo la multinacional operó con total normalidad, manteniendo la producción en territorio holandés.
Sin embargo, esa aparente paz saltó por los aires hace un mes, cuando el Gobierno de aquel país recurrió a una ley de 1952 para tomar el control de la compañía, alegando que se trataba de "una amenaza para la continuidad y la salvaguarda de conocimientos y capacidades tecnológicas cruciales" tanto en territorio neerlandés como europeo. Tanto la decisión como el tono del comunicado fueron una sorpresa mayúscula, teniendo en cuenta que nadie había alertado de ningún peligro en los años que han transcurrido desde que la empresa cayó en manos orientales. Diversos medios se hicieron eco de que el Gobierno temía que Zhang Xuezheng, el CEO de la compañía, realizase despidos masivos y trasladase las tareas que se ejecutaban en Holanda a China. Un extremo que no se llegó a confirmar ni a materializar, porque el directivo fue suspendido, se estableció un consejo neutral y se congelaron las acciones de la compañía.
Foto: Reuters/Fabian Bimmer.
Sin embargo, pronto quedó claro el elemento clave de esta ecuación: la geopolítica. Estados Unidos, como ha hecho con tantas otras empresas chinas, incluyó a Wingtech en la misma lista negra que a Huawei en 2024. En septiembre de 2025, estas sanciones se extendieron a todas las subsidiarias de las empresas sancionadas. Durante los diversos juicios que se celebraron en Holanda para confirmar y avalar los movimientos del Gobierno, se reveló que la decisión venía más por la presión desde el otro lado del Atlántico que por averiguaciones propias. No es la primera vez que Washington intenta presionar a los Países Bajos. En el pasado ya lo vimos con los controles de exportación sobre ASML.
Obviamente, desde Pekín se movió ficha rápidamente y el Ministerio de Comercio chino prohibió a Nexperia exportar ciertos componentes desde su planta de Guangdong, piezas que eran clave para los productos que distribuye la multinacional en el mercado europeo.
La importancia de Nexperia no es trivial. Su catálogo incluye desde transistores hasta diodos utilizados en la gestión electrónica de automóviles y electrodomésticos. También fabrica semiconductores discretos y maduros, circuitos sencillos y baratos pero indispensables en funciones elementales como la apertura de puertas, sensores de airbags o electrónica de a bordo. Además, crea semiconductores básicos centrados en operaciones eléctricas simples que se utilizan en sectores muy variados.
Su relevancia es esencial en la industria automotriz: el 49% de las empresas europeas usan sus chips para funciones de seguridad y para el chasis. El porcentaje es aún mayor entre los fabricantes de dispositivos europeos, donde la cifra alcanza el 86%. Sus piezas también son clave en equipos industriales o de defensa.
La preocupación no tardó en hacerse patente. A finales de octubre, la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA), que representa a las 16 principales compañías del sector en la UE, avisó que estaba a días de detenerse por la falta de estos componentes. La alerta se extendió a diversos puntos de la cadena de suministro y empresas como Bosch ya habían puesto en marcha planes de contingencia, que incluían la paralización de contrataciones a corto plazo y la reducción de la producción.
Una tregua
Sin embargo, en los últimos días, los contactos parecen haber sido fructíferos. El viernes, Automovio, una importante firma alemana que fabrica sensores, frenos y otros sistemas electrónicos para empresas como BMW, Stellantis y Volkswagen, anunció que el suministro se iba a reanudar. El domingo se confirmó la buena nueva: el Ministerio de Comercio de China informó de que había concedido exenciones para los chips de Nexperia destinados a aplicaciones civiles. El ministerio añadió que China "da la bienvenida" a la Unión Europea para "continuar aprovechando su influencia para instar a Holanda a rectificar rápidamente sus acciones erróneas".
El caso de Nexperia ha dejado al descubierto una realidad que Europa no puede seguir ignorando: China no necesita dominar los chips más avanzados para ejercer influencia sobre la cadena global de semiconductores. Su control creciente sobrelos llamados nodos maduros, de entre 40 y 65 nanómetros, le otorga una capacidad de presión considerable en sectores clave como la automoción, la industria o la electrónica de consumo. En este tipo de componentes, menos sofisticados pero indispensables, Pekín ha logrado una posición dominante gracias a una estrategia sostenida que combina inversión estatal, desarrollo tecnológico propio y consolidación de capacidades locales. La intervención del gobierno neerlandés sobre Nexperia demostró, de manera indirecta, hasta qué punto China se ha convertido en un actor estructural dentro de la base industrial europea.
El contexto geopolítico ayuda a entender el alcance de este fenómeno. Mientras Estados Unidos y sus aliados concentran sus esfuerzos en los chips más avanzados, inferiores a los 10 nanómetros, China ha reforzado su posición en los segmentos donde se concentra la mayor parte de la demanda global. En 2023 representaba ya cerca del 29 por ciento de la producción mundial de chips maduros, y se prevé que en 2027 alcance un tercio del total. Empresas como SMIC, Nexchip, CanSemi o HHGrace, junto con la presencia de fundiciones internacionales como UMC o GlobalFoundries en territorio chino, han configurado un ecosistema productivo robusto y diversificado. Aunque estos chips no alimentan los sistemas de inteligencia artificial de última generación, sí son esenciales para mantener en funcionamiento fábricas, vehículos, redes eléctricas y dispositivos cotidianos.
Sede de Nexperia. (Reuters)
El episodio de Nexperia evidencia que la vulnerabilidad europea no está solo en la frontera tecnológica, sino también en los cimientos de su infraestructura industrial. Los semiconductores maduros que China produce o controla están tan integrados en las cadenas de suministro globales que cualquier interrupción en su flujo puede tener efectos inmediatos. La dependencia se hace especialmente visible en los sectores más tradicionales, aquellos donde la estabilidad del suministro importa más que la sofisticación técnica. Este tipo de tensiones ilustra cómo el poder tecnológico se ha transformado en poder económico y, a su vez, en una herramienta de influencia política.
La respuesta de Pekín ante las restricciones occidentales sugiere además una estrategia de largo recorrido. Aunque no ha alcanzado la frontera de los nodos más pequeños, su dominio en los maduros le permite reforzar su autonomía industrial y utilizar su capacidad productiva como elemento de disuasión geopolítica. Las sanciones estadounidenses y las decisiones regulatorias europeas han acelerado la determinación china de reducir dependencias externas y consolidar su cadena de valor. En paralelo, los subsidios públicos, los programas de talento y las inversiones en I+D han fortalecido su ecosistema industrial. El resultado es una red de producción más resiliente y con una capacidad de negociación que se extiende mucho más allá de su territorio.
Desde esta perspectiva, el caso Nexperia no debe leerse solo como una disputa comercial, sino como un síntoma de un cambio estructural en el equilibrio global de la tecnología. China ha entendido que la fortaleza en los nodos maduros le otorga una ventaja estratégica en la economía real, allí donde la demanda es constante y las barreras de entrada son más bajas. Mientras las potencias occidentales concentran sus recursos en los chips más sofisticados, Pekín se ha asegurado de controlar los componentes que hacen posible todo lo demás. Esa posición, lejos de ser secundaria, le confiere un papel decisivo en la configuración futura de la cadena global de suministro de semiconductores.
Cuando se habla de semiconductores, Europa no suele salir bien parada. Quedó bien patente durante la pandemia, a pesar de que el problema se venía larvando desde mucho tiempo atrás. Las carencias no se han resuelto, a pesar del ambicioso plan que puso en marcha Bruselas para conseguir que uno de cada cinco chips se construyera en esta parte del mundo para 2030. Pero los cantos de sirena de las ayudas directas, exenciones de impuestos y préstamos en condiciones ventajosas no fueron suficientes. El objetivo está lejos de cumplirse y algunas de las inversiones más importantes, como una fábrica de Intel en Alemania, se han cancelado sine die.