40 veces más probables: un nuevo estudio explica la tragedia de los incendios del verano
Una nueva investigación revela que la crisis climática está convirtiendo los incendios forestales en Europa en monstruos alimentados por el calor, la sequedad y el viento extremos
Greenpeace documenta desde el aire las zonas quemadas por los incendios en las provincias más afectadas
En torno a las tres de la tarde del 10 de agosto de 2025, el humo se elevó sobre las tierras secas de Molezuelas de la Carballeda, en la provincia de Zamora. Ese primer hilo gris, casi inocente en apariencia, pronto se convirtió en una condena: las llamas crecieron con voracidad y, apenas unas horas después, cruzaron la frontera hacia León, arrasando cultivos, pastos y arbolado. En un abrir y cerrar de ojos, más de 37 000 hectáreas habían quedado reducidas a un paisaje de ceniza. Arrancaba el mayor incendio de España de todo el siglo XXI.
Lo que al principio parecía un episodio aislado, casi anecdótico, ha terminado por encender una mecha imparable. Aunque la emergencia se ha dado por finalizada, aún arden focos activos en Galicia, Castilla y León y Extremadura. Con la relativa calma, llega el momento de intentar evitar que la tragedia vuelva a ocurrir. Y llegan los primeros datos y estudios que demuestran que no va a ser nada sencillo.
Según un análisis publicado hoy por el colectivo internacional de científicos World Weather Attribution (WWA), no estamos únicamente ante una serie de episodios fortuitos o negligencias aisladas. En gran medida, estamos asistiendo a la consecuencia directa de un clima alterado por la actividad humana. El estudio concluye que las condiciones de calor, sequedad y viento que avivaron los fuegos ibéricos son ahora unas 40 veces más probables que en el clima preindustrial, y un 30 % más intensas.
Durante los diez días más calurosos de este trágico episodio, las temperaturas máximas registradas se elevaron unos 3 °C por encima de lo que habrían sido sin cambio climático. Es decir, lo que hoy ocurre cada trece años, en el pasado habría sido un fenómeno que apenas se presentaba una vez cada 2.500 años. Esa ola de calor que acompañó a las llamas no fue, por tanto, una rareza en el clima actual, sino un adelanto de lo que será rutina si las emisiones siguen su curso.
Una catástrofe europea
Esta tendencia no se limita a la Península Ibérica: se extiende ya a buena parte del continente. Durante los últimos veranos, países como Grecia, Bulgaria, Albania o Montenegro también se han visto obligados a activar el Mecanismo Europeo de Protección Civil, desbordados por incendios forestales, olas de calor u otras emergencias climáticas. Lo que antes era un fenómeno localizado y episódico se ha transformado, según advierte la propia Comisión Europea, en un patrón de simultaneidad creciente. Y ese escenario, antes improbable, amenaza con convertirse en la nueva norma.
Por consiguiente, el informe subraya que el gran cambio no es solo la magnitud de cada incendio, sino la coincidencia temporal de varios megafuegos en distintos países europeos. Esa simultaneidad, además, multiplica el estrés sobre los sistemas de respuesta, lo que a su vez empeora las respuestas a los propios incendios: los hidroaviones que un año estuvieron disponibles en Italia o Grecia, ahora son reclamados al mismo tiempo por España y Portugal.
Como advierte Theodore Keeping, investigador en el Centro de Política Ambiental del Imperial College de Londres y coautor del análisis, "los incendios más intensos pueden generar su propio viento, con llamaradas más largas y estallidos explosivos que encienden decenas de focos. Adaptarse no está yendo al mismo ritmo que se intensifican estos fenómenos".
Operarios del Infoca durante las labores de apagado del incendio en el Monte Coronado, este lunes en Málaga. (EFE)
Friederike Otto, también coautora del análisis y profesora de Ciencias del Clima en el Imperial College de Londres, señala que los incendios forestales son, en realidad, eslabones de una cadena de fenómenos extremos (inundaciones, olas de calor, sequías...) que están moldeando con fuego y agua el nuevo rostro de Europa.
Pero la investigación no se ha ceñido a los datos térmicos. También ha abordado cómo los desplazamientos humanos desde las zonas rurales hacia las ciudades han dado lugar a un crecimiento descontrolado de la vegetación en antiguos campos y pastizales, lo cual ha incrementado extraordinariamente el "combustible" disponible para los incendios. Zonas abandonadas se convierten así en mechas naturales listas para encenderse a la mínima chispa, agravando una situación ya crítica por el aumento de las temperaturas y la aridez del suelo.
La lección es clara y dolorosa: el fuego que arrasa los montes ibéricos no arde solo con hojas secas y ramas olvidadas. Arde con décadas de inacción política, con hábitos de consumo que insisten en quemar petróleo y carbón y con una desconexión cada vez más peligrosa entre la sociedad y su entorno natural. La solución no vendrá solo con más hidroaviones, sino con una transformación profunda del modelo energético, territorial y climático.
Los incendios han acompañado siempre a los paisajes mediterráneos. El propio nombre del Pirineo procede del griego 'pyros' (fuego), en alusión a las grandes llamas que ya ardían en la antigüedad.
Los expertos coinciden en que la gestión forestal (quemas controladas, pastoreo, retirada de matorral...) puede mitigar riesgos. Pero con fenómenos cada vez más frecuentes, las medidas de adaptación parecen insuficientes. Como sintetiza Otto, "los fenómenos extremos son más habituales, pero las muertes y daños se pueden evitar. Lo urgente es controlar la vegetación rural, pero lo imprescindible es dejar de quemar combustibles fósiles".
La importancia del contexto histórico
Ahora bien, el propio informe reconoce sus limitaciones: se trata de un análisis basado en observaciones meteorológicas, no en simulaciones integrales con modelos climáticos, lo cual restringe el alcance de sus predicciones. Esto significa que el estudio no utiliza proyecciones climáticas a largo plazo construidas con modelos computacionales complejos, que simulan la interacción entre atmósfera, océanos y usos del suelo bajo distintos escenarios de emisiones. En su lugar, compara datos reales del clima actual con los de un clima preindustrial, identificando cuánto ha cambiado la probabilidad de ciertos eventos extremos.
Esta metodología permite establecer vínculos robustos entre el calentamiento global ya ocurrido y fenómenos como los incendios forestales, pero no proyecta escenarios futuros con la misma profundidad que un modelo climático completo, tal y como advierte al portal SMCMaría José Sanz, directora del BC3 (Centro Vasco de Investigación sobre Cambio Climático). "El estudio se limita a relacionar los fuegos con estos cambios de las condiciones, pero la situación es más compleja, porque hay otras áreas con cambios y anomalías mayores en donde no se han producido estos incendios. Su mensaje debe ponerse, por tanto, en un contexto más amplio de cuáles son los otros factores, como falta de gestión de las masas forestales, mejores sistemas de alerta y coordinación que, combinados con las condiciones climáticas, son críticos para que se produzcan estos desastres".
Eduardo Rojas Briales, profesor de la Universitat Politècnica de València y exsubdirector general de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), también aconseja prudencia en sus declaraciones a SMC, dado que se enmascaran muchos factores. Aunque admite que el cambio climático aumenta el riesgo de grandes fuegos, advierte que no debemos perder de vista la historia: los incendios han acompañado siempre a los paisajes mediterráneos. De hecho, el propio nombre del Pirineo procede del griego pyros (fuego), en alusión a las grandes llamas que ya ardían en la antigüedad.
Servicios de emergencias trabajan para extinguir el fuego el pasado 26 de agosto de 2025, en Castro de Abaixo, Lugo. (EFE)
Ese contexto histórico enlaza con una lección extraída también desde la ciencia más reciente. Una de las principales conclusiones del proyecto europeo de investigación FIREPARADOX fue que la estrategia basada únicamente en apagar incendios podía dar una sensación de éxito inmediato (reduciendo la superficie quemada a corto plazo), pero resultaba engañosa a la larga. Al no intervenir sobre el verdadero problema, el abandono generalizado del territorio mediterráneo, los incendios terminaban concentrándose cada vez más en pocos pero devastadores episodios, que arrasaban extensiones mucho mayores.
A menudo se proponen grandes repoblaciones forestales, pero no siempre resultan adecuadas: para frenar los incendios interesa más crear discontinuidades en la vegetación que faciliten la labor de los equipos de extinción. En el noroeste de la península predominan especies como pinos y robles, bien adaptadas al fuego gracias a semillas o a su capacidad de rebrotar. Sin embargo, lo que realmente condiciona el comportamiento del fuego no es la especie en sí (nativa o introducida), sino la estructura del bosque y la acumulación de material seco.
De hecho, el propio estudio recuerda que la gran mayoría de los incendios tienen origen humano. Entre 2019 y 2023, cerca del 90% fueron provocados por actividades humanas: un 68% por accidentes o negligencias cotidianas (como labores agrícolas, colillas o barbacoas) y un 24% de forma intencionada. En Portugal, los informes oficiales coinciden: más del 60% de los fuegos se deben a descuidos, mientras que las causas naturales apenas explican un pequeño porcentaje de los casos.
Lo que sí está fuera de duda es que el umbral operativo de los sistemas de extinción (el punto hasta el cual la tecnología y los recursos humanos pueden contener el fuego) se está estrechando de forma alarmante. Y el cambio climático, lejos de respetar ese umbral, lo empuja hacia una frontera cada vez más volátil, donde el margen de maniobra se evapora como el agua en plena ola de calor.
En torno a las tres de la tarde del 10 de agosto de 2025, el humo se elevó sobre las tierras secas de Molezuelas de la Carballeda, en la provincia de Zamora. Ese primer hilo gris, casi inocente en apariencia, pronto se convirtió en una condena: las llamas crecieron con voracidad y, apenas unas horas después, cruzaron la frontera hacia León, arrasando cultivos, pastos y arbolado. En un abrir y cerrar de ojos, más de 37 000 hectáreas habían quedado reducidas a un paisaje de ceniza. Arrancaba el mayor incendio de España de todo el siglo XXI.