Los drones son una economía multimillonaria y este es el plan de Europa para no quedarse atrás
China ha convertido su cielo en una autopista tecnológica, con millones de drones redefiniendo la vida urbana, militar y económica. Mientras, Europa aprieta el acelerador con una 'startup' a la cabeza diseñando el dispositivo del futuro
Drones de reparto en la provincia de Hubei, China. (EFE)
Por
A. Sanchis
EC EXCLUSIVO
En un parque de Shenzen, China, ejecutivos recogen su almuerzo entregado por pequeños vehículos aéreos autónomos de Meituan, la plataforma de delivery más grande del país. En otros rincones de este hervidero tecnológico del sur de China, aeronaves no tripuladas transportan muestras médicas entre hospitales, ayudan a la policía en el control de multitudes (como conciertos) y hasta riegan cultivos o colaboran en la extinción de incendios. Este escenario, que parece sacado de una novela de ciencia ficción, es real. Es el resultado de una estrategia económica nacional que quiere cambiar cómo funciona el país en pocos años.
El día a día de la "ciudad del cielo", como ahora llaman a esta metrópolis, ha sido redefinido por una nueva infraestructura urbana basada en drones. Mientras en Occidente su uso aún se discute en términos regulatorios y éticos, China ya ha convertido su espacio aéreo de baja altitud —menos de 1.000 metros de altura— en un vasto laboratorio tecnológico. Según la Administración de Aviación Civil China (CAAC), se espera que el mercado alcance los 490.000 millones de dólares en 2035. Para lograrlo, el Estado ha empujado con fuerza. Subsidios, exenciones fiscales, parques industriales y, desde el año pasado, incluso una división gubernamental dedicada exclusivamente al desarrollo del sector.
La escala es mareante: China tiene nada menos que 2,2 millones de drones registrados, más del 75% del suministro global, según el proveedor de análisis Drone Industry Insights. El país también tiene un dominio absoluto en investigación y desarrollo, representando el 79% de las patentes de drones aprobadas a nivel mundial, según un informe del bufete de abogados Mathys & Squire, con sede en Londres. Para ello, cuenta con un ejército de fabricantes que trabajan no solo para clientes comerciales, sino para el aparato militar.
El enorme portaviones volante chino podrá desplegar ataques de hasta 100 drones. (SCMP)
En contraste, Estados Unidos, históricamente cuna de la innovación aeronáutica, ha visto su avance ralentizado. Las rigurosas regulaciones de la Administración Federal de Aviación (FAA) han actuado como un freno, limitando el despliegue de tecnologías clave como los drones civiles y militares. Hasta hace poco, operar un dron más allá de la línea de visión del piloto (una capacidad crucial para las entregas a gran escala) era una tarea casi imposible. Pero eso está a punto de cambiar.
Trump se ha empeñado en que EEUU no puede ir por detrás de China en este campo. Con una nueva ley de aviación en mente, el republicano firmó hace unos meses tres órdenes ejecutivas que podrían poner fin a este vacío. Entre otras cosas, autoriza operaciones rutinarias con drones fuera de la vista del piloto, impulsa las pruebas de aeronaves eléctricas de despegue vertical y reactiva el sueño del vuelo supersónico comercial. Todo ello, con el objetivo de recuperar el liderazgo global en el aire.
Walmart, la famosa cadena de supermercados, ya ha anunciado que ampliará su servicio de entrega con drones a cinco ciudades. Empresas como Joby Aviation o Archer Aviation trabajan en los primeros taxis aéreos eléctricos fabricados en suelo estadounidense. De hecho, se espera que la FAA publique su nueva normativa en los próximos meses y dé luz verde a una batería de ansiados proyectos piloto.
En Washington, la alarma llevaba sonando tiempo, pero ha sido un nuevo golpe de realidad en el este de Europa el que finalmente ha hecho que se pongan las pilas. La guerra en Ucrania ha convertido a los drones en protagonistas absolutos del campo de batalla. Ucrania, en un ataque reciente, lanzó cientos de drones hacia bases aéreas rusas situadas a miles de kilómetros de la frontera, dañando o destruyendo hasta 40 aeronaves en el corazón de Rusia. La lectura de estos sucesos es que el dominio aéreo ya no lo otorgan los cazas supersónicos, sino los enjambres silenciosos de aeronaves no tripuladas, difíciles de interceptar, que pueden cegar al enemigo y dejarlo sin capacidad de respuesta.
Mientras los fabricantes occidentales tardan años en reactivar su producción, Ucrania pasará de 800.000 drones producidos en 2023 a más de 5 millones este año, según Kateryna Bondar, exasesora del gobierno ucraniano y actual investigadora del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington. Cinco. Millones. Su rival, Rusia, que se prevé que gaste más del 7% de su PIB en defensa este año, ha saturado los cielos de Ucrania y también ha desbordado sus defensas aéreas con más de 1.000 drones cada semana desde marzo. La mayoría son drones de la serie Geran —la versión rusa del avión de ataque Shahed de largo alcance, de diseño iraní—, algunos de los cuales cuestan tan solo 20.000 dólares.
Un soldado ucraniano prepara un dron sobre el terreno. (EFE)
En comparación, los fabricantes de defensa de EEUU y Europa han tenido dificultades durante más de tres años para aumentar la producción de armas. Esto también ha provocado que los funcionarios de defensa de algunos países europeos de la OTAN se apresuraran a evaluar si ellos también podrían ser vulnerables, si un adversario que usara drones podría debilitar gravemente a una gran potencia militar. "Lo que hemos visto en Ucrania es más que un par de incidentes aislados; son un vistazo a la naturaleza del conflicto futuro, donde la guerra no se limitará a frentes claramente definidos", señalaba James Patton Rogers, experto en guerra con drones de la Universidad de Cornell, en este artículo de The New York Times.
Y es aquí donde ha asomado la cabeza una de las startups más inesperadas del nuevo orden tecnológico-militar: Helsing. Lo que comenzó como una empresa de software, una especie de "IA militar europea", ahora se ha transformado en fabricante de drones de alto nivel valorado en 4.500 millones de dólares. Su nuevo HX-2, con capacidad de cazar en enjambres y destruir vehículos blindados, ya se produce en Alemania y planean fabricar decenas de miles al año. Todo financiado, en parte, por el mismísimo CEO de Spotify, Daniel Ek, que ha apostado cientos de millones de dólares por una Europa que no quiera depender ni de EEUU ni de China.
La startup de defensa más valiosa de Europa entra ahora en un panorama increíblemente competitivo. Aparte de los drones fabricados en China que han dominado el mercado, Helsing también se enfrenta a una batalla cuesta arriba contra los titulares estadounidenses como Anduril, Shield AI y Skydio, que han estado construyendo drones pequeños y prescindibles durante años.
La carrera por el dominio aéreo de baja altitud está servida. China parte con una ventaja clara. Estados Unidos intenta reaccionar con política y músculo financiero. Europa, mientras tanto, hace malabares para no quedarse fuera del mapa bajo la urgencia de adaptarse a la nueva realidad militar. Una cosa es segura: los drones ya no son el futuro. Son el presente. Toda una nueva economía (militar y civil) se está creando y quien no se aproveche, lo podría acabar lamentando en varios años.
En un parque de Shenzen, China, ejecutivos recogen su almuerzo entregado por pequeños vehículos aéreos autónomos de Meituan, la plataforma de delivery más grande del país. En otros rincones de este hervidero tecnológico del sur de China, aeronaves no tripuladas transportan muestras médicas entre hospitales, ayudan a la policía en el control de multitudes (como conciertos) y hasta riegan cultivos o colaboran en la extinción de incendios. Este escenario, que parece sacado de una novela de ciencia ficción, es real. Es el resultado de una estrategia económica nacional que quiere cambiar cómo funciona el país en pocos años.