Palabra de Jobs: por qué fabricar el iPhone en EEUU (como exige Trump) es imposible
Una anécdota entre el fundador de Apple y el presidente Obama es la profecía perfecta de todas las dificultades que existen para 'repatriar' la fabricación del iPhone y por qué es una utopía a día
El CEO de Apple, Tim Cook, junto a Donald Trump, en una foto de 2019. (Reuters/Archivo/Leah Millis)
Corría febrero de 2011 cuando un joven Barack Obama se reunió para cenar en California con los pesos pesados de Silicon Valley. De eso hace ya más de 14 años, pero es como si hubieran pasado dos siglos. John Doerr, presidente de la prestigiosa firma de riesgo Kleiner Perkins, puso la casa e hizo de maestro de ceremonias. Asistieron, entre otros, el entonces CEO de Twitter, Dick Costolo, Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Page, cofundador de Google, y el CEO de Apple,Steve Jobs. Hacía solo unas semanas que Jobs había anunciado su tercera baja médica para tratarse el cáncer que sufría. Estaba ya extremadamente delgado y enfermo. Pero allí estaba. Y Obama tenía una pregunta para él.
"¿Qué se necesitaría para fabricar un iPhone en EEUU?", interrumpió Obama a Jobs cuando este hablaba. "¿Por qué no se pueden traer de vuelta esos empleos?", añadió el demócrata, que arrancaba el segundo año de su presidencia. Quienes asistieron a la cena aseguran que Jobs no dudó ni un segundo. "Esos trabajos no van a volver nunca", respondió. Ese agosto, Jobs anunció su retirada definitiva de Apple. Falleció solo dos meses después, el 5 de octubre de 2011.
Tras casi 15 años de esa cena entre Obama y la élite de Silicon Valley, el fundador de Apple no solo acertó de pleno en su vaticinio, sino que evidenció una tendencia que no haría más que reafirmarse con el paso del tiempo. China había ganado la batalla de la manufactura a EEUU, y no solo por coste. La enorme disponibilidad de empleados altamente cualificados, desde ingenieros de software a especialistas en diseño industrial, la flexibilidad de sus fábricas y la rapidez, profesionalidad y compromiso de sus trabajadores, había superado con creces a la de sus rivales estadounidenses.
El iPhone era solo el último dispositivo en unirse a la lista, pero hacía tiempo que venía ocurriendo con casi cualquier producto de electrónica de consumo y alta tecnología, hasta desembocar en coches eléctricos o procesadores avanzados. La tendencia ha sido tan imparable que China no se ha conformado con fabricar productos físicos, y ha saltado a ese terreno en el que nunca nadie había tosido a EEUU: el software. La inteligencia artificial de hoy en día es el iPhone de hace casi dos décadas.
Manuel Ángel MéndezArgemino Barro. Nueva YorkGráficos: Miguel Ángel GavilanesIlustración: Laura Martín
La frase de Jobs en 2011 hace aún más inexplicable el nuevo ataque de Trump a Apple, amenazando con imponer un arancel del 25% a todos los iPhones vendidos en EEUU que no se fabriquen en el país. Unas horas después, el presidente dijo que la tasa también se aplicaría a Samsung y otras marcas de móviles que quieran vender en el país. Nadie entendía nada.
Hace muchos años que directivos y economistas de todo el mundo han entendido que el margen de beneficios y la eficiencia van primero que las consideraciones patrióticas, que la política. Trump, sin embargo, o no lo entiende o no quiere entenderlo: si fabricar un iPhone en EEUU era ya casi imposible hace 15 años, pretender hacerlo hoy es solo una ilusión.
El encarecimiento del iPhone parece inevitable
A día de hoy, un iPhone 16 Pro se vende por 1.100 dólares en su versión de 256GB en Estados Unidos. Según datos de TechInsights, los componentes, el montaje y las pruebas de calidad en China suponen una factura de 580 dólares. El margen, por tanto, es de 520, de los cuales hay que descontar también gastos en marketing, distribución y otros conceptos. Cuando Trump aprobó una tarifa del 104% para los productos importados desde aquel país, los cálculos decían que para mantener el margen de beneficios intacto, la firma de Tim Cook debería vender ese mismo modelo de su teléfono a 2.200 dólares.
Si finalmente se aprueba el ‘impuestazo’ contra los terminales fabricados fuera de Estados Unidos, el precio tendría que ser de 1.380 dólares. Es cierto que es sustancialmente menor, pero no deja de ser un incremento notable. La duda que hay que despejar es si la compañía, llegado el caso, optaría por aplicar esta subida en Estados Unidos o repartirla y maquillarla con una subida de precios de carácter general.
Desde que el presidente estadounidense disparase su bazuca arancelario durante el Día de la Liberación, el teléfono de la manzana ha estado en el centro de muchas miradas y análisis por varias razones. Primero, porque es un termómetro perfecto de cómo todo este quilombo puede afectar a los precios de la electrónica de consumo. Segundo, porque, a diferencia de otras compañías, el estadounidense es el mercado principal de Apple. Tercero, por la exposición y la dependencia que la compañía tiene con China, el principal blanco de la ira comercial de Trump. Y cuarto, y último, porque supone un reto mayúsculo para su cadena de suministro, considerada una de las más avanzadas y complejas del mundo.
Un anuncio del iPhone 16 Pro en China. (Reuters/Jessica Lee)
No deja de ser cuanto menos curioso que este trámite le haya tocado gestionarlo aCook, el ideólogo de toda esa trastienda logística. Fue su principal cometido cuando aterrizó en la compañía en 1998, pero ha seguido vigilando este punto muy de cerca cuando sucedió a Jobs al frente de la multinacional. Una de las cosas que se comentan en los mentideros especializados es la obsesión del directivo por esta materia. No se limita a escuchar los resúmenes de sus colaboradores, sino que revisa personalmente la cadena de suministro y pide datos precisos y actualizados a cada instante. Se ha escrito que sus jornadas empezaban muchas veces antes de las 4.30 de la madrugada y convocaba a los equipos involucrados a las 7 de la mañana.
Una de las cosas que Cook impuso fue la llamada ‘fabricación justo a tiempo’, que acabaría convirtiéndose en una receta generalizada en el mundillo de los smartphones. En vez de optar por acumular inventario y más inventario, lo que hace es reducir el número de almacenes y crear relaciones mucho más exclusivas con fabricantes y proveedores como Foxconn, Wistron o Pegatron, entre otros. Eso lo que permite es un mayor control de la producción, intensificando o reduciéndose de manera más ajustada a la demanda real y no a trimestres vista. Puede reabastecer el stock de una tienda en cualquier parte del mundo tan solo en 5 días.
El pulso de Trump a Apple pone a prueba uno de sus mayores milagros: su trastienda logística
Sin embargo, y a pesar de la manifiesta aversión de Cook por el inventario, ha tenido que recurrir a esa baza. Hace semanas fletó de urgencia cinco aviones de iPhones fabricados en la India. El objetivo, llevarlos a contrarreloj a Estados Unidos antes de que las nuevas tarifas entrasen en vigor. Días después, Trump paralizó durante tres meses las nuevas tasas a todos los países menos a China, para dar pie a la negociación de nuevos acuerdos comerciales.
Project Elephant o cómo abrir la relación con China
Esto daba pie a los de Cupertino a seguir explotando esta vía sin tener que pasar por caja y abonar el 26% de arancel que había impuesto a los productos que llegasen desde el país más poblado del mundo. Esto puede resultar clave para algo que sería completamente atípico: una revisión de precios a mitad de temporada. Las subidas suelen llegar cuando llegan los nuevos terminales y no cuando estos ya están en el mercado.
A pesar de esta situación y el balón de oxígeno, en la última presentación de resultados, Tim Cook estimó que los aranceles iban a tener un coste de unos 900 millones en sus cuentas. Un mordisco nada desdeñable, ya que supondría más del 3,5% de su beneficio operativo trimestral, que en el último periodo alcanzó los 24.700 millones de dólares.
La relación de la manzana con la India empezó hace casi una década. En 2017 ya empezó a trasladar producción allí, motivada entre otras cosas por los aranceles que el Gobierno de Modi imponía, precisamente, a la tecnología extranjera. Pero lo que producía allí eran modelos antiguos como el iPhone SE. Hubo que esperar hasta la pandemia para que la manzana decidiese profundizar en esta relación, después de todos los problemas experimentados en China por el covid.
Entre el año 2020 y 2021, expande la producción a modelos más recientes como el iPhone 11 y 12. Eso sí, estos trabajos se producían meses después del lanzamiento global. Con el iPhone 14, lanzado en 2022, ese lapso se redujo a unas pocas semanas. Y un año más tarde, el iPhone 15 empezó a producirse al mismo tiempo en China que en la India, marcando un hito más en este plan bautizado internamente como Project Elephant, en referencia al icónico animal del sudeste asiático.
La tienda de Apple de Mumbai, días antes de su inauguración. (Reuters/Francis Mascarenhas)
El siguiente capítulo de esta hoja de ruta está a punto de materializarse. El principal suministrador de Apple, Foxconn, está ultimando una enorme planta cerca de la ciudad de Bangalore. Cuando hablamos de enorme instalación, hablamos de un recinto de 1,2 millones de metros cuadrados. Será la segunda fábrica de Apple más grande del mundo. La primera, por cierto, está en la ciudad de Zhengzhou, en la provincia de Henan, China. Ese lugar se conoce como iPhone City.
Se espera que cuando la nueva ubicación entre en funcionamiento, la firma de Cupertino pueda producir hasta 30 millones de teléfonos anualmente. Eso supondría, aproximadamente, el 60% de la demanda anual en Estados Unidos. Este flotador ha quedado completamente desdibujado por la exigencia de Trump de fabricar localmente cualquier móvil, pero el Project Elephant es muy útil para saber por qué un iPhone made in USA parece un disparate.
No solo es llevar las fábricas, es llevar un enjambre de proveedores a EEUU
Una parte esencial de este plan no es solo ensamblar los dispositivos en India, sino replicar el ecosistema industrial que la compañía ha perfeccionado en China. Eso implica atraer a decenas de proveedores —de módulos de cámara, baterías, pantallas o circuitos impresos— a los alrededores de las plantas de ensamblaje, como la de Foxconn en Devanahalli (Karnataka), donde ya se han reservado más de mil hectáreas para ubicar empresas auxiliares.
El gobierno indio juega un papel clave en este proceso: a través del ambicioso programa PLI (Production Linked Incentive), ofrece subvenciones multimillonarias y ventajas fiscales a los fabricantes que se integren en la cadena de suministro de Apple y produzcan localmente.
En estados como Tamil Nadu, donde Tata Electronics ensambla modelos antiguos, ya se están instalando proveedores que se benefician de estas prebendas. Sin ese tejido industrial alrededor de las plantas, India no puede igualar la eficiencia logística de China, donde cada pieza está a minutos de distancia. Apple lo sabe, y por eso está moviendo no solo la producción, sino toda su cadena de valor, con el apoyo decidido de Nueva Delhi.
La baza que puede jugar Apple
Un iPhone hecho localmente no sería cuestión solo de convencer a Foxconn que pusiera una fábrica en algún rincón de la geografía estadounidense. Tendría que mover a un enjambre de proveedores, además de encontrar mano de obra para todos ellos. Algo que dispararía, por supuesto, los costes laborales, ya que los salarios no se parecen en nada en Asia que en América del Norte. Pero no solo sería una cuestión de sueldo. En los últimos cursos hemos visto cómo TSMC, la mayor fundición de semiconductores del planeta, sufría para instalarse en Arizona porque la cultura laboral de los empleados locales no era en nada parecida a Taiwán, donde tienen mucho más libertad para estirar las horas y la carga de trabajo.
El camino para Apple no parece sencillo. Pero todavía tiene algunas cosas con las que negociar. Desde que tomó posesión, Trump ha repetido con gran fanfarria que Apple le ha prometido invertirá 500.000 millones de dólares en Estados Unidos en los próximos cuatro años. Pero en realidad ese monto corresponde al gasto habitual de la compañía: sueldos, proveedores, centros de datos o producciones audiovisuales. No se trata de un plan extraordinario, sino de una forma de presentar su actividad económica normal como si fuera un compromiso renovado con la patria.
Trump y Cook, en una imagen de archivo en 2019. (Reuters)
Apple tiene margen de sobra para hacerlo y para capear este temporal. Dispone de caja por decenas de miles de millones de dólares y un negocio que genera flujos de efectivo muy potentes. Sin embargo, la complejidad es tal que Steve Jobs acertó ya hace 15 años: volver a fabricar un iPhone en Estados Unidos sería, hoy por hoy, una utopía. Jobs no vivió para ver cómo su profecía se convertía en obstáculo político. Pero en este nuevo capítulo, no está tan claro si Trump juega a traer de vuelta empleos… o simplemente a encarecer el futuro.
Corría febrero de 2011 cuando un joven Barack Obama se reunió para cenar en California con los pesos pesados de Silicon Valley. De eso hace ya más de 14 años, pero es como si hubieran pasado dos siglos. John Doerr, presidente de la prestigiosa firma de riesgo Kleiner Perkins, puso la casa e hizo de maestro de ceremonias. Asistieron, entre otros, el entonces CEO de Twitter, Dick Costolo, Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Page, cofundador de Google, y el CEO de Apple,Steve Jobs. Hacía solo unas semanas que Jobs había anunciado su tercera baja médica para tratarse el cáncer que sufría. Estaba ya extremadamente delgado y enfermo. Pero allí estaba. Y Obama tenía una pregunta para él.