'Elon Musk come cristales': el extraño caso del juguete roto más rico del mundo
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todo o nada con el fundador de SpaceX

'Elon Musk come cristales': el extraño caso del juguete roto más rico del mundo

Los histéricos altibajos entre el bitcoin y el dueño de Tesla reflejan uno de los mayores misterios empresariales del siglo: ¿Musk está loco, se lo hace o Silicon Valley es así?

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Ilustración: Rocío Márquez.

La primera vez (2000) que Elon Musk se fue de vacaciones en muchos años, pilló la malaria y casi la palma. Tras ver la muerte de cerca, suelen entrar ganas de tomarse las cosas con calma, pero Musk juega en otra liga: "Estuve a punto de morir. Tomarme unas vacaciones me enseñó esa lección: las vacaciones te matan". ¡Qué malaria ni qué malaria! Elon volvió pronto a su rutina habitual de trabajar 20 horas al día bajo una presión brutal. Hasta hoy.

Elon Musk parece a veces más una parodia de 'Los Simpson' sobre emprendedores excéntricos que una persona real, no es fácil diferenciar al innovador genial del chalado absoluto, al gestor superdotado del descerebrado empresarial, al salvador de la economía del capitalista enajenado, todo en él es desmedido, hiperbólico y desproporcionado… lo que quizá explique la cobertura informativa histérica que rodea al personaje...

Musk está mejor que nunca y Musk está achicharrado. Musk es el nuevo Leonardo y Musk ha perdido la cabeza

¿Quién no ha leído noticias contradictorias sobre Musk de un día para otro? El bitcoin sube como la espuma gracias a Musk y el bitcoin se hunde por culpa de Musk. Musk está mejor que nunca y Musk está achicharrado. Musk es el nuevo Leonardo y Musk ha perdido la cabeza. Tesla va como un cohete y Tesla vale cinco rupias. Musk tiene 100.000 millones y Musk es un juguete roto. Así todo el rato, los bandazos informativos son tremendos, aunque es cierto que él no lo pone fácil.

Rey de la psicodelia

Tras fumar marihuana en el podcast de Joe Rogan (2019), empezaron a interpretarse sus erráticos tuits: sobre las finanzas de Tesla, que convulsionaron a la empresa, o sobre el bitcoin –que desplomaron su cotización– en clave psicodélica. ¿Elon va fumado por la vida? Probablemente no, pero siempre está en órbita: le gusta tanto vender la moto, prometer imposibles y salir en los papeles que raro es el día que no derrapa. Elon, en definitiva, es un circo ambulante que emite señales desconcertantes: nunca sabes si el león pasará por el aro o se comerá al domador, pero esa es, precisamente, la gracia de Elon.

Su reciente actuación en ‘Saturday Night Live’ fue ejemplar en ese sentido, pues desveló que sufre asperger, al tiempo que se mofó de su leyenda tempestuosa: “A cualquiera que haya ofendido, solo les quiero decir que reinventé los coches eléctricos y estoy enviando gente a Marte en un cohete, ¿pensaban que además iba a ser un tipo normal y relajado?”.

Pero no mareemos más la perdiz: ¿Se le va la pinza a Elon? ¿Es un genio extravagante con derivas majaderas? ¿O es el capitalismo californiano el que está un poco 'cucú' por delirio de grandeza? Vamos por partes.

El problema de las noticias sobre lo mal que le va a Elon Musk –ya saben: Elon es un fumeta que ha perdido el control de sus empresas, Tesla es el nuevo Fórum Filatélico, un mono vestido de botones utilizaría Twitter mejor que él, han visto a Elon durmiendo bajo un puente– es que chocan contra un muro cada vez más grande: Musk ya es uno de los dos hombres más ricos del mundo (adelanta o no a Jeff Bezos en función del valor de las acciones de Tesla). En efecto, tan mal tan mal no le irá al hombre cuando su fortuna asciende a 150.000 millones de dólares.

No obstante, hay algo real en las visiones esquizofrénicas sobre Elon: sus negocios siempre se han movido entre el éxito planetario y la quiebra espantosa. Sin nada entre medias. Elon es el clásico jugador plasta de mus que te echa un órdago a los 15 segundos de empezar, y además te bosteza en la cara, porque preferiría estar jugando a la ruleta rusa. Hay un hilo secreto que une al Elon mayor empresario del siglo XXI con el Elon mayor charlatán del siglo XXI: su osadía temeraria. La última empresa automovilística fundada con éxito en EEUU fue Chrysler en 1925, pero Musk se lanzó a fabricar coches... eléctricos.

Sobre esa piedra, Elon ha montado su Iglesia, la del Riesgo Empresarial Extremo, cuyo credo crece cada vez que abre la boca: "Muchas cosas son improbables, solo unas pocas son imposibles". "Si no estás fallando, no estás innovando lo suficiente". "Cuando algo es lo suficientemente importante, hazlo incluso cuando todo esté en tu contra". En efecto, Elon es el rey de los imanes de nevera con aforismos, pero también el motorista que se lanza por encima de una fila de camiones, se estampa contra el último y celebra su hazaña entre llamas pavorosas. Cuando Elon va al zoo, no se limita a mirar desde la verja, entra en la jaula del gorila y le mete una 'chapa' terrible sobre fondos de capital de riesgo.

Sus negocios siempre se han movido entre el éxito planetario y la quiebra espantosa. Sin nada entre medias

A su adicción al riesgo, súmenle sus arrebatos gratuitos: en 2018, quiso rescatar a los niños de la cueva tailandesa con un submarino; uno de los espeleólogos le acusó de buscar "publicidad” y Elon le llamó “pedófilo” gratuitamente; su maniaca adicción al trabajo (si estás bajo sus órdenes y ‘solo’ trabajas 115 horas a la semana, Elon te mirará como si fueras un perroflauta degenerado: para Elon Musk, la jornada de 35 horas es ETA); su habilidad para sacar rédito a empresas inverosímiles: antes que él, todos los intentos de fabricar coches eléctricos o de privatizar la carrera espacial habían acabado en catástrofe; su capacidad para atraer talento en torno a su carisma, también de achicharrar talento: algunas de las mejores mentes de su generación han pasado por sus empresas para acabar tarifando salvajemente con él; además de un ego que se ve desde Ganimedes... y tendrán un patrón recurrente de comportamiento.

Muchos de los arabescos que hace hoy Musk ya los hacía en 2008, año marcado a fuego en su trayectoria, cuando rozó la ruina personal y cuando sus dos empresas estrella –Tesla y SpaceX– casi se hunden al mismo tiempo. Sus cohetes explotaban, sus coches implosionaban –hubo pánico absoluto cuando Tesla descubrió que los coches que vendía/reservaba por 85.000 dólares, costaban 170.000 dólares en fabricarse– y la prensa le vapuleaba: llegaron a publicarse cincuenta artículos el mismo día sobre la ruina segura de Tesla. “Imagínate que tienes que explicar que estás invirtiendo en una empresa de automóviles eléctricos, y todo lo que se publica sobre ella indica que no funciona, que parece condenada al fracaso, que vivimos una recesión y que nadie se compra un automóvil”, contó Musk años después. “Todo lo que Musk tenía que hacer para sacar a Tesla de aquel atolladero era perder hasta el último centavo de su fortuna y ponerse al borde de sufrir un colapso”, explica Ashlee Vance en la biografía ‘Elon Musk. El empresario que anticipa el futuro’.

"Todo lo que Musk tenía que hacer para sacar a Tesla de aquel atolladero era perder hasta el último centavo"

¿Qué diferencia al Elon 2021 del Elon 2008? Que ahora surfea una ola más grande y más exitosa, lo que exacerba un carácter que ya era megalómano cuando todavía no era la abeja reina de Silicon Valley con sus cohetes, sus coches eléctricos, sus placas solares (SolarCity) y sus túneles (The Boring Company).

En 1995, cuando internet aún no había llegado a los hogares españoles, el joven Musk ya estaba maquinando su primer pelotazo, Zip2, mezcla primitiva de Google Maps y Yelp, vendida por 307 millones de dólares en 1999. Lo que Musk hizo con los 22 millones de dólares que ganó entonces define al personaje: invirtió (casi) todo en crear el primer banco digital (X), no sin grandes quilombos internos. Lo cuenta Ashlee Vance en su libro:

“Harris Fricker quería dirigir la empresa y hacerlo de un modo más convencional. Las declaraciones que Musk hacía a la prensa sobre la necesidad de cambiar de arriba abajo el sector bancario le parecían absurdas... "Estábamos prometiendo el Sol, la Luna y las estrellas a los medios de comunicación", cuenta Fricker. Elon decía que no estábamos en un entorno de negocios normal, por lo que había que dejar a un lado la forma habitual de hacer negocios. Decía: "En aquella colina hay una fábrica de gas hilarante, y sus emanaciones se esparcen por todo Silicon Valley". Fricker no sería la única persona que acusaría a Musk de dar demasiado bombo a sus productos y de jugar con el público, aunque no está claro si eso es un defecto o una de las grandes virtudes de Musk como hombre de negocios”.

Conflicto interno marcado, por tanto, por las luchas de egos, por el choque entre gestión tradicional y heterodoxa, y por la tensión que somete Musk a sus empresas al difuminar el marketing –del que es un geniecillo– con los planes realistas de negocios. Es decir, conflictos parecidos a los que ha tenido en todas sus empresas, también en Tesla, que ha gestionado siempre al borde del precipicio. Según Musk, la vida en una empresa emergente consiste en “comer cristales y clavar la mirada en el abismo”. A Elon Musk, en definitiva, le va la marcha, y si para que la empresa funcione tiene que meter fuego a la empresa (con todos dentro), lo hace.

Quemar billetes

Tras una fusión, X se convirtió en PayPal, y Musk acabó fatal con sus socios, que rajaron de lo lindo. “Su carácter de sabelotodo intransigente y su enorme ego crea fracturas duraderas y profundas en sus empresas. Los consejos de administración de Zip2 y de PayPal concluyeron que Musk no estaba preparado para desempeñar el cargo de director general. Musk se había convertido en un charlatán que promocionaba exageradamente la tecnología de sus empresas. "Media docena de sus detractores me han contado cosas mucho peores sobre su carácter y sus acciones, describiéndolo como una persona falta de ética a la hora de hacer negocios y despiadado en sus ataques personales”, cuenta Vance, que a continuación matiza:

“Estas críticas hay que contrastarlas con la trayectoria de Musk. Tiene una capacidad innata para olfatear los intereses del público y las tendencias de la tecnología… Concibió muchas de las primeras herramientas tecnológicas de internet. Después, dio el gran salto adelante que implicaba el desarrollo de una banca en internet... ¿Exageraba las cosas e irritaba a la gente? Por supuesto. Y conseguía resultados espectaculares. "Gracias en buena medida a los consejos de Musk, PayPal sobrevivió al pinchazo de la burbuja de internet, mientras el resto de la industria tecnológica estaba atrapada en un terrible lodazal”, explica Vance.

En efecto, Musk salió más fuerte del estallido de la burbuja puntocom. Acabó a palos en PayPal, sí, pero con 1.500 millones de dólares en el bolsillo (tras comprar eBay, el negocio).

"Muchas de las cosas que dice y hace Musk resultan absurdas"

Y entonces volvió a hacerlo: en lugar de quedarse en casa quemando billetes de 100 dólares para encender el fuego, “Musk invirtió cien millones en SpaceX, setenta millones en Tesla y diez millones en SolarCity. Solo habría elegido una forma más eficaz de echar por la borda su fortuna si hubiera construido una máquina para destruir dinero. Musk se convirtió en una empresa de capital riesgo dedicada a invertir en proyectos temerarios... Siempre que era posible, las empresas de Musk empezaban desde cero e intentaban replantear todos los principios que las industrias aeroespacial, automovilística y energética daban por descontados”, cuenta Ashlee Vance.

El primer triple mortal que dio Musk en el siglo XXI fue fundar una empresa de cohetes para, ejem, mandar a unos ratones a Marte.

Anque SpaceX abarca ahora todo tipo de proyectos espaciales (como poner satélites en órbita), toda empresa de Musk arranca siempre con una idea gigantesca (acabar con la dependencia del petróleo, en el caso de Tesla, o colonizar Marte, en el de SpaceX) y a partir de ahí se bifurca. Cuando Musk dejó PayPal y aterrizó en Los Ángeles con un montón de pasta, se juntó con la vanguardia cultural de la carrera espacial, y surgió la idea que activó SpaceX: mandar unos ratones a Marte y traerles de vuelta (sí, la imagen de unos roedores recibidos por miles de personas en la Tierra como héroes espaciales es difícil de superar). En resumen: las ideas que no sean tan grandes como un mapamundi de Bilbao no van con él.

Pros y contras

El biógrafo de Musk, por último, define los pros y los contras del personaje:

En contra: “Es posible que nunca haya existido un ejecutivo que fije objetivos de entrega más agresivos para productos muy difíciles de fabricar. Muchas de las cosas que dice y hace resultan absurdas… La determinación con la que se marca objetivos imposibles lo ha convertido en una deidad en Silicon Valley, pero fuera de esos confines es el tipo que vende falsas esperanzas… Una versión futurista del empresario circense P. T. Barnum, que se hizo multimillonario aprovechándose de nuestros miedos y sentimientos de culpa. Comprémonos un Tesla y olvidémonos un rato del daño que causamos al planeta... Musk es un miembro del club 'tecnoutópico' de Silicon Valley, en el que los devotos de las teorías de Ayn Rand y los absolutistas tecnológicos consideran que sus ideas hiperlógicas son la respuesta para todo el mundo… Pronto podremos descargar la información de nuestros cerebros a un ordenador, relajarnos y dejar que los algoritmos se ocupen de todo”.

A favor: “Sus empresas cosechan éxitos sin precedentes. SpaceX lanzó una cápsula a la Estación Espacial Internacional y Tesla Motors presentó el Modelo S que dejó sin aliento a la industria automovilística... Esas dos hazañas elevaron a Musk al Olimpo de los titanes de los negocios. Solo Steve Jobs podía vanagloriarse de haber logrado proezas similares... Musk se las había arreglado para conseguir, aparentemente de un tirón, los mayores avances que las industrias espacial, automovilística y energética habían visto durante décadas... En el núcleo de esa transformación están sus habilidades como programador informático... Es verdad que todavía no ha conseguido un éxito de ventas, como el iPhone, ni que su producto llegue a mil millones de personas, como Facebook. Por el momento, sigue fabricando juguetes para ricos, y su floreciente imperio podría derrumbarse si un cohete explotara o si hubiera que retirar un modelo Tesla del mercado”.

Resumiendo: o el cohete estalla o el cohete entra en órbita. O el inventor del cohete estalla o el inventor del cohete entra en órbita. Todo o nada. Con Elon Musk es todo así, cómico por exagerado, como esas películas mudas en las que un pionero de la aviación a) se arroja al vacío con un cachivache absurdo, b) se estrella estrepitosamente doscientas veces, c) acaba inventando el avión y d) se hace inmensamente rico y famoso, a costa, eso sí, de quedarse sonado tras repetidos golpes en la crisma. ¡Ese es Elon Musk! Ensayo, error, látigo, dinero, ego y astracán.

PD: Con Elon Musk todo es pelotazo o quiebra, pero es que Sillicon Valley, y por extensión San Francisco, es un poco así, como apunta Vance en su libro: “La codicia es una parte importante de la historia de San Francisco, un sitio que alcanzó la categoría de ciudad gracias a la fiebre del oro y cuyo apetito económico no menguó ni siquiera después de padecer un terremoto catastrófico. No hay que dejarse engañar por los 'hippies': la ciudad se mueve al ritmo de los pelotazos y las quiebras”. Que lo sepan.

Elon Musk