Las lagunas del pasaporte de vacunación: la economía se impone a la evidencia científica
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Ética, contradicciones y derechos

Las lagunas del pasaporte de vacunación: la economía se impone a la evidencia científica

Europa prepara un documento que facilitaría la movilidad a los ciudadanos ya inmunizados, pero con la sombra de dudas sobre la transmisión, las variantes y la duración de la protección

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Foto: EFE.

Esta vez va en serio. Al comienzo de la pandemia, surgió la idea de un carné de inmunidad que permitiera los movimientos de las personas que habían superado el covid. Pronto fue descartado por todo el mundo, porque presentaba demasiados problemas científicos, éticos y regulatorios. Sin embargo, con el avance de la vacunación y el miedo a que la economía sufra aún más, en la Unión Europea ha crecido la presión para implantar un documento de este tipo para quienes ya estén protegidos. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció esta semana que el 17 de marzo presentará una propuesta de "pasaporte digital verde".

La idea aún es ambigua y abierta, porque hay discrepancias entre los socios comunitarios. España y otros países del sur dependientes del turismo reclaman acelerar este instrumento y que incluya todo tipo de información sobre el covid, evitando así las pruebas PCR y las cuarentenas. Sin embargo, Países Bajos y Francia han puesto objeciones. La postura favorable de Alemania —Angela Merkel lo ha dado por hecho— puede ser decisiva para que salga adelante este nuevo documento antes del verano.

Foto: Una joven se vacuna en País Vasco. (EFE)

La idea es que el pase incluya datos personales, datos precisos sobre la vacuna recibida e incluso otro tipo de información relacionada con el covid que también podría servir para cruzar fronteras: si ya hemos superado la enfermedad o si tenemos un test reciente negativo. ¿Es la solución para reactivar cuanto antes el turismo y el conjunto de la economía? ¿Es una medida injusta y discriminatoria? El debate está servido y la ciencia, como en otras cuestiones sociales y políticas, no está para zanjarlo, pero sí para aportar datos que puedan orientarlo.

Para Amós García Rojas, presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV), la puesta en marcha de este instrumento se ve ensombrecida por numerosas dudas de carácter vacunal, ético y de derechos humanos. "En principio suena bien, pero ¿realmente soluciona problemas?", se pregunta en declaraciones a Teknautas. "Como medida de control en fronteras puede parecer oportuna, pero hay que profundizar mucho más y analizar si está basada en el conocimiento que tenemos sobre las vacunas", añade.

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Foto: Reuters.

El epidemiólogo Joan Carles March, exdirector de la Escuela Andaluza de Salud Pública, considera que el proyecto se plantea desde una única perspectiva: abrir el turismo. "Tiene sus ventajas para determinados sectores, pero desde el punto de vista de la salud no hay ningún elemento basado en la evidencia científica que nos permita decir que estamos más seguros con este documento", afirma. En su opinión, el problema es el mismo que en el caso de las PCR obligatorias de los aeropuertos, que generan una sensación de seguridad pero no la ofrecen al 100%. "Ponemos en marcha iniciativas que nos hacen creer que estamos en la mejor situación posible y, probablemente, no solo no lo estamos, sino que generan otros elementos perjudiciales", advierte.

El factor de la transmisión

Con respecto a la vacuna, es fácil confundir la protección individual contra los síntomas graves con la posibilidad de contagiar; y por esa rendija se cuela la idea del pasaporte. "Una cosa es que proteja frente a la enfermedad y otra cosa es que proteja de la infección", resume el vacunólogo José Antonio Navarro Alonso, miembro de la AEV. Es decir, que las vacunas podrían estar evitando el covid en cualquiera de sus manifestaciones, pero es posible que el virus SARS-CoV-2 "se siga replicando en el tracto respiratorio superior de una persona vacunada y se transmita a sus contactos".

La mayoría de los expertos creen que lo lógico es pensar que la protección frente a la enfermedad va a afectar a la circulación del virus, por la sencilla razón de que la carga viral es más baja cuando no hay síntomas y, por lo tanto, si una persona está infectada pero no desarrolla la enfermedad más allá de las vías respiratorias superiores, debería tener poca capacidad de contagio. A medida que pasa el tiempo, esta idea se afianza. Por ejemplo, hay datos preliminares de la vacuna de AstraZeneca, evidencias indirectas procedentes de Israel y hasta declaraciones de uno de los fundadores de BioNTech (la empresa asociada a Pfizer para el desarrollo de la vacuna Cominarty) que asegura que hay información suficiente para estar seguros de ello.

"Es razonable pensar que la transmisión no será tan elevada como si no estuvieras vacunado", concede García Rojas, pero de ahí a estar seguros de que una persona vacunada no va a transmitir el virus hay mucho trecho. "Probablemente, las personas vacunadas contagian menos, pero no está claro que no contagien; por lo tanto, si no tenemos la seguridad, valorar la opción de un carné de este tipo me parece muy arriesgado", coincide March.

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Foto: Reuters.

Desde la perspectiva científica, otro de los puntos flojos de la idea de un pasaporte de vacunación es que apenas hay datos todavía sobre la efectividad de estos nuevos fármacos en la vida real y, en cualquier caso, la eficacia de los ensayos clínicos no fue del 100% con ninguna de las vacunas que se están empleando. "Incluso si ya estás vacunado tienes todavía la posibilidad, no solamente de infectarte, sino también de enfermar y contagiar", alega Navarro Alonso.

Por otra parte, continúa, la duda acerca de la protección que ofrece cada vacuna frente a cada una de las variantes del SARS-CoV-2 que se han detectado o que pueden ir surgiendo. "Parece que la de AstraZeneca no protege frente a la variante sudafricana", recuerda March. ¿Qué sucede si las variantes provocan una disminución de la inmunidad? Precisamente, los viajes son el principal factor de riesgo para que se extiendan algunas de ellas, en particular, la brasileña o la sudafricana, que aún no han tenido una penetración importante en Europa, pero también otras variantes de interés que comienzan a inquietar.

Piden que se priorice a las personas obesas en la vacunación

Ante la posibilidad de que haber pasado la enfermedad se equipare a una vacunación, los expertos también plantean numerosos interrogantes. "¿Cómo se justifica? Si es por anticuerpos, sabemos que no aparecen en el 100% de los casos y que pueden ir descendiendo a lo largo del tiempo. ¿Cuál es el nivel que da una protección clínica? ¿Con qué técnica de laboratorio se hará esa serología? ¿Y cuánto dura la protección generada por los anticuerpos producidos por el padecimiento de la enfermedad natural?", se pregunta Navarro Alonso.

En realidad, tampoco sabemos lo que dura la protección de la vacuna, aunque en teoría debería ser más eficaz y duradera que la de una infección natural. En cualquier caso, este problema genera una nueva cuestión para la que nadie tiene respuesta: si se emite un certificado de vacunación, ¿qué duración debería tener? El tiempo dirá cómo evoluciona la protección, pero de entrada habrá un importante desfase entre los primeros inmunizados y los que tengan que esperar su turno. Por eso, la fecha de vacunación puede ser un elemento importante en el pasaporte y añadir confusión al proceso si más adelante es necesario recibir una tercera dosis o actualizar las vacunas frente a las variantes.

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Foto: Reuters.

Además, García Rojas se pregunta "qué hacemos con las personas que no se pueden vacunar porque lo tienen contraindicado" o con los menores de 16 años, para los que no existe una vacuna contra el covid aprobada, ya que aún no hay datos de ensayos clínicos en este grupo de la población (algunas compañías los están llevando a cabo en la actualidad). Estas cuestiones ya están a caballo entre la ciencia y la ética, un aspecto en el que muchos expertos ponen el acento.

Ética, contradicciones y derechos

Para empezar, "en España no es obligatoria la vacunación del covid, pero algunos pretenden poner en marcha un pasaporte sanitario incluso para moverse entre comunidades", señala el expresidente de la Escuela Andaluza de Salud Pública. Esta contradicción flagrante afecta un pilar tan básico dentro de la construcción europea como es la libertad de movimientos: "Supone decir una cosa y hacer otra, genera un problema por falta de claridad en el mensaje que le mandas a la población". En definitiva, "¿cómo podemos hacer obligatorio un documento que se fundamenta en una actuación que no es obligatoria?", se pregunta el presidente de la AEV.

"Tendría justificación si todos tenemos la oportunidad de vacunarnos y algunos la rechazan, pero a mí no se me ha dado esa oportunidad, igual que a más del 90% de los ciudadanos de la Unión Europea", reflexiona Navarro Alonso. "En España, hay personas mayores y ciertos trabajadores que ya están vacunados, pero para los menores de 55 años que no se dediquen a determinadas profesiones, pueden pasar meses", advierte March, y el agravio puede generar situaciones complicadas de gestionar. Para superar esa discriminación, algunos plantean incluir en el documento las pruebas PCR negativas que ya se exigen en la actualidad, pero el problema de seguridad seguiría siendo el mismo que tenemos hoy en día: un pasajero podría estar en el periodo de incubación y al día siguiente ser positivo.

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Foto: Reuters.

El problema del carné de vacunación también va ligado a desigualdades y derechos más allá del ámbito europeo. "Los países que están vacunando muy rápido son los que han pagado más caras las dosis", destaca el presidente de la AEV. "Hay otros que lo están haciendo de forma más lenta, pero al menos tienen la vacuna", añade. Sin embargo, "algunos no han recibido ni una sola dosis". Este panorama plantea un dilema complejo: "¿Repartimos el pasaporte entre los países que son más poderosos económicamente y dejamos a los que están en vías de desarrollo sin él? Estaremos contribuyendo a crear una mayor brecha entre países ricos y pobres".

¿Igual que la fiebre amarilla?

Los defensores del pasaporte alegan que no se trata de algo nuevo. Para viajar a algunos países, se exige la vacunación contra la enfermedad meningocócica o la poliomelitis, aunque son casos excepcionales. En cambio, viajar a muchos países requiere estar protegido frente a la fiebre amarilla, una enfermedad de la que se registran miles de muertes al año (en realidad, ni siquiera hay información precisa, por ejemplo, en 2013 pudieron ser entre 84.000 y 170 000 casos graves, con entre 29.000 y 60.000 muertes, según la Organización Mundial de la Salud). En 34 países de África y 13 de América, esta enfermedad transmitida por la picadura de un mosquito es endémica, pero la vacuna proporciona inmunidad efectiva dentro de los 30 días siguientes para el 99% de las personas, así que exigirla a los viajeros es parte de la estrategia para evitar que se produzcan brotes.

Sin embargo, la situación no es comparable porque, en este caso, sobran dosis para la demanda existente. "Si voy a salir al exterior, pido mi cita y me vacunan contra la fiebre amarilla. Pero si no estoy entre los grupos prioritarios para recibir la vacuna del covid, ¿a quién llamo? No es lo mismo", apunta Navarro Alonso. Tampoco desde el punto de vista científico: "Una dosis de la vacuna de la fiebre amarilla me dura para toda la vida, pero no sé lo que me va a durar la del covid".

Si sale adelante el pasaporte vacunal tal y como se está planteando, "pones en marcha un sistema que tiene tantas cuestiones para el debate y la discusión que al final no sirve para lo que pretendías", critica March. Incluso contribuye a crear confusión en un asunto clave para la salud pública: "Hay gente que dice que esto estimula la vacunación, pero yo tengo dudas", comenta, "el porcentaje de gente que se quiere vacunar ya se ha incrementado de forma importante".

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