El ejemplo de Nueva Zelanda

Lecciones de la desescalada en 9 países: qué ha hecho mal España... ¿y qué hacer ahora?

Un análisis comparativo publicado en ‘The Lancet’ pone el foco en las carencias que han tenido los países europeos en cuestiones como el rastreo y el aislamiento de contactos

Foto: (Reuters)
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Las comparaciones entre países pueden ser tan odiosas como inevitables y necesarias para entender los problemas. Las diferencias en la propagación de la pandemia han dado mucho que hablar desde que el coronavirus saltó las fronteras chinas, pero en las últimas semanas la gran pregunta es qué ha hecho mal España para tener una segunda ola tan desbocada. Más allá de las opiniones particulares que han ido vertiendo los epidemiólogos, la revista científica ‘The Lancet’ acaba de publicar un análisis de un grupo internacional de expertos sobre las estrategias de desescalada que puede clarificar aciertos y errores.

Los científicos incluyen cuatro países europeos (Alemania, Noruega, Reino Unido y España) y otros cinco de la zona de Asia y el Pacífico (Hong Kong, Japón, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Singapur). Todos tienen en común que tomaron medidas restrictivas, más o menos duras, para intentar controlar el virus. Sin embargo, sus estrategias de desescalada fueron distintas, así que el análisis identifica cinco factores clave para evaluarlas: el conocimiento de los niveles de infección, el compromiso social, la capacidad de salud pública (en cuanto a la búsqueda activa de casos y su vigilancia), la capacidad del sistema de salud (instalaciones y personal) y las medidas de control fronterizo.

“Mi impresión es que si en España hiciéramos una evaluación honesta y seria sobre los diferentes aspectos clave que señala el análisis en ‘The Lancet’ y que creemos que están asociados a un mejor control de la pandemia, tendríamos que admitir que tenemos lagunas en muchos de esos puntos”, afirma en declaraciones a Teknautas uno de los coautores del estudio, Alberto García-Basteiro, investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal).

En general, los autores echan en falta estrategias claras y consistentes para salir de las restricciones. Sin embargo, encuentran marcadas diferencias en aspectos concretos. Por ejemplo, consideran que la experiencia con epidemias anteriores en Asia y el Pacífico –en particular, el SARS y el MERS– hizo que estos países estuvieran más preparados para el covid que los europeos, no sólo desde el punto de vista del sistema sanitario, sino también de la aceptación pública de las medidas restrictivas incluso a costa de sacrificar derechos personales. Para colmo, las políticas de austeridad económica han debilitado las infraestructuras de salud de Europa (citan explícitamente el caso de España y el Reino Unido) en los años previos a esta crisis.

Las diferencias no se quedan ahí. El rastreo y el aislamiento es uno de los aspectos con más divergencias. La mayoría de los países asiáticos realizó pruebas exhaustivas, rastreó concienzudamente los contactos de los infectados y trató de aislar todos los casos, al margen de que fuesen leves o graves. Lo hicieron desde el principio y con el apoyo de tecnología innovadora. Europa trató de imitar esta estrategia, pero lo hizo con un retraso considerable, con la excepción de Alemania. Además, en los países asiáticos los casos confirmados se aíslan en centros públicos en su mayoría, mientras que en Europa predominan las cuarentenas en el hogar.

Aunque el nivel de exigencia en España ha sido alto en cuanto al compromiso social para establecer distancias físicas o la obligación de llevar mascarilla –incluso más comparable a los estándares asiáticos que europeos–, en otros puntos del análisis las medidas españolas quedan muy por detrás. Por ejemplo, los autores echan de menos indicadores sobre los niveles reales de infección y anotan una gran laxitud en el control de las fronteras. De todos los analizados, es el país que menos trabas puso a la entrada de viajeros (desde el 1 de julio, sin cuarentenas ni medidas especiales).

Estrategias para tomar nota

A pesar de que todos los incluidos en el estudio son países desarrollados con altos niveles de ingresos, la respuesta al brote pandémico ha dejado mucho que desear en algunos casos, con un número de casos y de fallecimientos “espantoso”, ha declarado Yik-Ying Teo, profesor de la Universidad Nacional de Singapur que también firma el estudio. Por eso, “existe una necesidad urgente de comprender las diferencias contextuales que han llevado a resultados tan dispares, y de identificar principios comunes que los gobiernos pueden seguir para proteger a su gente y su economía”, añade.

El director del Centro de Alertas Sanitarias, Fernando Simón. (EFE)
El director del Centro de Alertas Sanitarias, Fernando Simón. (EFE)

La estrategia ideal sería la denominada “covid cero”, que tiene como objetivo eliminar la transmisión nacional. En este aspecto la gran referencia es Nueva Zelanda, que redujo sus casos hasta erradicar los contagios, y que también destaca por otras iniciativas para salir del confinamiento, como las llamadas ‘burbujas sociales’. Aunque durante la cuarentena los neozelandeses debían estar en casa, en los primeros momentos de la desescalada pudieron hacer su burbuja más grande, con un círculo social más amplio que el de su propio hogar, siempre que no salieran de su localidad y fueran miembros de una sola burbuja.

A partir de este tipo de ejemplos, los autores del artículo consideran que, para que las medidas de control funcionen, los gobiernos deben educar y comprometerse con el público, generando confianza y seleccionando normas que los ciudadanos estén dispuestos a cumplir. Para ello, conviene que participen en la toma de decisiones sobre cuáles son las medidas más adecuadas para cada contexto local.

Según García-Basteiro, aunque existen diferencias entre las medidas que han adoptado los distintos países “quizás no son tan sustanciales” y habría que poner el foco “en las capacidades estratégicas y en los pasos que han dado para fortalecerlas y combatir la pandemia”. Por ejemplo, “Reino Unido y España no tuvieron las capacidades necesarias para llevar a cabo las tareas de rastreo durante el estado de alarma, y posiblemente sigan sin tenerlas ahora”.

¿Y ahora qué?

Precisamente, a partir de este análisis cabe preguntarse si estamos a tiempo de cambiar el rumbo. “Nuestra revisión de las experiencias internacionales identifica lecciones que los gobiernos pueden aprender de los éxitos y fracasos de los demás. No estamos recomendando que se repitan exactamente las mismas medidas en diferentes países, pero no es demasiado tarde para que los gobiernos consideren nuevas soluciones políticas desarrolladas por otros países y las adapten a su propio contexto", ha declarado la autora principal del trabajo, que es la española Helena Legido-Quigley, de la Universidad Nacional de Singapur.

En ese sentido, “aliviar el bloqueo no implica volver a la normalidad anterior a la pandemia”, recuerda esta experta en salud pública, “y los gobiernos deben encontrar estrategias que prevengan el rápido crecimiento de las infecciones de forma sostenible y aceptable para el público durante muchos meses”.

Para García-Basteiro, “está claro que la vigilancia epidemiológica es algo en lo que se puede y se debe seguir trabajando”. En su opinión, España debería “fortalecer, financiar y reformar” este punto, porque es esencial “para llegar a los estándares y capacidades de otros países”. Más allá de este factor, que es el más claro y evidente, considera que es difícil extraer recomendaciones directas del análisis comparativo.

Además, el investigador del ISGlobal de Barcelona reconoce que el trabajo publicado en ‘The Lancet’ tiene sus limitaciones y puede estar dejando fuera otras cuestiones relevantes: “Hemos estudiado unos indicadores preseleccionados, pero seguro que hay más factores diferenciales que son relevantes. Por ejemplo, vulnerabilidades, aspectos demográficos y de movilidad, entre otros”.

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