"Fomentan un consumo irreflexivo"

Móviles, relojes... Por qué las baratijas chinas que compras están destrozando el planeta

Los productos con poca durabilidad responden a modas pasajeras y a la demanda de precios muy bajos. El ritmo al que consumen recursos es insostenible.

Foto: Un empleado en una fábrica de Huawei en Dongguan, China. (EFE)
Un empleado en una fábrica de Huawei en Dongguan, China. (EFE)

“Nosotros podemos fabricar productos de todas las calidades, pero magia no hacemos. Nos ceñimos a las especificaciones y a las calidades que exigen los clientes. Y da igual lo que digan sobre la sostenibilidad o su concienciación medioambiental. A la inmensa mayoría solo les preocupa una cosa: el precio”. Quien habla es el responsable de una fábrica de juguetes de la provincia de Zhejiang, en el centro-este de China, que provee a algunas de las grandes multinacionales del sector y que pide mantenerse en el anonimato.

“Los intermediarios son quienes más ganan con cualquier tipo de producto, y, como los consumidores quieren pagar lo menos posible, nadie está interesado en las mejores calidades. Los consumidores tampoco piensan como antes: los niños pierden el interés en los juguetes cada vez más rápido, así que no hay incentivo alguno para hacerlos muy duraderos”, añade.

Sin embargo, el empresario reconoce que los recursos empleados en fabricar un mal juguete son muy parecidos a los de uno bueno. “La cantidad de material es la misma. Así que provocan cantidades de residuos muy similares. Y, a largo plazo, como son objetos con una vida útil muy corta, su huella medioambiental es muy superior”, explica. “Yo preferiría fabricar con calidades más altas, pero me tengo que ceñir a lo que piden los clientes. El objetivo es cumplir por los pelos con los estándares y las normativas. Por eso, los gobiernos deberían ser más estrictos”.

(Reuters)
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Algo parecido sucede en el sector de la electrónica. “Nadie quiere fabricar un teléfono móvil que dure cinco años en perfecto estado”, reconoce un responsable de marketing de una importante marca china de ‘smartphones’. “Se nos acusa a las empresas de impulsar la obsolescencia programada, y es cierto que los materiales determinan el ciclo de vida de los aparatos y que nos interesa que esos ciclos de reposición sean cortos, pero también es verdad que los propios consumidores desean cambiar cada poco tiempo. Es un mal social que fomentamos todos. Muchos no compran un móvil nuevo porque el anterior deje de funcionar, y, en caso de que suceda, prefieren adquirir otro que repararlo”, apostilla, antes de señalar que los intentos de comercializar un teléfono modular más duradero y actualizable han sido un fracaso.

Pero donde más se notan los efectos de este capitalismo ‘de usar y tirar’ es en el mundo de la moda. “El ‘fast fashion’ ha cambiado la forma en la que vestimos. La gente quiere cambiar de ropa cada temporada, porque lo que se lleva hoy mañana ya no está de moda. Como prima la cantidad, quiere pagar poco. Así que la calidad de las prendas es cada vez menos relevante”, afirma la diseñadora Celia Bernardo, que trabajó en Shanghái para famosas cadenas internacionales antes de establecer su propia marca, Celia B, en la que apuesta por diseños sin fecha de caducidad. “Es irresponsable consumir de esa forma. Y, en gran medida, en los países ricos podemos permitírnoslo gracias a que se explotan los recursos, naturales y laborales, de países en vías de desarrollo”, critica.

Bangladesh es buen ejemplo de ello. El textil supone casi el 80% de las exportaciones del país, y las condiciones en las que se fabrica dejan mucho que desear. El coste medioambiental queda patente en los contaminados ríos del país y en la deteriorada calidad del aire, y el trágico precio humano salta a las portadas de todo el mundo cuando una fábrica se derrumba o se incendia, sucesos excesivamente habituales en un país con una laxa implementación de las leyes medioambientales y de seguridad laboral.

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“Si los países desarrollados han logrado eliminar gran parte de su contaminación y reducir las emisiones de CO2 sin reducir su consumo, se debe en gran medida a la deslocalización de su industria más sucia”, comentaba en este diario el profesor de Finanzas de la China Europe International Business School (CEIBS), Xu Bin. “Y si los consumidores de todo el mundo pueden acceder a todo tipo de productos a precios económicos es porque la mano de obra de los países que los fabrican es muy barata”, añade.

Pero esta coyuntura tiene un precio muy elevado que se paga de otra forma. De hecho, un estudio publicado en 2017 por un grupo de científicos llegó a una conclusión preocupante: los productos ‘Made in China’ adquiridos en Europa occidental y Estados Unidos provocaron en 2007 108.000 muertes prematuras relacionadas con la contaminación resultante de su proceso de fabricación.

Para muchos analistas, portales de comercio electrónico como los de Alibaba representan el paradigma de este consumo de ‘usar y tirar’.

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Fomentan un consumo irreflexivo y desaforado. La gente compra porque es tan barato que no importa si luego el producto no resulta satisfactorio”, opina Xu. No obstante, el profesor hace hincapié en el plan de China para ascender en la escala de valor e ir sustituyendo las manufacturas ‘low cost’ por productos de mayor valor añadido, que dejan más beneficios en el país y contaminan menos. Pero, ¿quiere eso decir que las baratijas desaparecerán? “No, serán deslocalizadas a otros países”.

De momento, la mayoría son asiáticos. Vietnam, Indonesia e India están recibiendo importantes inversiones industriales, mientras que países como Camboya, Sri Lanka, o Bangladesh se convierten en destinos alternativos para el sector textil. También reciben cada vez más pedidos de empresas jugueteras, y, poco a poco, siguen los pasos de China en la modernización de la industria. “El proceso es demasiado lento, y no tenemos tiempo. Los gobiernos deben regular pensando en la población, no en los intereses de las empresas. Los consumidores pueden y deben tomar conciencia, pero es que apenas hay alternativas sostenibles en el mercado para la mayoría de los productos, o son demasiado caras”, sentencia Zhou Reng, de Greenpeace China.

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