¿cómo se condena a alguien sin haber cuerpo?

Tres asesinatos resueltos sin cadáver: la tecnología que resolvió crímenes atascados

En el mundo jurídico hay una máxima: "Sin cadáver, no hay delito ni culpable". Pero la tecnología hizo que esta fiscal consiguiese sentencia condenatoria por asesinato sin que nunca apareciese el cuerpo

Foto: Imagen de archivo de los Mossos d'Esquadra en una operación policial. (EFE)
Imagen de archivo de los Mossos d'Esquadra en una operación policial. (EFE)

27 de marzo de 2009. Julia Lamas y Maurici Font desaparecen de repente. Ramón Laso (pareja de Julia) se dirige a la consulta de Mercedes Lamas (hermana de Julia y esposa de Maurici) y le dice: "No esperes a Mauri ni a Julia, se han fugado juntos. Estaban liados". Mercedes denuncia el caso ante los Mossos d'Esquadra y sale al ruedo público. En esos días, un periodista que investiga el caso recibe una llamada: se trata de Maurici Font, que le dice que ha huido con su cuñada, que ambos están bien y que dejen de buscarlos. Los Mossos, sin embargo, no están convencidos.

Dos años después, el 30 de marzo de 2011, detienen a Ramón Laso y le acusan de un doble homicidio. Pero hay un problema: los supuestos cadáveres no han aparecido (de hecho, a día de hoy siguen sin aparecer), así que, de manera oficiosa, Julia y Maurici solo están desaparecidos. Sin embargo, los Mossos demostraron que Laso los había asesinado: además de su sospechosa conducta, le pusieron una baliza en el coche, hicieron un registro de su teléfono móvil y recurrieron a la geolocalización que marcaban las antenas móviles. Con todo ello, comprobaron que Laso acudía de manera frecuente a una zona boscosa y alejada, donde podría haber enterrado a ambas personas, y que la supuesta llamada de Maurici Font a un periodista la había hecho el propio Ramón. El 28 de octubre de 2014, Ramón Laso fue condenado a 30 años de prisión por un asesinato doble.

Esta sentencia fue pionera en nuestro país. La Ley de Enjuiciamiento Criminal contempla la posibilidad de condenar a un acusado por asesinato sin que se haya encontrado el cadáver, pero ningún juez ni jurado popular hasta entonces se habían atrevido a hacerlo. ¿Por qué sí se hizo en esta ocasión? Porque la tecnología consiguió las pruebas necesarias para la sentencia condenatoria. Este es un recorrido a través de las situaciones en que la tecnología ha ayudado a las víctimas de asesinato o de violencia de género a que su verdugo acabe entre rejas.

Julia Lamas y Maurici Font, en los carteles difundidos tras su desaparición.
Julia Lamas y Maurici Font, en los carteles difundidos tras su desaparición.

Sin cadáver sí hay delito

La investigación del caso de Ramón Laso se dirigió desde la Audiencia Provincial de Barcelona, donde trabaja la fiscal Teresa Yoldi. Tras aquella sentencia inédita, Yoldi ha acumulado tres nuevas condenas por asesinato sin que apareciese el cadáver. Quizás el caso más completo es uno que ha terminado hace poco, el 13 de noviembre de 2018, cuando el Tribunal Supremo confirmó la sentencia de 15 años de prisión para Mohammed Taheri por asesinar a su expareja.

En este caso, la situación era similar: el 4 de abril de 2014 desapareció una mujer en Mataró, sin que las primeras investigaciones dieran pistas más allá de una posible fuga. Sin embargo, Yoldi investigó su entorno cercano: "Ella estaba en un proceso de separación y su exmarido, que no lo aceptaba, la acosaba para que no le dejara", cuenta la fiscal a este diario. Así pues, "al empezar a sospechar del marido se hizo una investigación de sus movimientos antes, durante y después de la desaparición".

El exmarido de Piedad, en el juicio por su asesinato.
El exmarido de Piedad, en el juicio por su asesinato.

Según reza la sentencia, a la que este diario ha tenido acceso, el equipo de Teresa Yoldi consiguió demostrar el asesinato gracias a dos elementos tecnológicos esenciales:

1.- Geolocalización. Mohamed tenía un pequeño terreno apartado de la ciudad al que apenas iba, pero las antenas móviles de la zona evidenciaron que, el día de la desaparición de la mujer y los posteriores, el sospechoso empezó a acudir de manera frecuente a dicho terreno, especialmente en horario nocturno. Además, estuvo en su propia casa a la hora en que ella desapareció, así como en la zona donde fue encontrado el coche de ella. Además, aquella tarde Mohamed le dijo a su jefe por WhatsApp que no iba a poder ir a trabajar, ya que tenía que hacer la declaración de la renta. La localización permitió demostrar que mintió en aquel mensaje. Los mensajes de Facebook de ella también evidenciaban que estaba con su expareja cuando desapareció.

2.- Uso del móvil. Cuando la mujer empezó a separarse de Mohamed, él empezó a llamarla de manera insistente para que no le dejase. Sin embargo, en cuanto ella desapareció, él dejó repentinamente de llamarla. Solo lo hizo dos días después, a las 21:27 del 6 de abril, tras la insistencia de una de las hijas. Poco después, cuando la Policía llamó a Mohamed para que acudiese a comisaría a declarar, él se presentó sin su móvil —el mismo con el que había respondido a la llamada de los agentes 20 minutos antes—, asegurando que lo había perdido. Con todas estas pruebas, entre otras, la fiscal consiguió la sentencia condenatoria para el acusado.

Extracto de la sentencia que condenó a Mohamed Taheri.
Extracto de la sentencia que condenó a Mohamed Taheri.

La tecnología puede resolver un crimen

Teresa Yoldi lo tiene claro: "Estas tecnologías se están convirtiendo en esenciales. Son imprescindibles. Están los delitos que se cometen a través de las nuevas tecnologías, pero también los delitos 'tradicionales' sobre los que las nuevas tecnologías acaban dando mucha información, tanto de la víctima como del acusado". Una jueza de violencia de género de Alcalá insiste en la premisa: "Muchas veces, el móvil es casi una prueba en sí mismo, en casos de maltrato o de asesinatos es una de las cosas que primero pedimos. En los asesinatos, el móvil es tan importante como una autopsia o una prueba de ADN".

En este sentido, la magistrada considera que "se necesitan más peritos expertos en tecnología. Antes, la tecnología era requerida en casos muy concretos, pero ya se ha convertido en algo transversal, cada vez hay más casos, de todo tipo de delitos, en los que el teléfono móvil, las redes sociales, la interceptación de comunicaciones o la localización son esenciales". Eso sí, no solo se trata de tener peritos, sino también de que el sistema judicial español sepa comprender las pruebas que se le ponen delante: "Al presentar estas pruebas ante un juez o un jurado, tienes que hacerlo de la mejor forma posible a nivel visual", asegura Teresa Yoldi, "para que puedan entenderlo personas que no tienen por qué tener conocimientos técnicos o jurídicos".

Así se prueba un maltrato indemostrable

A comienzos de 2017, Sandra (nombre modificado), una ingeniera de telecomunicaciones de Zaragoza, empezó a detectar una situación de maltrato por parte de su novio, un policía nacional: "Al principio no había golpes, pero me menospreciaba continuamente", relata a este diario. "A pesar de que yo trabajaba en una multinacional, ganaba mucho más que él y estaba mejor reconocida a nivel profesional (o quizá precisamente por eso), me decía que era una enchufada, que me habían dado el puesto porque estaba buena...". Con el tiempo, Sandra se quedó prácticamente sola: "Él criticaba a mi familia y a mis amistades, así que fui dejando de verles. Cuando me quise dar cuenta, solo tenía relación con él, estaba totalmente aislada". Fue entonces cuando comenzó la violencia física.

Tras un par de meses de agresiones, Sandra decidió denunciar, pero tenía un problema: "No podía demostrar nada. Él había trabajado con víctimas de violencia de género, así que nunca me gritaba delante de nadie, me pegaba sin dejarme marcas... Además, siempre me amenazaba de manera oral y en persona, nunca por WhatsApp ni por 'e-mail'. Por escrito, siempre era el novio perfecto precisamente para no dejar pruebas".

Él trabajaba con víctimas de maltrato, así que nunca me gritó delante de nadie ni me amenazó por escrito, no quería dejar pruebas

Su posible denuncia no tenía visos de prosperar, y menos contra un policía que atiende a víctimas de violencia de género, así que Sandra se puso en contacto con una abogada especializada en estos temas. En cuanto concertaron una cita, la letrada le dijo: "Borra mi número de tu agenda, la llamada, los mensajes de WhatsApp que me has mandado y las webs del historial del ordenador en las que me buscaste". En su primera cita, la abogada fue acompañada de un experto en ciberseguridad. Entre los dos le dieron a Sandra las herramientas para intentar probar el maltrato lo antes posible:

1.- Registro del móvil. Sandra no tenía un código de bloqueo en su móvil y no quería levantar sospechas si lo hacía, así que le instalaron una aplicación que hacía un registro de todas las veces que se desbloqueaba la pantalla. Sandra memorizaría las veces en que dejaba su móvil cerca de su novio, así que podría comprobar si él le espiaba el teléfono.

2.- Grabadora oculta. Sandra quería grabar el maltrato de su novio en audio, pero temía que él se diese cuenta de que había accionado la grabadora del móvil. Por ello, le instalaron una 'app' grabadora que simulaba ser otra aplicación distinta. De hecho, cuando grababa ni siquiera aparecía el botón de 'rec' en las notificaciones ni en la pantalla. De este modo, su pareja no se daría cuenta de que estaba siendo grabado.

3.- Wasaps certificados. Aprovechando un viaje de su novio y la distancia física, Sandra intentó que él hiciese lo que nunca hasta entonces había hecho: amenazarla por escrito: "Le escribí por WhatsApp a una hora a la que tenía una cena y estaba ocupado. Le dije que tenía dudas sobre nuestra relación, que deberíamos dejarlo. Al principio, todo fueron disculpas y buenas palabras, pero cuando vio que no me convencía se fue enfadando y acabó mandándome varios mensajes y audios amenazantes". En cuanto consiguió las amenazas, acudió a eGarante, una web en la que pudo certificar digitalmente los mensajes.

Cuando vio que no me convencía, se fue enfadando y acabó mandándome varios mensajes y audios amenazantes

Esa misma noche, Sandra acudió al juzgado a presentar una denuncia por violencia de género. A mediados de 2018, un juzgado condenó a su novio a poco más de tres años de prisión y fue temporalmente apartado de la Policía Nacional. Para Sandra, la sentencia es una mediana satisfacción, pero el proceso intermedio no tanto: "La tecnología me ha ayudado a probar mi maltrato, pero la mayoría de víctimas no tiene acceso a esta información, no se atreve a recabar pruebas o simplemente está muerta de miedo por si la matan cualquier día. Igual que hay cursos de defensa personal para mujeres maltratadas, también debería haberlos de ciberseguridad".

La situación, en definitiva, está clara. La tecnología nunca podrá ser la primera herramienta para luchar contra los delitos violentos, pero en ocasiones puede ser un aliado. En algunos casos, para demostrar la situación violenta y evitar que vaya a más; y en otros, no se podrá hacer nada para evitar el desenlace, pero al menos se conseguirá que el responsable sea condenado y acabe en prisión.

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