debido al 'patent swap' que mata la innovación

La mujer que inspiró el Face ID advierte: el nuevo iPhone será menos distinto que nunca

Ursula Keller inventó el láser pulsado ultrarrápido que años después acabó convirtiéndose en el reconocimiento facial del iPhone X, primer terminal en emplear esta tecnología con un uso comercial

Foto: Ursula Keller, en Miraflores de la Sierra. (Fundación BBVA)
Ursula Keller, en Miraflores de la Sierra. (Fundación BBVA)

Por supuesto, Ursula Keller tiene un iPhone X, que saca orgullosa de su bolso. Para esta profesora de física en el ETH de Zúrich, "es algo personal". No es que el móvil que Apple presentó hace justo un año le parezca el mejor. Tampoco es por el tamaño de la pantalla o la duración de la batería, más bien por ser el primer dispositivo de electrónica de consumo que hace uso de la tecnología que ella contribuyó a descubrir.

Keller, reciente ganadora del premio a Inventor Europeo del Año, permitió con sus investigaciones en los años noventa el desarrollo del láser pulsado ultrarrápido. Básicamente, ella inventó el Sesam ('semiconductor saturable absorber mirror'), un espejo semiconductor capaz de generar este nuevo tipo de láser.

Lo de 'ultrarrápido' no significa que vaya a mayor velocidad, sino que los pulsos son muchísimo más breves: necesita mucho menos tiempo sobre una superficie y causa a esta menos daño. Esto abrió un abanico de nuevas aplicaciones para las que el láser estándar no servía, haciéndolo idóneo para, por ejemplo, el reconocimiento facial. Esta es la base del famoso Face ID, una de las características estrella del último modelo de Apple.

"La gran utilidad de los láseres pulsados ultrarrápidos está en el procesamiento de materiales, que ahora está totalmente en auge", explica la física a Teknautas. Keller está estos días en Madrid, invitada por la Escuela Internacional de Verano Nicolás Cabrera organizada por la UAM y la Fundación BBVA, que se celebra anualmente en la localidad de Miraflores de la Sierra. "Con este láser puedes cortar un cristal gracias a lo que se llama ablación en frío", dice Keller. "Básicamente, puedes atravesar el cristal sin producir mucha carga térmica, no se produce fusión del material y puedes trabajar con menos energía, tienes un pico de intensidad y el material se evapora al instante, es decir, extraes menos cantidad pero el calor es mucho menor, y eso es lo que a veces causa que un material se rompa".

Un asistente a la presentación del iPhone X en Beijing usa el Face ID. (Reuters)
Un asistente a la presentación del iPhone X en Beijing usa el Face ID. (Reuters)

No solo nos ha traído el Face ID, sino también los famosos 'cristales gorila' con los que se fabrican los protectores de pantalla. Y por supuesto, muchísimas aplicaciones más fuera de la telefonía.

"Bosch está usando estos láseres para los motores porque queman el combustible más eficientemente gastando menos energía", explica Keller. "Antes veías motores con restos de combustible que no había ardido correctamente y eso ya no sucede". También, al quemar más rápido y ser más preciso, el motor no genera tanta combustión.

Por todo ello, los láseres ultrarrápidos han supuesto un 'boom' del que se habla menos de lo que merecen: en unos pocos años ya suponen el 20% de la cuota de mercado y siguen creciendo. "En el procesamiento de materiales, ya suponen un mercado de 1.000 millones de dólares", añade. Otro sector en el que este láser pulsado ultrarrápido ha roto la baraja es el de la cirugía refractiva, pero lo que más interesó a las grandes empresas tecnológicas fueron sus posibilidades metrológicas.

Cuando Silicon Valley molaba

"Realmente el del iPhone no es tanto un láser de pulso corto sino uno modulado, pero lo usan para el reconocimiento facial", dice Keller. "Si tengo este móvil, es porque soy una gran fan de la ciencia y para mí, personalmente, este es un gran paso: es la primera vez que tenemos un láser en un producto de consumo, es necesario para lograr la precisión requerida en el reconocimiento facial".

Luego se queda mirando un segundo al teléfono y dice: "¡Esto tiene mucha más potencia que el ordenador con el que acabé mi doctorado!".

Ursula Keller. (Fundación BBVA)
Ursula Keller. (Fundación BBVA)

Se suele escuchar a menudo, pero en este caso la comparación no es tan gratuita, dado que Keller hizo el doctorado nada menos que en Stanford, en mitad de Silicon Valley y a finales de los años ochenta, cuando la informática de consumo ya era un monstruo que regaba de dinero el norte de California. Cuando ella leyó su tesis doctoral en 1989, Steve Jobs ya había salido tarifando de Apple y acababa de presentar el NeXT. La física suiza acabó trabajando en otra de las empresas que, junto a IBM, partían el bacalao entonces: Bell Labs.

"Era como un enorme laboratorio industrial, pero donde se practicaba la 'open publication", recuerda. "Entonces Bell Labs era uno de los dos grandes laboratorios de investigación y su planteamiento era 'haz algo diferente a todos los demás, pero más vale que sea bueno', porque en aquella época, AT&T y Bell Labs tenían el monopolio en la investigación telefónica, tenían dinero para pagar cualquier factura y una manera de devolver algo a la sociedad era en forma de esta investigación fundamental: dejaban que cualquiera pudiera usar un conocimiento que ellos habían encontrado", dice, "fue una forma muy eficiente de devolver algo a la comunidad".

'Think different?'

Aunque siga generando millones de dólares en beneficio a los accionistas, el Silicon Valley de hoy resulta un páramo en comparación. Empezando por la propia Universidad de Stanford. "Hoy en día, los estudiantes están más interesados en crear empresas que en seguir en el mundo académico, cualquier científico excelente está pensando únicamente en aplicaciones", dice Keller. "¡Y creo que es bueno, no hace ningún daño pensar en ellas! Pero en ciencia básica, cualquier resultado es un resultado porque es conocimiento, incluso los negativos: en la aplicada no, no vale cualquier cosa, porque un resultado negativo puede querer decir que no dispones de esa aplicación".

Y qué decir de las empresas. Bell Labs, que desde 1925 logró ganar ocho premios Nobel —más que España— y cambiar el curso de la humanidad mediante la invención del transistor, el láser o la célula fotovoltaica, acabó siendo comprada de rebote por Nokia, que adquirió Alcatel (dueña de Lucent Labs) en 2015. Ni qué decir tiene, ya no es tan generosa con sus descubrimientos y se ciñe a las mismas leyes que el resto de la competencia.

"Por desgracia, hoy en día todos estos laboratorios ya no existen, porque la industria está mucho más interesada en el beneficio directo, hay más competencia, tienen que producir unas ciertas ganancias y sus departamentos de I+D están más centrados en resolver problemas para la siguiente fase de un producto", explica la profesora del ETH Zúrich.

Willard Boyle y George Smith, ganadores del Nobel de Física, durante un experimento con el sensor CCD.
Willard Boyle y George Smith, ganadores del Nobel de Física, durante un experimento con el sensor CCD.

Esto nos devuelve de nuevo a la presentación, esta tarde, de uno o varios nuevos modelos de Apple.

En otro momento de nuestra historia reciente, ser el único teléfono con un sistema de reconocimiento facial habría supuesto un quebradero de cabeza a la competencia durante varios años, pero hoy ya no sucede así. Desde que salió el iPhone X, ya hay otros 'smartphones' que han incorporado el reconocimiento facial basado en láser. Los más importantes son el Xiaomi Mi 8, el Pocophone F1 y el Oppo Find X, tres modelos chinos.

La física suiza tiene la explicación: "Ahora todas las grandes compañías cruzan información, porque hay tantas patentes ahí fuera ya que no existe una patente tan poderosa que pueda excluir a todos los demás: las grandes compañías intercambian patentes porque no quieren ser detenidas", razona Keller. Una quiebra de patente cuesta una fortuna, son muchos años y nadie quiere gastarse el dinero en un montón de abogados. De hecho, Apple y Samsung han terminado este verano con un litigio de patentes que ha durado siete años, desde 2011: al final, la empresa coreana tuvo que pagar a Apple 539 millones de dólares por copiar descaradamente el iPhone.

Hay tantas patentes ahí fuera ya que no existe una tan poderosa que pueda excluir a toda la competencia, así que las intercambian

Ya no es necesario, porque basta con intercambiarse cromos, pero eso tiene una ventaja adicional para estas empresas: "Al final, este trapicheo de patentes ayuda a reducir el número de competidores", dice Keller.

Eso, para la inventora del láser ultrarrápido, tiene una consecuencia preocupante: dado que cada vez se enfoca más la I+D a la siguiente generación de estos productos y que las características que los hacen diferentes acaban siendo transferidas a cambio de un 'killer feature' ajeno, cada vez los nuevos teléfonos serán más parecidos unos a otros. No sabemos aún qué traerá el próximo iPhone, pero cada vez se parecerá más a los próximos Samsung, Xiaomi, Google Pixel, Huawei, etcétera...

Sí sabemos algo más en cuanto a láseres y aplicaciones: "Lo siguiente será mejorarlo para poder medir cosas a distancia, incluso largas distancias, con una precisión espectacular", dice Keller.

¿Traerá el próximo iPhone el reconocimiento facial a gran distancia? Lo dudamos: al fin y al cabo, la longitud de nuestro brazo es limitada.

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