No piques

Las pastillas para aumentar el rendimiento intelectual que en realidad no sirven de nada

Los fabricantes destacan componentes que, según los informes oficiales de expertos, no son efectivos, pero incluyen vitaminas y minerales para justificar las propiedades que publicitan

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A nadie le viene mal una ayuda. Cualquier estudiante y opositor quiere mejorar su rendimiento intelectual, que las ideas fluyan con rapidez en su cabeza y que su memoria sea tan buena como para retener sin esfuerzo toda la información acumulada en el tocho de folios al que se enfrenta. Aparentemente lo tienen fácil: pasar por una farmacia y adquirir alguno de los complementos alimenticios que se ofrecen en forma de sobres y cápsulas. Por si cabe alguna duda, hay productos que incluso llevan la palabra Exámenes en su nombre.

Otro segmento de la población está igualmente preocupado por sus capacidades cognitivas, las personas mayores que temen el deterioro intelectual. Mayores y no tan mayores porque hay suplementos específicos para este fin que se recomiendan a partir de 45 años y básicamente presentan la misma composición que los anteriores. La pregunta es si son necesarios y efectivos.

El divulgador científico José Manuel López Nicolás, bioquímico de la Universidad de Murcia, tiene claro que no. A menudo, denuncia supuestos engaños de las industrias a los consumidores a través de productos de alimentación y cosmética que no son lo que parecen, por ejemplo, en el libro Vamos a comprar mentiras. En su día ya diseccionó en su blog uno de los complementos alimenticios destinados a mejorar el rendimiento intelectual más conocidos del mercado: De Memory.

“Son expertos del marketing y saben lo que están diciendo”, comenta el experto a Teknautas, “no hacen nada ilegal porque en ningún sitio pone lo que parece que están afirmando”. En el envase de este producto y otros similares aparecen muy destacados una serie de componentes, que casi siempre se repiten: fosfatidilserina, fosfatidilcolina, taurina, jalea real, fósforo, vitaminas y minerales… El mensaje implícito es que todas estas sustancias ayudan al cerebro a realizar mejor sus funciones, pero en realidad eso no está escrito en ninguna parte.

La fosfatidilserina es un clásico. Si el consumidor quiere indagar por su cuenta, aparte de encontrar un sinfín de productos que valen decenas de euros y la contienen, no le costará hallar información que parece reforzar la idea que le están vendiendo. Al igual que la fosfatidilcolina, es un componente biológico de nuestro organismo que pertenece al grupo de los fosfolípidos, que realizan importantes funciones en la membrana de las células, en particular, de las neuronas. Está muy presente en el cerebro y sus funciones se relacionan con la producción de neurotransmisores relacionados con la memoria.

Ingerir algo no implica que funcione

“El problema es confundir las funciones biológicas que realiza una sustancia con el hecho de que tomar esa sustancia de forma externa sirva para algo”, explica López Nicolás. “Es como si decimos que te puedes tomar neuronas, no tiene sentido”. Es decir, una cosa es ingerir una sustancia y otra muy distinta es que nuestro organismo la asimile de forma que tenga determinados efectos sobre nosotros.

Por ejemplo, si compramos uno de estos productos en internet , encontraremos información sobre sus componentes. Entre ellos, DMAE, del que se dice que es “un compuesto orgánico con un efecto directo sobre la producción del neurotransmisor colina”. Por mucho que esto sea cierto biológicamente, no significa que ingerir ese compuesto tenga repercusiones positivas en nuestro organismo.

El problema es confundir las funciones biológicas de una sustancia con el hecho de que tomar esa sustancia sirva para algo

Sin decirlo explícitamente, muchos productos parecen relacionar directamente el consumo de fosfatidilserina con la prevención del deterioro cognitivo. Es decir, que tomar cápsulas que contienen este componente, que generalmente extraen de la soja, podría prevenir la demencia.

Aluvión de informes en contra

Un informe de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) rechaza tajantemente que tenga ninguna de las propiedades que se le atribuyen. Está elaborado por un panel de expertos que no ha encontrado ningún efecto positivo en ningún tramo de edad: ni es útil para que un joven aumente su capacidad memorística para enfrentarse a un examen ni para que una persona mayor evite perder capacidades cognitivas.

La agencia americana Food and Drug Administration (FDA) se mostró menos categórica, pero apuntaba en la misma dirección al afirmar que no existe evidencia científica que apoye la idea de que haya una relación entre la fosfatidilserina y un menor riesgo de demencia y deterioro cognitivo.

Al repasar el resto de los componentes habituales ocurre lo mismo. La EFSA también le niega a la taurina, un neurotransmisor, cualquier tipo de propiedad relacionada con la mejora del rendimiento cognitivo. Esta sustancia está omnipresente no sólo en productos relacionados con la memoria y el intelecto, sino en una amplia gama de otros vinculados principalmente con la actividad deportiva, como las bebidas energéticas. En teoría, debería servir de reconstituyente tras el ejercicio físico, pero los expertos de la agencia europea también lo rechazan. Lo único que conceden es que su consumo es seguro.

No podía faltar la jalea real

Hay otro componente habitual cuyo nombre es mucho más conocido y encima puede presumir de ser un producto natural: la jalea real, una sustancia viscosa producida por las abejas para alimentar a las larvas. Es la estrella de los suplementos alimenticios desde hace décadas porque en teoría sirve para todo: ayuda al sistema inmune, mejora la función vascular, controla el colesterol y, por supuesto, beneficia al cerebro. Pues bien, resulta que la EFSA también niega todas estas propiedades.

Si los informes oficiales son tan contundentes, ¿cómo es posible que estos productos se publiciten como buenos para la memoria y la actividad intelectual? Es cierto que no dicen que su efectividad esté basada en ninguno de ellos, pero también es cierto que sus mensajes son muy claros: “para estados de agotamiento cerebral”, “ayuda a activar y despertar tu mente”.

Jalea real. (iStock)
Jalea real. (iStock)

¿Mienten descaradamente? No. En realidad, sí que contienen componentes que desde el punto de vista de la ciencia presentan beneficios comprobados, casi siempre agrupados bajo las palabras genéricas “vitaminas y minerales”. Éste es el resquicio al que se agarra cualquier fabricante para defender la afectividad de su producto y por ello evita problemas con la legislación que protege a los consumidores.

“El componente que realmente podría ser efectivo nunca es el más rimbombante”, señala el bioquímico. De hecho, un vistazo a las etiquetas muestra que a veces la cantidad es insignificante. El ejemplo favorito de López Nicolás es el del fósforo: “Una sola sardina tiene 90 veces más que una cápsula de De Memory, te tendrías que comprar tres cajas para igualarla”.

¡Es la alimentación, estúpido!

Por cierto, el mito del fósforo tampoco pasa el visto bueno de la EFSA acerca de los supuestos beneficios que aporta para la inteligencia o la fatiga, pero aunque así fuera este ejemplo pone sobre la mesa la verdadera clave del asunto: “Una alimentación normal aporta muchísimas más vitaminas y muchísimos más minerales que los que ofrecen estos complementos y digo normal, es decir, que no se trata de seguir ninguna dieta especial ni milagrosa, sino de tener una alimentación saludable y equilibrada”. Es más, en el caso de las vitaminas y minerales también habría que preguntarse hasta qué punto se puede relacionar una ingesta externa con la mejora de ciertas funciones biológicas, que es lo que buscan los consumidores de este tipo de productos.

En definitiva, los vendedores de suplementos para el rendimiento intelectual ponen el foco sobre componentes que tienen buena fama pero que, según los informes de las agencias oficiales, no sirven para nada. A la vez, incluyen vitaminas y minerales que permiten justificar la publicidad que hacen de sus productos, pero en cantidades tan ridículas que cualquier persona los ingiere dentro de una ingesta habitual de alimentos.

Brain with Packing of Capsules
Brain with Packing of Capsules

“El reglamento europeo permite atajos que confunden al consumidor”, señala el especialista, “pero lo que hacen las empresas es legal”, así que sólo caben dos soluciones: cambiar las normas o mejorar la educación nutricional de la población.

En ese sentido, López Nicolás cree que hay que apelar a la responsabilidad del consumidor, que en este tema en concreto y en otros similares relacionados con la alimentación y la salud ser deja llevar por el marketing sin el más mínimo espíritu crítico. La Organización de Consumidores y Usuarios publicó a comienzos de este año una encuesta según la cual el 30% de los españoles consume algún suplemento alimenticio, lo cual, a su juicio, no responde a una necesidad real sino a las “potentes campañas” de publicidad.

“Acudimos a este tipo de productos por comodidad y por rapidez a pesar de que tenemos otras fuentes de información a nuestro alcance”, comenta. Incluso “hay muchos médicos que los recomiendan para prevenir el deterioro cognitivo y creo que es por ignorancia, porque no tienen ni idea”, remata López Nicolás.

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