trabaja en el centro ames, en silicon valley

La ingeniera española en la NASA que jubilará a los controladores aéreos (y taxistas)

Vanesa Gómez-González estudia cómo se regulará el tráfico aéreo del futuro. Prevé que, en un par de décadas, las ciudades estén llenas de coches voladores

Foto: Vanesa Gómez-González (Facebook)
Vanesa Gómez-González (Facebook)

El sueño de infancia de la madrileña Vanesa Gómez-González siempre fue trabajar como ingeniera en empresas vinculadas al espacio y a la astronomía. De pequeña pasaba horas mirando la luna desde su telescopio. Las imágenes de ingenieros en el centro de control esperando con emoción algún evento importante, aplaudiendo y llorando de alegría cuando lograban su objetivo, siempre han formado parte de su día a día. “De pequeña me fascinaba ver astronautas flotando y haciendo burbujas de agua”, explica a Teknautas.

Otra de sus pasiones, la informática, también le acompaña desde niña. Con nueve años le regalaron un viejo ordenador de oficina y, como no tenía gráficos ni podía instalar juegos, decidió programarlos ella misma: investigar comandos y directorios se convirtió en su principal pasatiempo. La informática y el espacio, desde entonces, han sido sus pasiones.

La ingeniera española reconoce que vivir por y para la NASA era un sueño que, pensó, nunca se haría realidad, dada la dificultad para acceder a la organización. Sin embargo, hoy puede decir con orgullo que es una de las contadas españolas que trabaja en la agencia estadounidense. Lo hace como ingeniera informática después de haber desarrollado una aplicación Android para controlar el robot de movilidad gemelo del Curiosity (Rover en Marte) en el departamento de robótica de JPL (NASA), y de trabajar para la Agencia Espacial Europea en Madrid.

En la NASA no solo trabajamos en proyectos espaciales, también desarrollamos todo tipo de tecnología futurista

Ahora, su día a día en Silicon Valley (California) es “como vivir en el futuro”: coches de Google sin conductor por la calle, drones sobrevolando los parques, impresoras 3D en cada casa, habituales talleres de robótica… “Todo lo que ocurre aquí llegará al resto del mundo en unos años”, opina. “En la NASA no solo se trabaja en proyectos espaciales, también se desarrolla todo tipo de tecnologías futuristas: robótica, biología, nuevos materiales, aeronáutica o realidad virtual”, añade. Su trabajo, que apenas le deja tiempo libre, consiste en adelantarse a lo que está por venir mediante dos vías.

Vanesa Gómez-González, posando en el Centro de Investigación Ames de la NASA, en Silicon Valley, California.
Vanesa Gómez-González, posando en el Centro de Investigación Ames de la NASA, en Silicon Valley, California.

Por un lado, colabora con el grupo EVA (Extravehicular Activity), en un proyecto de integración de datos que nació después de que el astronauta Luca Parmitano tuviera un accidente que casi le cuesta la vida (un escape de agua en el casco mientras realizaba un paseo espacial). Después del accidente se realizó una investigación y se creó un informe con una serie de recomendaciones. Entre ellas: que un astronauta tenga accesible a tiempo real toda la información y datos de los componentes de su traje para tener mayor capacidad de reacción si le ocurre algo. “Mi proyecto consiste en crear una plataforma para tener toda esa información integrada”, detalla.

El tráfico (volador) del futuro

El otro proyecto en el que trabaja es uno que se anticipa al tráfico del futuro: aquel en el que drones unipersonales sobrevolarán los cielos de las ciudades y necesitarán de regulación vial automatizada para evitar accidentes. La española se encarga de estudiar de qué forma se coordinarán en el futuro cientos de taxis voladores o drones con pasajeros, “cuando todo el mundo vaya a trabajar en ellos, en lugar de en coche”, explica. Algo que, según estima, sucederá en un par de décadas.

Actualmente, explica, hay pocos aviones compartiendo la misma área. Por ejemplo, en aeropuertos importantes hay un avión de pasajeros despegando o aterrizando cada minuto. También hay algunos aviones privados, helicópteros o avionetas que vuelan a altitudes más bajas y tienen reglas menos estrictas. “Nuestros sistemas actuales con controladores aéreos gestionando las rutas funcionan bastante bien, pero en el momento en el que haya alta densidad de vehículos no será posible hacerlo manualmente y habrá que utilizar sistemas automáticos”, señala.

Imagen conceptual del proyecto Vahana, de Airbus, que imagina cómo será el transporte unipersonal por el aire. (Airbus)
Imagen conceptual del proyecto Vahana, de Airbus, que imagina cómo será el transporte unipersonal por el aire. (Airbus)

Por el momento Gómez-González cree que lo más probable es que, por defecto, estos vehículos sean autónomos y el usuario no lleve el control. De esta manera se incrementa la seguridad, ya que los errores humanos son más comunes que los informáticos. Además, el pasajero puede disfrutar de las vistas, trabajar o incluso echar una cabezada antes de entrar a la oficina”.

Para ello, mediante simulación física de drones, estudia, por ejemplo, qué es más óptimo: si trazar rutas aéreas (similares a las que siguen los aviones) para estos nuevos vehículos o dejarles volar libremente. También analiza cuál es la capacidad mínima de reacción que deben tener sin circular demasiado separados, sin incrementar el riesgo de colisión. Estudia cuál será su nivel de autonomía (control manual, automático o híbrido); si es mejor utilizar sistemas distribuidos o un servidor central; o cómo habrá que circular cuando haya condiciones meteorológicas adversas. Con las simulaciones en las que trabaja Gómez- González se diseñarán reglas y algoritmos para optimizar los trayectos y hacerlos más seguros.

Los taxis voladores estarán diseñados para pequeños trayectos, circularán a altitudes más bajas y contarán con parkings verticales

Por otro lado, los aviones de pasajeros normalmente vuelan a grandes altitudes (varios kilómetros de altura), mientras que los taxis voladores, asegura, estarán diseñados para pequeños trayectos, una media de diez kilómetros aproximadamente, y circularán a altitudes más bajas (incluso más que edificios), e incluso contarán con parkings verticales donde quedar aparcados.

¿Las ventajas que se plantean desde la NASA? Que no será necesario invertir tanto dinero en carreteras, no habrá atascos y se llegará mucho antes al destino. “No creo que sean coches tan chulos como los de Blade Runner o Futurama, y seguramente tengan hélices, pero estoy segura de que será bastante divertido montar en ellos”, dice Gómez-González.

El 'volocopter' probado recientemente en Alemania.
El 'volocopter' probado recientemente en Alemania.

Por el momento su trabajo se inspira en aquellas empresas que ya están fabricando drones, medios de transporte similares que pueden cargar una o dos personas, o piensan en hacerlo. ¿Ejemplos? En Alemania han desarrollado un ‘volocopter’, un vehículo que, como ventaja respecto a otros, es más pequeño, más económico, eléctrico y silencioso.

“En un principio se prevé que, debido a la baja demanda, el coste será alto, por lo que los usuarios serán compañías de transporte o taxi como Uber, Amazon, Nvidia o Google, que ya están apostando por ello”. Cuando haya más demanda y los costes se reduzcan, dice, “estos drones serán tan accesibles como un coche ordinario”.

Por otro lado, imagina que, como cualquier vehículo, los usuarios tendrán que pagar seguro e impuestos (aunque será algo que dependa de la administración correspondiente). “De lo que estoy segura es de que no habrá guardias voladores dirigiendo el tráfico”, bromea.

Su vida en la NASA

A parte de lo interesante de sus proyectos agradece que, al contrario que otros compañeros, entre sus responsabilidades no haya vidas en juego (o no de momento), como sí ocurre con quienes controlan la estación espacial. Tampoco corre el riesgo de perder una sonda o estrellar un satélite. “Le dedico muchas horas a mi trabajo pero no estoy estresada, disfruto haciendo lo que hago y tengo muchos más proyectos en mente”.

Trabajar diariamente en un lugar como la NASA le beneficia, no solo por los proyectos pioneros en los que se implica, sino también por las experiencias que tiene oportunidad de vivir. Aunque —de momento— no ha viajado por el espacio, sí ha participado en un estudio en la centrifugadora del NASTAR (centro de entrenamiento de astronautas) donde fue expuesta hasta seis veces a la fuerza de gravedad, simulando las aceleraciones de un vuelo real. “La experiencia fue bastante divertida y realista. Y no, no vomité ni me desmayé”. También ha sido seleccionada finalista para un estudio en el que cuatro personas habitarán una cápsula espacial por 45 días simulando un vuelo a un asteroide.

Vanesa es finalista para un estudio en el que cuatro personas habitarán una cápsula espacial por 45 días simulando un vuelo a un asteroide

La vida de la ingeniera que gestiona el futuro tráfico de los ‘taxidrones’ está condicionada por el frikismo de su entorno. ¿Lo más raro que le ha ocurrido en sus más de tres años en la agencia? “Una vez estaba echándole comida a los extrat…uy, lo siento, no puedo contar esa historia”, bromea. Sí cuenta historias de la NASA, como la de una pareja de becarios que, realizando prácticas en Houston, diseñó un plan “a lo ‘Oceans Eleven’” para robar rocas lunares, irse a un hotel y tener una noche de pasión sobre ellas. “Al final les pillaron”.

¿Más cosas curiosas? Que en la sala de control del JPL existe la tradición de comer cacahuetes en los momentos críticos de las misiones. “Empezó como una superstición y se ha convertido en la tradición de ‘los cacahuetes de la suerte’”, asegura. En uno de los centros de la NASA, JPL (Los Ángeles), explica, hay ciervos paseando libremente por el centro y “allí es muy común el estereotipo del científico con barba blanca y camisa hawaiana, no es un mito”.

Los 'cacahuetes de la suerte' presiden uno de los momentos cruciales de la misión Cassini. (NASA)
Los 'cacahuetes de la suerte' presiden uno de los momentos cruciales de la misión Cassini. (NASA)

En otro centro, Johnson Space Center (Houston) tienen una piscina gigante con una réplica de la estación espacial donde los astronautas practican. También hay una sala hermética con rocas lunares y un centro de entrenamiento con realidad virtual y simuladores.

“En el centro donde yo trabajo actualmente, Ames (en Silicon Valley, al sur de San Francisco), hay un aeropuerto y, a veces, se pueden ver aviones privados de CEOs de empresas importantes (no diré nombres, pero Google y Facebook están al lado...). Alguna vez incluso nos visitan estrellas de cine y el Air Force One ha pasado por aquí”.

En la sala de control del Jet Propulsion Laboratory existe la tradición de comer cacahuetes en los momentos críticos de las misiones

También hay túneles de viento (edificios gigantes con forma de trompeta), una centrifugadora, una computadora cuántica y una sala de simulación de control aéreo. “A veces podemos ver una película de ciencia ficción antes de su estreno para dar consejos a los creadores, otras organizamos eventos frikis donde puedes ver, por ejemplo, al director de tu departamento disfrazado de Chewbacca. Y no, en la cantina no sirven comida de astronauta”, dice.

A parte de ver sobrevolando decenas de drones ordenados sobre su cabeza en las próximas décadas, esta ingeniera espera algo más. Dice que, ya que nuestra generación no ha visto ningún hito tan importante como la llegada del ser humano a la Luna y solo doce hombres han pisado suelo del satélite, es hora de que vuelva a pasar. “¿Quizás sea una madrileña, esta vez?”, bromea.

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