los riñones nos traicionaron

La evolución tiene la culpa de que la sal y el azúcar sean hoy asesinos silenciosos

Su exceso es hoy una pesadilla en muchas sociedades desarrolladas, pero en el pasado eran oro blanco. La selección natural actuó de la única forma posible

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Las enfermedades del sistema circulatorio son la causa principal de muerte natural entre los españoles (29,7%), una tendencia que se repite en la mayoría de países desarrollados. Hace más de un siglo sufríamos a los agentes infecciosos causantes de la viruela y la turberculosis. Hoy, morimos por culpa de patologías que dependen de nuestros genes y nuestro estilo de vida. Dejando de lado el cáncer, la sal y el azúcar se han convertido en los grandes enemigos de la parte más rica del planeta. Los culpables últimos somos nosotros, nuestra dieta y nuestra escasa actividad física; pero la causante de tantos problemas es la evolución biológica.

En España, el Gobierno anunció a finales del año pasado que gravaría los refrescos, como ya hace con el tabaco y el alcohol, para cumplir con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta semana, una campaña de Sinazucar.org mostraba visualmente cuánto azúcar incluyen helados, yogures y hasta albóndigas.

En el pasado la pesadilla no era librarse de la sal sino conseguirla. Los riñones evolucionaron para absorber la mayor cantidad posible

El consumo de sal provoca hipertensión, mientras que demasiado azúcar causa diabetes. Pero, si el cuerpo humano es capaz de regular factores externos como la temperatura, ¿por qué no se deshace del exceso de estas sustancias? La respuesta yace en la evolución, que durante miles de años ha trabajado en el sentido opuesto, sin saber que algún día viviríamos rodeados de sal y azúcar.

El fisiólogo evolutivo y divulgador Jared Diamond explica las causas en su libro 'Sociedades comparadas' a través de comunidades 'tradicionales' que hoy todavía viven como lo hacían hace miles de años. "La ingesta diaria media de sal de los neoguineanos de las tierras altas es de 50 mg. Entre los pueblos tradicionales de todo el mundo se encuentra entre los 50 mg y los 2 g diarios".

Los españoles, según la OMS, consumimos unos 10 g de sal cada día. El doble de lo aconsejado... y doscientas veces la cantidad ingerida por los neoguineanos de Diamond. La explicación de esta diferencia es lógica: mientras que nosotros tenemos un acceso ilimitado a los saleros, para otros pueblos sigue siendo oro blanco cuya ausencia puede causar la muerte.

Sal 'everywhere'. (EFE)
Sal 'everywhere'. (EFE)

Los neoguineanos tiene la explicación de por qué la sal se ha convertido en un asesino silencioso: en la sociedades tradicionales —o aquellas que vivieron en el pasado— la pesadilla no era librarse de la sal. Era conseguirla. Por ese motivo, nuestros riñones evolucionaron con el fin de absorber la mayor cantidad posible de un bien tan preciado. Una característica que nos había mantenido con vida a lo largo de la evolución, se ha convertido en una maldición en las sociedades modernas y desarrolladas.

La ingesta diaria media de sal de los neoguineanos de las tierras altas es de 50 mg. Los españoles rozan los 10 g cada día

Algo similar ocurre con el exceso de azúcar y la diabetes de tipo 2, aquella que puede aparecer según nuestro estilo de vida. Si la hipertensión está relacionada con el metabolismo de la sal, en este caso la 'culpa' es de cómo nuestro cuerpo gestiona el aumento en las concentraciones de la glucosa. Como con el caso anterior, podríamos preguntarnos: ¿por qué la selección natural no ha eliminado los genes que nos hacen propensos a esta enfermedad?

Para Diamond, la respuesta es muy similar: "[En el pasado] los individuos con gran capacidad para almacenar en forma de grasa las calorías que ingieren en los infrecuentes momentos de abundancia serían los más capaces de sobrevivir a los posteriores momentos de escasez. La insulina es la hormona que nos permite almacenar en forma de grasa las calorías ingeridas".

En otras palabras, la capacidad para transformar las calorías ingeridas en grasa fue beneficiosa... hasta que nos vimos inmersos en un eterno festín. Nada de esto quiere decir que seamos víctimas de nuestra propia evolución y que no podamos hacer nada para evitarlo. Más bien, al ser conscientes de las limitaciones de nuestro cuerpo podremos limitar la ingesta de sal y azúcar.

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