¿sólo los más fuertes sobreviven?

"Dios no juega a los dados" y otras ideas científicas malinterpretadas

La evolución de Darwin, la relatividad de Einstein... algunos conceptos científicos forman ya parte del saber popular, aunque en ocasiones se tergiversan por error

Foto: Albert Einstein en mallorquinas
Albert Einstein en mallorquinas
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    Darwin y la evolución por selección natural, Einstein y la teoría de la relatividad... Muchos conceptos científicos y frases de célebres investigadores han pasado a formar parte de la cultura popular. Esto demuestra hasta qué punto la sociedad está vinculada al conocimiento académico —quiera o no— pero también da pie a errores, malinterpretaciones y tergiversaciones. Intencionadas o no, estas equivocaciones en ocasiones se utilizan para defender ideas opuestas a las originales y hasta posturas políticas extremas.

    La frase de Albert Einstein "Dios no juega a los dados con el universo" es uno de los mejores ejemplos. La cita, sacada de contexto, se emplea incluso como prueba de que el físico creía en divinidades, en el destino o que mostraba así su rechazo a la teoría de la evolución de Darwin. Argumentos de autoridad aparte, la historia tras estas palabras es bien diferente, y ha suscitado gran cantidad de ensayos al respecto.

    "La mecánica cuántica es realmente imponente. Pero una voz interior me dice que aún no es la buena. La teoría dice mucho, pero no nos aproxima realmente al secreto del 'viejo'. Yo, en cualquier caso, estoy convencido de que Él no tira dados". Esa es la cita original en la que Einstein emplea la metáfora por primera vez, en una carta dirigida a su amigo Max Born. El físico le cogió el gusto a la frase, que repetiría sin cesar, para fastidio de sus colegas, en años venideros.

    La metáfora de Einstein es sólo una crítica a la mecánica cuántica que el físico alemán rechazaba

    Einstein se refería al universo como a "Dios", una forma de hablar que comparten físicos como Stephen Hawking. Debido a sus palabras tuvo que aclarar que, en efecto, no creía en divinidad alguna. La comparación con los dados tampoco quería decir que creyera en algún tipo de destino. La metáfora es tan sólo una crítica a la mecánica cuántica, que el nobel de Física rechazaba con rotundidad; el principio de incertidumbre de Heisenberg era para el alemán un sapo de aleatoriedad demasiado grande de digerir. Una negación que, hoy en día, sabemos que era equivocada. 'Dios' sí que juega a los datos, aunque sea a ratos.

    Darwinismo y política

    Nadie duda de que las teorías de Einstein se encuentran entre las más complicadas de entender para el común de los mortales, pero la dificultad de comprender la evolución biológica de los organismos es siempre infravalorada. Se trata de uno de los conceptos peor comprendidos, en parte debido a frases incorrectas que forman parte del saber popular como "la supervivencia del más fuerte".

    La selección natural es el fenómeno por el que unos seres vivos se reproducen más que otros. Nada tiene que ver con la supervivencia de los fuertes

    Esta mala definición de la selección natural, el proceso natural que dirige la evolución, también se escucha en ocasiones como "la supervivencia del más apto". Pero para un ser vivo, sobrevivir es algo secundario: lo importante es dejar descendencia, cuanta más mejor, aunque esa misión le cueste la vida. Por eso Charles Darwin no podía ni imaginar en el siglo XIX que sus teorías serían transformadas en esa "falsedad científica", en palabras de Gould, llamada "darwinismo social", empleada ya en el siglo XX para defender políticas imperialistas y neoliberales sin relación alguna con la ciencia, la biología o la evolución darwiniana.

    Porque la evolución no es más que los cambios en las frecuencias de los genes que se producen en una población a lo largo del tiempo. Y la selección natural, el motor principal que la causa, sólo es una forma de describir un simple hecho: que algunos individuos dejan más descendencia que otros.Cualquier intención de justificar que las diferencias sociales tienen una base genética —y que por lo tanto son merecidas— habría horrorizado al naturalista británico.

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