El fascinante relato de los años 50 que predijo el lado oscuro de los drones
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El fascinante relato de los años 50 que predijo el lado oscuro de los drones

En 1953, una historia de Robert Sheckley titulada 'Watchbird' ya vaticinaba el uso de drones como arma de guerra. Hoy ya son una (polémica) realidad

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Érase una vez un grupo de científicos que hallaron la forma de determinar si una persona estaba a punto de cometer un asesinato. Podían detener un homicidio antes de que se produjera, pero necesitaban patrullas capaces de estar en todas partes, de analizar las ondas cerebrales de un futuro criminal en el momento justo, antes de que cometiera su delito.

Pensaron que una serie de robots voladores sería la solución. Los llamaron watchbirds, los pájaros vigilantes. Su misión: impedir que se produjera cualquier “acto de violencia” contra “un organismo vivo por parte de un organismo vivo”. Costara lo que costara.

Nosotros los llamamos drones, pero su función es la misma: matar al enemigo antes de que pueda matarnos a nosotros. Entre 2.500 y 4.000 personas han fallecido en 420 ataques sobre Pakistán desde 2004, según las estimaciones que realiza The Bureau of Investigative Journalism. En Yemen, al menos 500 o 700 personas han perdido la vida desde 2002; en Afganistán, alrededor de medio millar. Hay centenares de civiles y decenas de niños entre las víctimas. ¿Cueste lo que cueste?

Si aún estuviera entre nosotros, Robert Sheckley diría que ya nos lo advirtió. Sin embargo, este maestro de la ciencia ficción nos dejó en 2005, cuando los distópicos futuros de sus relatos se estaban convirtiendo en presente. Uno de los más aterradores, el que describió en el número de febrero de 1953 de la revista Galaxy, parece haberse hecho realidad media década después. Sus watchbirds vuelan ya por nuestros cielos.

En uno de sus relatos de 1953, el autor de ciencia-ficción Robert Sheckley describió robots voladores capaces de prevenir (y realizar) asesinatos

En la narración de Sheckley, los mandamases no se conformaban con desplegar todo un ejército de vigilantes voladores. Algunas veces los robots no lograban anticipar la intención de ciertos asesinos solo por sus ondas cerebrales, así que decidieron ir un paso más allá: los watchbirds debían aprender igual que los humanos. Observando un homicidio, sacarían conclusiones para prevenir los siguientes. Cada pájaro metálico estaría conectado con el resto y debería compartir sus hallazgos.

Inteligencia artificial en el siglo XX

Más conceptos del siglo XXI en un relato de mediados del XX: el machine learning, la internet de las cosas y los controvertidos killer robots. De hecho, el actual debate ético y jurídico se ve fielmente reflejado en las páginas de aquella obra. Mientras unos hablan a favor - “sería injusto para toda esa gente inocente que muere cada año que pusiéramos límites a los watchbirds por cuestiones filosóficas” -, otros se pronuncian en contra: “Podría haber algún riesgo moral en permitir que una máquina tome las decisiones de los hombres”.

Al final, los watchbirds autónomos, capaces de aprender, despegaron. Quién sabe si lo harán también en nuestro tiempo, pero las páginas de Galaxy nos cuentan lo que sucedió después. En la ficción, los vigilantes comienzan a abatir bandidos antes de que hieran a sus víctimas, sacan conclusiones y evolucionan: “Con sus nuevos circuitos, probablemente han definido la matanza de animales como asesinato”, advierte un personaje.

Su misión, al fin y al cabo, es impedir que se produzca cualquier “acto de violencia” contra “un organismo vivo por parte de un organismo vivo”. Eso incluye evitar que los cazadores disparen a sus presas, los matarifes hagan su trabajo o un hombre atice con el periódico a una mosca. El equilibrio natural se altera y los humanos se convierten en los asesinos que el watchbird debe detener. “A toda costa”.

De nuevo las tres palabras que empañan la labor de los drones (tan fieles aliados cuando se trata de combatir el fraude fiscal o perseguir a cazadores furtivos) y que avergüenzan a incontables ciudadanos estadounidenses. Tal vez no sea casual que la cadena ABC metiera en un cajón el episodio de la serie Masters of Science Fiction basado en el relato de Sheckley.

Watchbird, con narración del célebre científico Stephen Hawking y James Cromwell y Sean Astin (Sam Gamyi en El Señor de los Anillos) en los papeles protagonistas, estaba entre los seis capítulos que fueron anunciados, pero no llegó a emitirse en los Estados Unidos. Sí lo hizo en Canadá de la mano del canal Space.

Tal vez la crítica estaba en lo cierto y la serie era “demasiado artística para la ABC” o quizá tocaba un tema espinoso cuando ya se utilizaban drones militares con frecuencia en las campañas de Oriente Medio. En cualquier caso, dos episodios de Masters of Science Fiction durmieron el sueño de los justos hasta que Science Channel decidió recuperar el programa en 2012.

La rebelión de los drones

De vuelta a la trama, llega el momento de acabar con los robots justicieros, que están borrando del mapa a cirujanos por blandir el bisturí ante sus pacientes. Por fortuna, los pájaros están programados para regresar a su nido cada cierto tiempo, y los protagonistas quieren aprovechar para desactivarlos. No deberían oponerse, pues su misión es solo proteger a organismos vivos, pero ¿qué es un organismo vivo? ¿Un watchbird lo es? “Nadie les dijo lo contrario”.

En un mundo justo, Sheckley sería considerado uno de los escritores estadounidenses de relato corto más relevantes del siglo XX

Cuando su aprendizaje les lleva a concluir que las máquinas también tienen vida, el simple acto de apagar la radio o quitar la llave de un vehículo se vuelve suicida. Las cosas se han salido de madre y los humanos tienen que contraatacar. Solo un auténtico robot asesino puede combatir al que ve asesinos por todas partes, pero “¿qué cazarán los Hawks [aún más peligrosos e increíblemente dotados para el aprendizaje] cuando no queden watchbirds que cazar?”.

Ahí queda la metáfora de Sheckley, para el que quiera sacar una lección. Nadie mejor que él, que ya vio el lado oscuro de los drones en 1953, para iluminarnos. De hecho, su vida y su propia muerte arrojan esa misma enseñanza, que el obituario de The New York Times resimió brillantemente: “En un mundo justo, Sheckley sería considerado uno de los escritores estadounidenses de relato corto más relevantes del siglo XX, pero como sabe todo el que lo ha leído, la justicia que en teoría es alcanzable no es para todos – y siempre tiene alguna pega”.

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