De arquímedes a darwin

Cinco momentos cruciales para la ciencia que no ocurrieron como piensas

Algunos de los instantes más importantes en la historia de la ciencia sucedieron de una forma diferente... o no tuvieron lugar en absoluto. El tiempo ha transformado estas anécdotas en leyenda

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    La historia de la ciencia está repleta de leyendas que nunca tuvieron lugar, como las malas notas en matemáticas de Einstein, y de anécdotas que el tiempo ha moldeado para maquillarlas con un halo de épica. En ciertas ocasiones los hechos ocurrieron de forma similar al mito pero con matices, y en otras no tuvieron lugar en absoluto. En cualquier caso, y aunque a veces la realidad no sea tan espectacular como la leyenda, la verdad no quita ni un ápice de mérito a las aportaciones de estos intelectos a la Humanidad.

    Arquímedes el nudista

    Uno de los mayores genios de la Antigüedad ha pasado a la historia por una simple palabra. El matemático (y físico, astrónomo, ingeniero, inventor y cualquier otra cosa que se nos ocurra) Arquímedes de Siracusa es recordado por una anécdota que a buen seguro nunca sucedió.

    Es conocido que un rey le pidió a Arquímedes una forma de determinar si una corona (supuestamente) de oro puro que había mandado fabricar había sido adulterada con un metal más barato como la plata. En otras palabras, si le habían timado. El genio griego encontró la solución mientras se bañaba, al descubrir que el nivel del agua subía hasta desbordarse una vez entraba. Arquímedes, emocionado por el descubrimiento, salió a la calle gritando ¡Eureka! (lo encontré, en griego)... olvidando vestirse antes.

    En teoría, sumergiendo la corona en un líquido y midiendo el volumen desplazado, podría calcularse su densidad y comprobar si esta era correcta o, por el contrario, la joya había sido adulterada con otro material. En realidad esta historia no aparece en ninguno de los escritos de Arquímedes, y la primera referencia al momento Eureka es obra de un historiador romano... que la cuenta 200 años después de los hechos.

    No sólo el arranque nudista de Arquímedes es inverosímil: Galileo puso en duda, siglos después, que el método narrado para analizar la corona fuera cierto. Medir con precisión un volumen tan ínfimo habría requerido herramientas de medición adelantadas a su tiempo como un picnómetro. Probablemente utilizara el principio de Arquímedes para comparar la flotabilidad de la corona con una pieza de oro del mismo peso y así desenmascarar el engaño, pero no midiera los volúmenes desplazados.

    Galileo el vándalo

    Galileo y la torre de Pisa. Dos ingredientes idóneos para que surja el mito. Aunque muchos libros repiten la historia de cómo el físico lanzó dos objetos de diferente peso desde el monumento para demostrar que ambos caían a la vez, no hay constancia histórica de este hecho.

    Además de no existir pruebas, el experimento se tambalea al pensarlo detenidamente. No sólo resulta dudoso que el científico se arriesgara a abrirle la cabeza a un pobre transeúnte por el bien de su investigación, sino que la prueba difícilmente podría haber dado el resultado esperado por un pequeño detalle: el rozamiento del aire. Por mucho que en clase de física nos repitan desde el colegio que dos objetos caerán a la vez independientemente de su peso, en realidad esto sólo se aplica en ausencia de rozamiento. Por eso mismo si lanzamos una bola de billar y una pluma desde nuestro balcón, la pluma saldría volando mientras nosotros somos detenidos por poner en riesgo la seguridad de los peatones.

    Curiosamente puede que Galileo no fuera un vándalo después de todo, pero un experimento semejante sí tuvo lugar en su época. Tal y como cuenta Francisco Villatoro en su blog, el el astrónomo y jesuita (y rival de Galileo) Giovanni Battista Riccioli sí efectuó la prueba en la torre Asinelli de Bolonia. Aunque el investigador pretendía refutar a Galileo tuvo que admitir finalmente, y con un rigor científico loable, que era él quien estaba equivocado.

    El dolor de cabeza de Newton

    La manzana de Newton es un caso de inspiración científica (¡Eureka!) que supera incluso al baño de Arquímedes. Una historia demasiado bonita para ser verdad: la de uno de los mayores genios de la Humanidad, meditando bajo un manzano sobre las leyes que rigen la vida, el universo y todo lo demás, cuando de repente una manzana cae irónicamente sobre su cabeza y le da la respuesta a sus preguntas.

    Tan poético resulta este momento que puede pensarse que no es más que una leyenda sin base alguna, mucho más interesante que la imagen de Newton estudiando papeles y llevando a cabo cálculos en su despacho. Pues no, la manzana sí cayó, aunque no en la cabeza del físico.

    Varias fuentes, como su biógrafo y amigo William Stukeley, describen cómo Newton paseaba por el jardín cuando una manzana cayó al suelo. El tiempo hizo que la fruta terminara por impactar en la cabeza del británico en esta historia, para así dar un poco de comicidad al momento de inspiración.

    Darwin y sus paseos por las Galápagos

    Historias como las de Arquímedes y Newton han forjado el mito de que la investigación científica tiene lugar en explosiones de inspiración dentro de la cabeza de grandes genios, algo inalcanzable para el resto de seres humanos. En realidad, y con honrosas excepciones, el duro trabajo suele sustituir a los eurekas.

    Buen ejemplo de ello son Darwin y sus pinzones. Es fácil imaginar al joven naturalista paseando inocentemente por las islas Galápagos para de repente, al comprobar las pequeñas diferencias que existían entre las aves de cada isla, tener un arranque de genialidad y establecer la teoría de la evolución. Y todo antes de la hora de la cena.

    La realidad es que hubo mucho trabajo, previo y posterior, antes de que una de las teorías más brillantes de la historia de la ciencia viera la luz. Darwin ya había mostrado interés por el origen de las especies antes de su viaje en el Beagle, y había leído los textos más importantes sobre el tema. De la misma forma, necesitó décadas tras su aventura para dar forma a sus ideas: aunque regresó de su odisea con 27 años, no publicó su polémica obra hasta los 50, debido entre otros motivos a su carácter metódico (así como al temor de sacar a la luz un libro semejante).

    La 'potra' de Fleming

    Así como se sobrevalora con una capa mística los momentos de revelación como los de Newton o Arquímedes, en ocasiones se desprecian los casos de pura suerte. En ciencia se conoce con el nombre de serendipias a estos hallazgos afortunados. El caso más popular es el descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming.

    Fleming (cuyos estudios no pagó el padre de Churchill como suele creerse), queda en ocasiones relegado a un papel secundario: el protagonista es el azar, que hizo que sus cultivos se estropearan y quedaran cubiertos por  un hongo, Penicillium. Casi da la impresión que cualquiera podría haber descubierto la penicilina y evitado millones de muertes. Sin embargo, es poco probable que este británico fuera la primera persona del mundo en estropear un cultivo. Cientos de investigadores sin duda tiraron a la basura cultivos llenos de contaminación sin poder llegar a las conclusiones de este microbiólogo.

    "En el campo de la observación la suerte sólo favorece a las mentes preparadas". Se trata de una frase de Louis Pasteur que resume a la perfección cómo el intelecto juega un papel tan importante o más que la fortuna en los casos de serendipia. Quizá los cultivos de Fleming se estropearon por casualidad, pero hacía falta un ingrediente adicional: la mente de este investigador, al acecho de cualquier descubrimiento que pudiera salvar vidas.

     

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