Eran más pequeñas y mucho menos rojas

¿Las reconoces? Así eran las sandías hace cuatro siglos

Un cuadro del siglo XVII es una ventana al pasado, y si en él aparecen alimentos que hoy consumimos, nos puede servir para compararlos con su versión en el presente

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Giovanni Stanchi fue un pintor italiano que vivió en el siglo XVII que plasmó en su obra uno de los motivos favoritos de la época: bodegones con frutas y flores. Curiosamente, uno de sus cuadros es parte imprescindible de las clases de James Nienhuis, un profesor de la Universidad de Wisconsin que imparte una asignatura que nada tiene que ver con el arte ni con la pintura: da clases relacionadas con la horticultura.

El motivo está en la esquina inferior derecha del cuadro que abre este artículo. Eso que ven ahí partido por la mitad es una sandía, aunque no se parezca en nada a ninguna sandía que haya visto en ningún mercado en su vida. Para Nienhuis es un modo perfecto de mostrar a sus alumnos cómo era esta fruta antes de que la mejora genética a base de cruces entre especies la cambiasen para siempre. 

"Es divertido ir a los museos de arte y ver en los bodegones antiguos qué aspecto tenían las verduras que comemos hoy hace quinientos años", ha explicado Nienhuis a Vox. Es en cierto modo la única forma de verlas, porque es imposible preservar esos productos durante siglos. 

La sandía es originaria de África, pero después de un proceso de domesticación, se hizo un hueco en los climas cálidos de Oriente Medio y el sur de Europa. Se hizo popular en las huertas europeas en torno al año 1600. Nienhuis aventura que esas sandías antiguas eran probablemente muy sabrosas, con un contenido en azúcares alto, ya que se consumían frescas y ocasionalmente se dejaban fermentar para fabricar algún tipo de vino. Pero aún así, su aspecto era muy diferente.

El cambio se debe a que durante décadas hemos cruzado variedades distintas de sandía para conseguir el color rojo brillante que reconocemos hoy. La carne de la sandía que nos comemos, que es la parte que contiene las semillas, no tenía en sus orígenes unos niveles tan altos de licopeno, un caroteno rojo brillante que se puede encontrar, además de en la sandía, en los tomates o en las papayas. A base de seleccionar y cruzar variedades, hemos pasado de cultivar sandías más pequeñas con interiores más pálidos a las grandes y rojas que nos comemos hoy, bien cargadas de licopeno. 

Las sandías sin pepitas

Pero no es este el único cambio que la ciencia ha obrado sobre las sandías: desde hace ya tiempo, es posible encontrar en los mercados sandías sin semillas, que gustan mucho, especialmente a los niños, porque se comen cómodamente sin necesidad de estar escupiendo las pepitas cada dos por tres. Aunque es común oír que se trata de una variedad transgénica obtenida mediante ingeniería genética, en realidad no lo es: se producen mediante hibridación, "cruzando dos plantas cuyo juego de cromosomas es incompatible", como explica el blog Gominolas De Petróleo

Concretamente, se cruza el polen masculino de una sandía diploide (con dos series de cromosomas) con la flor femenina de una sandía tetraploide (cuatro series de cromosomas), obteniéndose así un híbrido estéril, una sandía incapaz de producir semillas maduras. Esa semilla triploide dará como resultado una planta con flores masculinas y femeninas triploides que no producirán granos de polen ni óvulos viables por contener tres juegos de cromosomas. No podrá fertilizarse y por tanto no dará frutos.

¿Y cómo se obtienen las sandías entonces? "La solución pasa por poner cerca una planta diploide para que sus flores masculinas proporcionen polen que polinizará (aunque no fertilizará) la planta triploide. La polinización (que normalmente es realizada por abejas que se introducen en el cultivo), induce el desarrollo del fruto sin que exista fertilización, de modo que el fruto que se producirá será una sandía sin semillas."

Se trata pues de una variedad manipulada por el hombre, aunque no sea un transgénico. ¿La hace eso insegura o supone algún riesgo de algún tipo para la salud? Nada indica que pueda ser así. Aunque creamos que se trata de un producto moderno, la sandía sin semillas se inventó en Japón en 1939 y se lleva consumiendo varias décadas en muchos países, incluida España, sin que se haya apreciado ningún efecto perjudicial asociado a su consumo. 

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