serían más objetivos, para bien y para mal

Si la justicia es ciega, ¿ha llegado la hora de los jueces robot?

Las máquinas ya realizan algunas funciones más eficientemente que abogados y jueces humanos, pero eliminar a las personas del proceso tendría implicaciones éticas

Foto: (Foto: Tim Evanson)
(Foto: Tim Evanson)

“El juez John Roberts es un robot”. Este es el titular con el que decenas de medios de comunicación de diferentes países han anunciado la increíble noticia. El descubrimiento de la verdadera naturaleza de Roberts, nombrado en 2005 presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, ha sido casual. Las mismas personas que le secuestraron en la Cámara de los Lores dejaron al hombre inconsciente a las puertas del hospital Royal London. Los médicos que intentaron reanimarlo en tan extrañas circunstancias se han encontrado con un chasis metálico.

Las pesquisas sobre el caso han revelado que su carrera legal no es una farsa: Roberts se graduó en la Universidad de Harvard en 1979 y ha ejercido la profesión hasta su fallecimiento como máquina. Sin embargo, el juez era en realidad un prototipo fabricado por la empresa Robots and Mechanical Men Corporation para experimentar con un robot indistinguible de los humanos, autónomo y social.

“Nos hemos puesto en la situación más extrema y futurista”, explica a Teknautas Ian Kerr, investigador de la Universidad de Ottawa (Canadá). Kerr está especializado en la relación entre derecho y tecnología y las cuestiones éticas que se derivan de esta intersección. Es también el autor del artículo El jefe de justicia John Roberts es un robot, donde él y su colega Carissima Mathen plantean este escenario futurista de un magistrado artificial.

No es que se hayan propuesto dirigir una película de ciencia ficción: han utilizado esta estrategia para argumentar sobre el uso de la inteligencia artificial en el ejercicio del derecho, tanto por abogados como por jueces. Admite que “estamos lejos de que una máquina pueda reemplazar a un letrado o un magistrado”, pero estos profesionales ya pueden delegar algunas de sus tareas en los algoritmos.

Rapidez, eficiencia y objetividad

“La inteligencia artificial y la robótica no solo representan un buen instrumento para abogados y jueces, sino que pueden realizar ciertas tareas incluso mejor que ellos”, indica Kerr. Un ejemplo es ROSS, un programa creado por investigadores de la Universidad de Toronto gracias a las capacidades de Watson, el superordenador desarrollado por IBM que en 2011 derrotó a los mejores participantes humanos del concurso de televisión Jeopardy!

Actualmente, la inteligencia de Watson está disponible en una plataforma en la nube para que empresas e investigadores puedan crear herramientas aplicadas a distintos campos. El programa consulta millones de datos, aprende con cada nueva búsqueda y es capaz de reconocer a un ser humano e interactuar con él utilizando un lenguaje natural.

Cuando un jurista pregunta a ROSS sobre un asunto legal, el software rastrea 10.000 páginas por segundo antes de dar una respuesta mucho más rápido que cualquier abogado humano, revisando documentos a los que no recurriría una persona. El resultado incluye citas legales, sugiere más artículos para estudiar e incluso calcula una tasa de confianza para ayudar a los abogados a preparar los casos. Cuantas más consultas recibe, más aprende. Su eficacia siempre va en aumento.

También basándose en veredictos previos, distintos investigadores han desarrollado modelos estadísticos capaces de predecir la decisión de un jurado. Uno de los más recientes es el de un equipo de expertos de la Universidad de Derecho del sur de Texas, capaz de predecir el resultado del 70% de los casos llevados al Tribunal Supremo de los Estados Unidos entre 1953 y 2013.

El algoritmo considera más de 90 variables. Tiene en cuenta la ideología del juez, las partes implicadas en el juicio y los tribunales de menor rango desde los que llegan las causas. Una vez asimilada la información, ha estimado con acierto el 71% de los votos individuales de los jueces del Tribunal Supremo estadounidense.

Quizá lo hagan mejor que los tribunales formados por personas: 'Se ha demostrado que tienden a ser más indulgentes después de haber comido'

“Algunos sistemas de prisiones utilizan algoritmos para determinar qué presos se merecen la libertad condicional”, asegura Ryan Calo, investigador en robótica y derecho de la Universidad de Washington. Y quizá lo hagan mejor que los tribunales formados por personas: “Se ha demostrado que tienden a ser más indulgentes después de haber comido”, explica el profesor.

Family Winner y Asset Divider son dos herramientas de software que combinan la inteligencia artificial y la teoría de juegos para ayudar a los mediadores legales en divorcios o a las propias parejas con las negociaciones. Su trabajo es indicar las soluciones óptimas para repartir los bienes sin que se produzcan injerencias externas.

Al fin y al cabo, si la decisión de los magistrados depende solo de la interpretación de estatutos, leyes y casos anteriores, ¿qué mejor que una máquina eficiente y neutral, sin influencias políticas o personales, para aplicar las normas de forma imparcial y objetiva?

¿Puede una maquina juzgar?

“No es difícil imaginar que un ordenador pueda decidir mejor que una persona el veredicto de un juicio”, opina Kerr. Según el investigador, la cuestión no es si una inteligencia artificial podría juzgar a una persona, sino si la sociedad debe permitirlo.

Los programas se basan en el reconocimiento de patrones, lo que no significa que entiendan una situación, las circunstancias de un problema. Kerr compara la predicción de un algoritmo con lanzar una moneda al aire, “¿cómo sabemos que la decisión que toma el software no es arbitraria?”, se pregunta.

'Un programa no tiene empatía. Un juez debe convivir con la comunidad en la que ejerce su labor, sino todo el proceso carecería de sentido'

Además, “un juicio es intrínseco al razonamiento humano, en él intervienen la experiencia y la condición de las personas”. Pese a que algunos expertos defienden la aplicación de las leyes de manera totalmente objetiva (se llama formalismo en filosofía del derecho), otros admiten que la influencia de las emociones y otros factores es inevitable y, al mismo tiempo, necesaria (está corriente es el realismo). “Un programa no tiene empatía”, apunta Kerr. Tampoco forma parte de la sociedad. “Un juez debe convivir con la comunidad en la que ejerce su labor, sino todo el proceso carecería de sentido”.

El investigador cree que delegar todo el peso de una decisión jurídica en una máquina sería una gran equivocación. Su utilidad como instrumento es innegable, pero “que un algoritmo consiga algo de manera más eficiente que las personas no significa que tengamos que eliminar el elemento humano”. ¿Y tú? ¿Aceptarías ser juzgado por alguien como Roberts conociendo su auténtica naturaleza?

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