una mezcla de desconocimiento e instinto

¿Por qué nos da tanto miedo la química?

Aunque todas las ramas de la ciencia tuvieron sus capítulos oscuros, a ninguna se los tenemos tan presentes como a la química: nos da miedo, la rechazamos. Las razones son varias y complejas

Foto: ¿Por qué nos da tanto miedo la química?

Pruebe a teclear “champú con menos químicos” en Google y verá que la web está llena de respuestas: 233.000 resultados. Busque ahora “alimentos libres de químicos”. ¿Y bien? Más de un millón de resultados. Está claro que tenemos un problema con la química: no nos gusta, preferiríamos evitarla, nos da miedo. Es lo que se ha bautizado como quimiofobia. Aunque no es una palabra oficialmente aceptada, se ha convertido en un término común para designar a esa especie de manía o rechazo que se ha instaurado entre nosotros.

Se trata sin embargo de un miedo absurdo o, si quieren, muy mal enfocado porque, como no se cansan de decir los investigadores en la materia, todo es química. En gran medida le debemos a la investigación y los avances de los químicos e ingenieros químicos el espectacular aumento en la esperanza de vida que los países desarrollados han vivido en los últimos dos siglos, ya que han conseguido aumentar la producción agrícola, mejorar la seguridad alimentaria y producir medicamentos que curan enfermedades antes incurables. Además, gracias al uso de la síntesis para producir moléculas a medida, han logrado generar nuevos materiales aplicables en cientos de industrias y procesos que han repercutido en una vida más cómoda para todos. Piensen en los plásticos, los microchips o el algodón sintético, por poner solo algunos ejemplos.

¿Por qué la química?

Entonces, ¿por qué nos da tanto miedo la química? Avelino Corma, premio Príncipe de Asturias de Investigación en 2014, uno de los científicos más brillantes y prolíficos de nuestro país y precisamente químico, respondía Teknautas que "el que critica la química es porque no la entiende". Pero puesto que la física o la biología son igualmente omnipresentes en nuestro entorno, son capaces igualmente de causar daño (también hay armas biológicas y nucleares) y los conocimientos generales no son mucho mayores, algo más tiene que haber para que señalemos a la química como la oveja negra. 

Seguramente la respuesta completa entonces no sea solo el desconocimientos, sino una mezcla de instinto, historia y marketing, unidos a la facilidad con la que la información poco rigurosa circula por internet y lo difícil que es a veces distinguirla de la información más fiable.

El riesgo y cómo lo percibimos

“Nos dan miedo las cosas que no entendemos de forma intuitiva”, aseguraba Brian Zikmund-Fischer, psicólogo de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, en un artículo de la Real Sociedad de Química británica titulado ¿De qué tienes miedo?. Por eso, asegura, si se incluye un compuesto en la etiqueta de un producto y no se explica para qué sirve, puede causar preocupación. Algunos compuestos químicos hacen que los alimentos duren más tiempo, algunos materiales tienen propiedades que nos resultan útiles pero sorprendentes (ligeros pero muy duros, por ejemplo), otros son de colores que no se encuentran en la naturaleza.

'El principio activo de la aspirina se extraía de un árbol, pero es mucho más efectivo, controlado y barato si se genera en el laboratorio'

Todo esto es entendido como antinatural por gran parte de la población, aunque, como explica el nutricionista Juan Revenga, dos tercios de los aditivos alimentarios provienen directamente de la naturaleza. Además, el químico Fernando Gomollón Bel menciona lo errado de asociar natural con bueno y sintético con malo. “El principio activo de la aspirina se extraía originalmente de un árbol, pero es mucho más efectivo, está más controlado y resulta más barato si se genera en el laboratorio”. Ocurre lo mismo con muchos otros compuestos. En cuanto a los fertilizantes, pesticidas y aditivos alimenticios, su uso ha permitido aumentar la producción, aumentar su vida útil y reducir su precio. “Sin química, los supermercados estarían siempre vacíos”, resume Gomollón Bel.

Con ocasión de la celebración en 2011 del Año Internacional de la Química, Scientific American publicaba este post en el que analizaba cómo percibimos colectivamente los riesgos que asociamos a la química, y subrayaba principalmente que en esa percepción no solo influyen los hechos objetivos, sino nuestros sentimientos hacia esos hechos. Explicaba, por ejemplo, que el peligro que viene provocado por un factor humano nos suele dar más miedo que el que proviene de la naturaleza; que los riesgos que no entendemos o no podemos detectar con nuestros sentidos nos dan más miedo que los que entendemos o sentimos; que los que nos vienen impuestos (por ejemplo, productos químicos en el agua del grifo) nos dan más miedo que los que elegimos voluntariamente (productos químicos en agua embotellada que hemos comprado), etc. 

Accidentes del pasado

Hay que reconocer, sin embargo, que la evolución histórica de esta ciencia no ha ayudado a generarle una buena reputación: las noticias que ha protagonizado desde los años 50 han estado enfocadas principalmente a sus peligros, riesgos y accidentes. Los primeros pesticidas utilizados a gran escala a mediados del siglo pasado resultaron ser altamente contaminantes, y esa fue quizá la primera muestra pública de que la ciencia y la tecnología no eran siempre objetivamente beneficiosas.

El caso de los CFC; el desastre de Bhopal de 1984, en el que una fuga de isocianato de metilo de una fábrica de pesticidas afectó a unas 600.000 personas, de las cuales unas 20.000 fallecieron; la crisis de las dioxinas en Bélgica a finales de los 90, que obligó a sacrificar a miles de pollos en 1999; la industria tabacalera, que llegó a vender el tabaco como algo beneficioso para la salud mostrando incluso estudios científicos que lo avalaban… Estas son solo algunas de las historias en las que la química ha ocupado titulares, dejando en la sociedad una idea de fondo: la química es peligrosa, contaminante y tóxica.

"100% natural" como eslogan publicitario

De forma que muchos de los alimentos y objetos que consumimos cotidianamente tienen compuestos químicos que fueron creados en un laboratorio. Otros, en cambio, los tienen de forma natural, y si no se lo creen, miren el cártel que el profesor de química de instituto australiano James Kennedy creó como etiqueta de un plátano. Sin embargo, algunas marcas, sobre todo de alimentos, aprovechan ese miedo instintivo e histórico a la química para vender más.

Eslóganes que pregonan que un producto está “libre de conservantes ni colorantes” y que añaden el tópico “100% natural” son un ejemplo de esa estrategia comercial, que puede llegar hasta a cambiar la forma en que se refleja la composición en los embalajes. “Cada aditivo tiene una clave para identificarla, los famosos EXXX. Ante el aumento de la corriente quimifóbica, algunas marcas han decidido cambiar esa clave por su nombre científico, pero los componentes son exactamente los mismos. Simplemente, los llaman de otra forma que parece que da menos miedo”. Así, lo que antes era E330 ahora es ácido cítrico, que parece que suena menos artificial.

Se trata de un cambio que puede parecer insignificante, y de hecho no repercute en el producto en sí, pero tiene un claro efecto en el consumidor: transmite la idea de que el producto es mejor porque no lleva compuestos químicos, mientras que otros que sí los llevan son menos naturales y sanos. Esto fue llevado al extremo por una marca de comida infantil que incluía en su envase el lema “Sin porquerías”.

El químico José Manuel López Nicolás se hacía eco de este caso en su blog, de forma muy crítica: “¿A qué porquerías se refiere exactamente la marca en esta gama de productos infantiles? ¿Me están queriendo decir los responsables de esta campaña de marketing que otras marcas sí que emplean porquerías en sus productos? ¿Cuáles? ¿Las permite la legislación vigente?". Especialmente acentuado al tratarse de un alimento infantil, es más o menos el mismo efecto que tienen todos los productos que se declaran libres de productos químicos, cuando eso es simplemente imposible.

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