la falta de gravedad dificulta la tarea

Succión y bolsas de plástico: la curiosa experiencia de ir al baño en el espacio

Los tripulantes de la ISS pasan meses a bordo, y allí comen, duermen y hacen sus necesidades. A la estrechez y falta de intimidad se une la falta de gravedad que aquí damos por sentada

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Aunque los astronautas son para muchos poco menos que héroes, estos exploradores del espacio tienen necesidades tan humanas como las de cualquiera: tienen que comer, tienen que dormir y tienen que ir al baño. Y a la falta de intimidad y la estrechez, hay que añadir la falta de gravedad, que en la Tierra damos por supuesta y que tiene mucha influencia en cómo funciona nuestro cuerpo. 

Sobre todo en lo que se refiere a la expulsión de desechos. Por suerte, los ingenieros que han trabajado en el diseño de la Estación Espacial Internacional (ISS), y en las demás naves que distintas agencias nacionales siguen utilizando hoy en día, llevan varias décadas dedicando parte de sus esfuerzos a este problema, y han dado con un elemento que, si bien no suple a la gravedad, ayuda a que el momento de ir al baño sea, al menos, un poco más cómodo: la succión.

Samantha Christoforetti, astronauta italiana que se encuentra actualmente en la ISS, muestra en un vídeo publicado por la Agencia Espacial Europea, cómo es el retrete que utilizan durante sus estancias allí, y la cosa no podría ser más complicada a ojos de cualquiera acostumbrado a ir al baño sin más.

El sistema está dividido según si las necesidades son un número uno (el eufemismo utilizado en inglés para orinar) o un número dos (hacer de vientre). En el primer caso, un pequeño embudo, conectado a un tubo, es el recipiente a utilizar. En su interior, un ventilador ejerce la succión necesaria que evita que la orina quede flotando a falta de gravedad. El líquido es conducido a un sistema, que llama UPA (Urine Processing Assembly), donde comienza el proceso por el que será reciclado. En el espacio el agua es preciada y escasa, de forma que eventualmente la urina será sometida a los procesos químicos necesarios para potabilizarla y hacerla apta para el consumo humano.

"Sin gravedad no llegas a sentarte del todo"

En el segundo caso, una pequeña plataforma hace de váter donde los astronautas deben apoyarse. "No parece muy cómodo, pero no importa porque lo cierto es que sin gavedad no llegas a sentarte del todo". De hecho, según explica la JAXA, la agencia espacial japonesa, en sus trasbordadores los váteres tienen unas cintas con los que los astronautas se atan a la taza, de forma que nadie (ni nada) salga volando).

Como gesto de cortesía, siempre dejamos puesta una bolsa limpia para el siguiente

El agujero del váter espacial mostrado por Christoforetti es más estrecho que el del váter al que estamos acostumbrados. En su interior, en vez del agua de la cisterna que se lleva los desechos abajo cuando tiramos de la cadena, hay una bolsita de plástico que los recoge. De nuevo, un sistema ejerce succión desde abajo para suplir a la inexistente gravedad. 

Al terminar, los astronautas deben cerrar la bolsa y empujarla hacia el fondo del bidón en el que se encuentra, llamado contenedor de residuos sóludos. Se trata de un recipiente de metal que tienen que cambiar cuando se llena, aproximadamente cada diez días cuando la tripulación está compuesta, como ahora, por tres miembros. "Como gesto de cortesía, siempre dejamos puesta una bolsa limpia para el siguiente", explica. Todo un detalle. Los pequeños bidones metálicos son expulsados al exterior de la estación y terminan ardiendo al entrar en contacto con la atmósfera terrestre.

"Houston, tenemos un problema"

Quizá no sea la forma más agradable llevar a cabo estas necesidades, pero los astronautas pueden dar gracias de que haya un sistema ideado para ello. Cuando el 5 de mayo de 1961 el norteamericano Alan Shepard se instaló en la cápsula Freedom 7 no había nada parecido. Los ingenieros no tenían previsto que Shepard fuese a tener ganas de orinar, ya que la misión no era demasiado larga, apenas 15 minutos de vuelo. Pero antes de despegar, el astronauta pasó cinco horas a bordo de la nave, esperando, y en ese tiempo sí que sintió esa urgencia. "Tío, tengo que mear", dijo por la radio. No había nada pensado y hacerlo dentro del traje, equipado con sensores y circuitos, podía ser un desastre, pero no había opción. Cuando por fin despegó, lo hizo con un traje un poco mojado.

Por suerte para los siguientes, esta necesidad comenzó a tenerse en cuenta: Gordon Cooper despegó en la nave Mercury en 1963 con un dispositivo a bordo que recogía la orina de los astronautas. Pero este sistema, pensado para hacerle más cómodo el trayecto, casi causa una catástrofe. Hacia el final de su misión, de 34 horas, varios equipos comenzaron a fallar sin explicación aparente. Investigaciones posteriores demostraron que la bolsa que contenía su orina tenía una fuga y que pequeñas gotas habían caído sobre los aparatos, dañándolos.

Alan Shepard, el primer americano en el espacio, salió al espacio con un traje mojado de orina
Alan Shepard, el primer americano en el espacio, salió al espacio con un traje mojado de orina

Ni que decir tiene que las necesidades mayores eran un problema también mayor. La misión Géminis situó a dos astronautas en órbita durante 14 días, en la que fue la misión más larga hasta la época. Sus funciones intestinales tuvieron que ser tenidas en cuenta, y sin embargo, no había nada parecido a un váter allí arriba con ellos, solo una bolsa que utilizaban cada vez que lo necesitaban. Cuando partieron hacia la Luna, los astronautas de la Apolo también contaban con ese poco glamuroso sistema: bolsas adhesivas que se pegaban a la piel cuando tenían que ir al baño

Pero la falta de gravedad era un problema: "Es un problema de separación, porque lo que, digamos, sale de ti no sabe que tiene que separarse", explicaba Mark Roberts, experto en la historia de la carrera espacial a Space. Así que las bolsas comenzaron a incluir un mecanismo para separar los desechos del cuerpo. Además, tenían que rociar el interior de las bolsas con una sustancia bactericida para que los microorganismos no se multiplicasen, generasen gases e hiciesen explotar las bolsas. Una operación que llevaba hasta 45 minutos, así que la alimentación de la tripulación estaba ideada para minimizar las digestiones: muchas proteínas y pocos desechos.

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