LA VERSIÓN MÁS INOCENTE DEL CAPITALISMO

Ocho motivos para convencer a un ingeniero español de mudarse a Singapur

La pequeña república asiática le abre las puertas a los profesionales españoles, que verán convalidados sus títulos nada más pisar el país. Singapur ofrece un nivel de vida más alto que el de España

Foto: Ocho motivos para convencer a un ingeniero español de mudarse a Singapur

Singapur quiere españoles. No cualquiera, sino ingenieros que tomen las riendas del explosivo y constante desarrollo urbanístico que la ciudad-estado experimenta desde su independencia y que se ha acentuado en los últimos años tras el sorpasso de Hong Kong como principal centro de negocios del sur de Asia. 

No obstante, Singapur es uno de los puntos grográficos más alejados de España que hay en el planeta, a nada menos que 15 horas de avión, lo que puede echar para atrás a más de uno. Para aquellos que se lo estén pensando, ahí van ocho razones para dar el gran salto.

1. El transporte público. Reconocido como uno de los más eficientes -y desde luego el más limpio- de Asia. El metro está completamente automatizado, tiene el aspecto de un centro comercial de lujo y permite moverse de un extremo a otro del downtown por menos de dos euros. Los billetes sencillos, además, son tarifas planas para viajar un día. Y no se preocupe por las imágenes que ha visto en televisión; el metro de Singapur nada tiene que ver con las masificaciones de los suburbanos de Tokio o Shanghái.

El transporte por carretera está practicamente limitado a autobuses y taxis, ya que los ciudadanos tiene que pedir una licencia al Gobierno antes de adquirir un vehículo, un trámite que cuesta en torno a 4.300 euros y dos años de espera. Se trata de un lujo en un país donde el sector del taxi está liberalizado y los hay de todos los colores y precios, desde los amarillos y plateados, más baratos, a los negros versión premium, sin olvidar las flotas de furgonetas que, además de transportarle, cuentan con un DJ en la parte trasera para amenizar el trayecto.

2. La tecnología. “Wifi is in the air”, rezan algunos carteles publicitarios en la calle. Y tienen razón: a diferencia de otras regiones del mundo, en Singapur las asociaciones de empresarios han comprendido que dotar de conexión gratuita a sus clientes consigue que permanezcan más tiempo y consuman más. Así las cosas, no les extrañe que al comprar una salchicha en un puesto callejero les entreguen un papelito con un login y un password. “Antes compraban el perrito y se iban. Ahora se sientan en las mesas cercanas al puesto a navegar y, al rato, vuelven a pedirme bebidas o un té”, explica Sun Lang desde su puesto en el extremo sur de Mosque St., en Chinatown.

Es mucho más que el wifi universal. Un alto porcentaje de hogares está dotado de sistemas domóticos para regular la temperatura (en los interiores puede superar los 40º en cualquier época del año), los coches pagan los peajes sin detenerse, gracias a un gadget que instala gratuitamente el Gobierno e incluso el sistema automatizado de semáforos es capaz de autorregularse para neutralizar los picos de tráfico.

3. La tranquilidad. No deje que le engañen los rascacielos y el ir y venir de limusinas: Singapur es una ciudad tranquila a nivel de asfalto. Es más, a excepción de Chinatown y Little India, donde los parroquianos imponen su cuota de alaridos exóticos, las calles son sorprendentemente silenciosas. 

El clima es un factor determinante. Los singapurenses evitan salir a la calle entre las 12 y las 17 h. por las altas temperaturas, y por esta misma razón ocupan en tropel los parques y terrazas a partir de las 21 h. ¿Le suena esta costumbre de algo?

La limpieza es una prioridad nacional: está prohibido no sólo comer chicle, sino importarlo, tenerlo o venderlo

4. El clima. “En Singapur no tenemos cuatro estaciones como España, sino sólo tres: the hot, the hotter and the hottest”, comenta entre risas Lin Gao, guía turística. En efecto, la temperatura en la ciudad oscila entre los 24º y los 32º con muy pocas variaciones a lo largo del año debido a su proximidad al ecuador. Un clima perfecto de no ser por la altísima humedad, en torno al 80%, que genera incomodidad en los turistas procedentes de regiones interiores.

La temporada de lluvias se extiende desde octubre hasta enero. "Llueve un poco todos los días. Nosotros los llamamos 'duchas', porque es como una hora de agua torrencial y vuelve a salir el sol", dice Lin Gao.

Vista del centro financiero desde Clarke Quay
Vista del centro financiero desde Clarke Quay

5. La limpieza. Una obsesión que seguramente procede del padre de la patria, Lee Kuan Yew. Cuando el país se independizó en 1965, Kuan viajó por todo el mundo buscando un modelo sobre el que desarrollar el país. Carente de recursos naturales -importa el 95% del agua que consume de Malasia- y descartada la posibilidad de convertirse en un paraíso fiscal, Kuan se valió de la experiencia de las democracias occidentales para incorporar sólo algunos elementos del modelo.

Lo que más le desagradó de Occidente fue la suciedad de las grandes ciudades, de modo que pergeñó para Singapur uno de los códigos legislativos más divertidos del mundo. Los singapurenses están obligados legalmente a tirar de la cadena cuando van al baño y se enfrentan a multas de hasta 400 euros por tirar un papel a la calle o incluso mascar chicle. Las aceras, hay que reconocerlo, están más limpias que las de muchas casas.

El interior del restaurante zaffarano
El interior del restaurante zaffarano

6. Libre de drogas y criminalidad. Antaño puerto de entrada del opio en el sur de Asia, la nueva Singapur ha dado completamente la espalda a las drogas. No es cuestión baladí: a partir de 30 gramos de cualquier sustancia, y esto incluye drogas que en Occidente consideramos "blandas", el estado puede condenarle a la pena capital, normalmente la horca. Más allá, Singapur jamás ha concedido una medida de gracia en un juicio por estupefacientes. Con suerte, el inculpado puede recibir una condena menor que consiste en unos azotes con una vara en la espalda.

Por otra parte, el país tiene una de las tasas de criminalidad más bajas del mundo pese a que la presencia policial es las calles es casi nula. "Están ahí, vestidos como tú y como yo, no te confíes", dice un tendero en New Bridge St.

7. El estilo de vida. Singapur no es de nadie. A diferencia de la mayoría de países, dominados por un sector demográfico, la pequeña isla es una variada mezcla de chinos, hindúes, malasios y europeos, todo ello bajo el barniz colonial de más de los más de 120 años de control británico. Todos hablan inglés, o al menos lo chapurrean, dejando espacio para el tamil y el mandarín. 

En términos religiosos la diversidad es aún mayor. Mayoritariamente budistas, pueden encontrarse templos hindúes, islámicos, tibetanos, católicos, ortodoxos en una misma manzana. En consecuencia ninguna creencia es oficial en Singpaur, sino que cada ciudadano practica la suya por su cuenta. Un cambio refrescante con respecto a la Vieja Europa que se ve potenciado por la escasa edad de los singapurenses, con una edad media de 33,6 años.

Vistas desde la terraza del hotel Marina Bay Sands
Vistas desde la terraza del hotel Marina Bay Sands

8. La oferta de ocio. Nos encontramos ante una oferta de máximos. La ciudad ofrece la mejor cocina del mundo, así como las primeras marcas en confección y diseño industrial, siempre que se esté en disposición de pagar por ello. La mayor parte de los rascacielos albergan en su cúspide selectos restaurantes, a 200 euros el cubierto, que ofrecen una perspectiva inolvidable de la ciudad además del reclamo culinario. No resulta caro en comparación con los salarios que se perciben y que, en el caso de un ingeniero, ronda entre los 80.000 y los 170.000 euros anuales. "Comer y comprar es el deporte nacional de Singapur, eso lo podemos hacer todos, hasta los viejos", explica Lin Gao.

Si sus preferencias pasan por un lujo más estridente, al estilo Adelson, el constructor ha edificado en la bahía sur de la ciudad un megacomplejo hotelero, con casino subterráneo incluido, coronado por un transatlántico en lo más alto. Con unos precios desorbitados (sólo alquilar una mesa en la terraza supera los 1.000 euros), los ciudadanos de Singapur miran las torres arrugando el gesto pero reconociendo, una vez más, que para tener un paraíso en medio de países pobres hay que hacer ciertas concesiones.

Tecnología

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios