la aeropress levanta pasiones por su versatilidad

Por qué este cilindro es la cafetera más querida del mundo

Tras la Aeropress está Alan Adler, un ingeniero californiano de 75 años autor de más de 40 inventos, entre ellos la reinvención de popular 'frisbee'. Asegura que no puede parar de probar nuevas ideas

Foto: Por qué este cilindro es la cafetera más querida del mundo

El 14 de abril de 2014 se celebró en España el primer campeonato de Aeropress, “una buena forma de dar a conocer los métodos de infusión y de contar que se puede hacer café de otra manera”, explica al teléfono Kim, el organizador. La cita fue en Nomad Coffe Lab & Shop de Barcelona, un coqueto local del Passatge Sert – antigua galería de minoristas de la industria textil en el Born, hoy habitada por tiendas de diseño y startups en lofts - con tostadora propia y punto de encuentro para apasionados del grano. El ganador sería obvio: aquel que preparara el mejor café. Eso sí, con Aeropress.

“Vino gente de toda España. La comunidad es muy pequeña y es una excusa para conocerse”, continúa. Fue Lara San Miguel, de Right Side Coffee (también en Barcelona) quien se hizo con el premio. Más tarde Lara viajó a Rimini, Italia, para participar en la séptima competición internacional, un evento que nació en Oslo en 2008. Lara llegó hasta semifinales: ganó el japonés Shuichi Sasaki. Este año no ha habido torneo en España por falta de presupuesto, así que no tenemos representante entre los 34 finalistas del mundial de Aeropress. Se está celebrando ahora mismo en Seattle, así que tampoco tenemos (aún) el veredicto del ganador.

'Tú también puedes inventar'

La Aeropress es lo menos parecido a una cafetera que has visto, o lo menos parecido al tipo de cafetera que tienes en la cabeza. Son dos cilindros de plástico que juntos funcionan como una jeringuilla: un sistema que combina la inmersión (el café está en contacto con el agua) con la caída por gravedad y presión (el café se filtra).

“Es una máquina muy interesante. Es diferente, no estamos acostumbrados a ver esto para hacer café”, continúa Kim. El precio (unos 30 euros), el tamaño (no más de 30 centímetros de largo) y la facilidad de uso (es manual y no necesita ni fuego ni electricidad), junto a que se limpia prácticamente sola y a que puede hackearse para hacer el café de mil formas (los aerohacks, como los ikeahacks, también tienen su hueco en la red) la han convertido en objeto de culto (¡y de competición!) en el mundo cafetero.

“Su gran ventaja es que con cualquier punto de molienda, con casi cualquier temperatura de agua, puedes hacer perfiles diferentes de café. Puedes llevarla a todos lados. Y el resultado queda limpio, porque filtra muy bien”.

En los últimos años, el aumento de cafeterías independientes (que compran sus propias máquinas y su propio café, sin tener un único distribuidor para todo) y la venta online la han popularizado. En cafeterías, en tiendas, en casas, en búsquedas en Google, en redes y en foros. En la web especializada Coffeegeek van 297 páginas de mensajes en su hilo protagonista. “No imaginas la cantidad de dueños de locales de cualquier esquina del mundo que nos contactan para comprarla”, contaba Alex Tennant, responsable de negocio de la empresa fabricante, en Priceonomics. “Imagino que el fondo es que esas esquinas del mundo no están tan lejos gracias a internet”.

Y si en el foro alguien tiene preguntas, su propio creador responde. Se llama Alan Adler y firma como “inventor de la Aeropress”.

De reinventar el plato volador a reinventar el café.

“Creé la primera Aeropress el 1 de febrero de 2004”, responde, desde su sede en Palo Alto, vía email. “Después pasé unos diez meses perfeccionando el diseño y otros diez haciendo los moldes de producción. Presentamos la Aeropress en el Coffee Fest de Seattle, en otoño de 2005”.

Adler tiene 75 años, fue profesor de ingeniería mecánica en Standford y tiene más de 40 patentes registradas

Adler tiene 75 años, fue profesor de ingeniería mecánica en Standford y tiene más de 40 patentes registradas. Asegura que la Aeropress es su favorita, pero entre sus inventos hay otros sectores que tienen poco que ver con el café: desde un espejo parabólico para telescopios a un pequeño programa informático para los dueños de telescopios (Sec) pasando por un barco. Es también fundador de Aerobie Inc, la empresa que fabrica no sólo la Aeropress sino peonzas y varios modelos de platos voladores. Entre otros, el que le dio nombre: el Aerobie, un disco que por su diseño aerodinámico vuela mucho más lejos que el Frisbee, el original. Y que es, por cierto, su otro invento favorito.

“He sido inventor e ingeniero toda mi vida. Tengo unas 40 patentes y he inventado varios de los productos de Aerobie. Antes de que mi mujer y yo fundáramos Aerobie, licencié varios de mis inventos en varias compañías americanas y europeas”, continúa.

Durante los 60, Adler trabajó en consultoría diseñando productos con tan poco impacto en el mercado real que el día que se cruzó con el Frisbee (inventado por Fred Morrison en 1938, vendido a la empresa de juguetes Wham-O en 1957) se empeñó en intentar mejorarlo.

En 1978 desarrolló Skyro, un plato volador al que detectó un pequeño problema: tenía que lanzarse a una velocidad determinada para alcanzar una trayectoria recta, algo que no era sencillo para el consumidor medio (que era justo a quien quería llegar). Cuenta el artículo de Priceonomics sobre él que, ya en los 80, Adler trabajaba como profesor y consultor de día para diseñar el plato volador definitivo de noche.

Así hasta 1984, cuando creó un simulador en el ordenador y constató que era posible hacer un disco que volara con balance perfecto a cualquier velocidad. Diseñó, moldeó y produjo el Aerobie: la primera vez que lo lanzó, declaraba a Chicago Tribune en 1986, entró “en estado de euforia. Fue un impacto: llegó muy lejos con poco esfuerzo”. Ese mismo año el Aerobie ya había vendido más de un millón de unidades en Estados Unidos. Y hoy ya ha ganado al Frisbee en ventas totales durante toda su historia. Es el segundo producto más vendido de la compañía.

Cómo mejorar el proceso del café

El primero es la Aeropress. Ya en 2004, Adler se preguntó qué pasaba cuando sólo querías tomar un café: las cafeteras normales hacían entre 6 y 8 tazas, las Nespresso aún no estaban tan de moda y los expertos en café (su mantra como inventor es “aprender toda la ciencia que hay tras tu idea”, así que les preguntó) preferían los métodos manuales a los automáticos. A saber: la Melitta y la French Press. Pero ambas requieren algo de tiempo (entre 4 y 5 minutos) en la inmersión agua y café. ¿Cómo reducirlo? Adler pensó en introducir aire y presión. Y la solución fue el diseño en forma de jeringuilla: prototipó, probó el resultado y la euforia fue parecida a la de veinte años antes, cuando lanzó el Aerobie. “Me sorprendió lo dulce que sabía”, explica. “Era mucho menos amargo de lo que yo creía que era el café”. 

“La gente reaccionó bien al diseño, pero dudaba de que el agua a 80 grados pudiera producir el mejor sabor. Simplemente decía: 'puedes usar la temperatura que quieras. Pero dale una oportunidad a los 80º'”.

'El café es más dulce porque no está mucho tiempo en contacto con el agua, pero se puede invertir el proceso y hacer un café con la fuerza de un espresso'

A la Aeropress hay que echarle agua caliente, mezclar con el café y presionar para filtrarlo. El tiempo, cantidades y temperatura dependen de uno mismo: de ahí los campeonatos y el hackeo, que llega al debate entre baristas sobre si se usa del derecho o del revés. El método invertido, considera Adler, es sorprendente. “El café en Aeropress sabe más dulce porque no está mucho tiempo en contacto con el agua, pero el invertido vuelve a un tiempo más largo. Sale menos dulce. Puede hacer un café con la fuerza de un espresso sin máquina de espresso”. 

Hay métodos para todos los gustos – date un paseo por la página del Mundial de Aeropress para ver los mejores según los expertos o por la web del organizador del campeonato español, que explica las variables que influyen– y trucos que pasan por no cambiar el filtro (que también comercializa la empresa) o utilizar uno de metal. Hubo un Kickstarter de filtro reutilizable; si estás en Madrid, en Toma Café también lo preparan así.

“Las ventas crecen en todo el mundo, incluida España”, afirma. Si el poco marketing que hacen es tan de nicho (tardó un par de años en despegar y ahora la empresa simplemente cuida a la comunidad en foros y respalda el campeonato), ¿qué razones ve su creador en su popularización? Es su invento favorito, así que no da más que las de producto: es fácil de usar, es rápida, se limpia sola (esto fue casualidad durante su diseño), es portable, es barata y da libertad al usuario. “No conozco ningún otro método que permita tanta variación”.

“Todos podemos inventar”

A sus 75 años, Adler ya no es profesor en Standford. Desde la oficina de Aerobie, continúa respondiendo dudas sobre sus creaciones a los usuarios de los foros y cada primavera da a los estudiantes de 12 años de la Egan School de Los Altos un curso de invención. Además de responder a nuestras preguntas por email, nos ha pasado un texto titulado Tú puedes inventar que publicará en la web de la empresa y que empieza así: “Lo primero que siempre digo a los estudiantes es: seguramente has oído mucho a la gente decir "no hay nada nuevo bajo el sol". No es cierto. Todos los días hay invenciones nuevas creadas por gente normal. Cada uno de vosotros puede inventar”.

Su método consiste en: evaluar el objetivo del invento (¿es tu idea mejor que lo que hay? ¿Es más divertida?), aprender toda la ciencia que implica, hacer una primera investigación, desarrollar los prototipos y patentar (recomendado si el invento tiene valor, pero opcional en cualquier caso).

“Haz un montón de modelos para probar si funcionan. Prueba cosas aunque dudes de que vayan a funcionar. Un buen invento no es sólo una forma diferente de hacer algo. Es una forma mejor. Los mejores momentos de mi vida han sido aprendiendo la ciencia tras mis ideas, especialmente cuando ésta era nueva para mí y quedaba fuera de mis conocimientos. Aprender motivado por un deseo o necesidad es emocionante y divertido. No es trabajo. La belleza de eso es que aunque tu invento no funcione, te lo has pasado bien aprendiendo una ciencia nueva”.

Para concluir la entrevista, no pudimos evitar preguntar: ¿está ahora inventando algo nuevo? A eso sí que no contestó. “Sí, siempre estoy trabajando en ideas. Ésa es la enfermedad. Pero no hablo de ellas hasta que no estén listas para la venta”.

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