La inventora Ángeles Ruiz Robles en una exposición

"El libro mecánico de Doña Angelita no triunfó por el boicot de las editoriales"

Maestra, madre de tres hijas, editora e inventora, Ángela Ruiz Robles fue una figura atípica en la España de los 40, 50 y 60. Su gran obra, el libro mecánico, pretendió cambiar la enseñanza

Foto: Ángela Ruiz Robles fue la precursora del libro electrónico
Ángela Ruiz Robles fue la precursora del libro electrónico

“¿Puede una inventora ser una buena ama de casa?”. Así podríamos resumir, en una frase concisa y directa, cómo fue la vida de Ángela Ruiz Robles, más conocida como doña Angelita. Fue una pregunta que le hicieron en una entrevista y es una buena muestra de la dualidad que representó pero, sobre todo, de los obstáculos con los que tuvo que toparse durante toda su vida.

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Es uno de los momentos de su vida que recoge la Fundación Telefónica en un espacio dedicado a ella, un pequeño rincón en el que hacen homenaje a su gran invento, el libro mecánico, con el que en la década de los 60 anticipó la llegada del libro electrónico. En Teknautas hemos visitado la muestra y hemos podido hablar con Reyes Esparcia, responsable de patrimonio tecnológico de la fundación. “Maestra, madre, inventora y editora. Doña Angelita fue sin duda una adelantada a su tiempo”.

Angelita, la precursora del libro electrónico

 

Nacida a finales del siglo XIX, Angelita fue maestra durante prácticamente toda su vida, una de las pocas profesiones que no estaban vedadas para las mujeres. Aprobó las oposiciones a principios del siglo XX y se trasladó a Ferrol, donde vivió toda su vida, y allí terminó abriendo su propia escuela. Además de las clases regladas que daba a sus alumnos, impartía otras voluntariamente para mujeres y obreros, a los que enseñaba lo más básico: leer y escribir. Dedicaba a ello sus horas libres, las noches o los fines de semana. Lo hacía gratuitamente porque sus estudiantes adultos no podrían haberle pagado de todas formas.

"No estamos para perder el tiempo"

“Cuentan que solía decir: “No estamos para perder el tiempo”. "Era una mujer con carácter que tenía claro qué cosas eran importantes”, explica Esparcia. Viuda desde muy joven, trabajó para sacar a sus tres hijas adelante ella sola, ya que nunca volvió a casarse.

Desde su papel de maestra, y con una afinada sensibilidad para las necesidades de los niños, se propuso mejorar el sistema de enseñanza. Estaba llena de ideas. Empezó patentando en 1949 un primer libro mecánico que desplegaba los temas y los ampliaba con otros relacionados a través de un sistema de resortes, aire comprimido y hasta circuitos eléctricos y luces.

En los dibujos que acompañaron a la patente, y que se pueden ver en la exposición (cedido por el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología), este primer libro mecánico aparece adoptando formas atractivas para los niños, como un personaje de cuento o un cactus del desierto. Cerrado, en cambio, no habría ocupado más que un estuche escolar o una caja de zapatos. “Se trataba de hacer el aprendizaje más fácil y también más divertido para los alumnos”.

La idea era que todo lo que necesitaban estuviese en este libro. Así se reducía el gasto en libros y el peso que cargaban en las mochilas

Este invento, sin embargo, nunca llegó a materializarse. Era, en palabras de Esparcia, demasiado avanzado para una época que en España se vivió con escasez. Pasados varios años, en 1961, Angelita dejó de pagar esta patente, y en 1962 presentó una nueva: una versión simplificada del libro mecánico en el que la clave eran una serie de bobinas o carretes que contenían las lecciones de cada asignatura. En vez de varios libros, todo lo que los alumnos necesitaban era el soporte y los carretes que tuviesen que estudiar. Al terminar las lecciones, los cambiaban por otros nuevos y podían reutilizar los dispositivos.

“La idea era que todo lo que necesitaban estuviese en este libro. Así se reducía el gasto en libros y el peso que cargaban en las mochilas”, problemas ambos con los que también los padres de hoy se sentirán identificados. Esta nueva patente sí llegó a convertirse en prototipo, que también está presente en la exposición. Se trata de un pequeño maletín metálico, del tamaño de un libro grueso, que contiene el soporte para los carretes. Estos, escritos a mano con cuidada caligrafía, contienen las lecciones de inglés (“fue una adelantada también en esto, en la importancia que daba a los idiomas como un saber que los niños tenían que dominar”), de lengua o de matemáticas.

Un invento que nunca llegó a las aulas

El dispositivo parece pesado tras la vitrina. Esparcia explica que está hecho en acero porque fue fabricado por los trabajadores de los astilleros de Ferrol. “Era lo que tenían a mano”. La propuesta de la creadora era sin embargo que se hiciese con materiales como el plástico o el nylon, siendo así ligero y más apropiado para ir en las mochilas de los niños.

Con la idea patentada y el prototipo en mano, doña Angelita paseó su invento por ferias de toda España, además de acudir periódicamente al Ministerio de Educación para defender que podía servir para mejorar la educación de los escolares en nuestro país. Obtuvo bastante reconocimiento en su época, incluido el Lazo de la Orden de Alfonso X, pero su invento nunca se tornó en un producto comercial, a pesar de que se sometió a algunos estudios preliminares en ese sentido. "Ella siguió pagando la patente hasta su muerte en 1975, nunca perdió la esperanza de verla en marcha. Pero no lo consiguió, y muchos opinan que las empresas editoriales boicotearon de alguna forma el invento". 

Entre la patente de 1949 y la de 1962, Angelita desarrolló, aunque nunca llegó a registrarla, la que quizá fuese su idea más ambiciosa: la creación de una enciclopedia mecánica que recogiese todo el saber humano en un solo dispositivo. Como decimos, nunca llegó a concretar su proyecto en una patente, pero sí se conservan sus dibujos, y sus familiares y conocidos la recuerdan hablando de él. "Un dispositivo con el que acceder a todo el conocimiento. Es algo que nos lleva directamente a pensar en las tablets y portátiles que hoy utilizamos", señala Esparcia, como un ejemplo más de lo avanzado de las ideas de esta maestra de escuela. En una época en la que la tecnología aún no permitía ni mucho menos crear lo que ella imaginaba, acertó, quizá por casualidad, con cuál sería el futuro en los dispositivos para la lectura.

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