permite la gestión automatizada de los envíos

La clave para que las cartas lleguen a su destino es un poco de fósforo

El email y los mensajes han sustituido al papel, pero este se resiste a desaparecer del todo. En nuestro país aún se envían millones de cartas cada año

Foto: La clave para que las cartas lleguen a su destino es un poco de fósforo

Emails, whatsapps, tuits… La comunicación escrita desde luego que ya no es lo que era. Hoy prácticamente todo el mundo en nuestro país tiene un móvil con conexión a internet que le sirve como centro de comunicaciones. Y quien no, aquellos que se han quedado rezagados en la carrera de la conectividad, se manejan con los SMS que hace no tanto eran los reyes de la fiesta.

Entre tanto bit ningún sitio parece quedar para el papel. Ya nadie escribe cartas, podríamos pensar, algo que no es exactamente así: según sus propios datos, en el año 2013 Correos gestionó 3.650 millones de euros en envíos postales, y cada día se reparten un total de 15 millones de remesas en toda España, y se hace un envío cada 3 segundos. La mayor parte son envíos masivos de grandes clientes: facturas del banco, de la luz, del gas, campañas publicitarias y similares. Pero también se mueven miles de cartas personales que ponen un toque humano al trasiego de sobres que cruzan nuestro país cada día.

Esta tecnología suponía un paso adelante en eficacia, pero venía con sus propios inconvenientes. Uno de ellos era que una máquina no podía distinguir el sello ni comprobar si era reglamentario

Un papel que debe mucho a la ciencia, ya que es una pequeña cantidad del elemento químico número 15, el fósforo, el que consigue que todo funcione. Quizá nunca te hayas fijado, pero la mayoría de los sellos son fosforescentes, es decir, que están marcados con dicha sustancia. Esto hace que brillen en la oscuridad, aunque no es ese el motivo por el que se aplica. 

A finales de los años 50, en Inglaterra, comenzó a implantarse el tratamiento automatizado del correo. Esta tecnología suponía un paso adelante en eficacia, pero venía con sus propios inconvenientes. Uno de ellos era que una máquina no podía distinguir el sello ni comprobar si era reglamentario. Por ello, comenzó a marcarse los sellos con fósforo. Este irradia en colores amarillos, naranjas o verdes, de forma que la máquina los detecta y reconoce.

Hoy es la evolución de aquellos primeros sistemas automáticos la que se utiliza a nivel internacional para gestionar la correspondencia que aún hoy cruza el mundo a diario. En España está recogida en los centros de tratamiento automatizado. Hay 18 en todo el territorio español, distribuidos según la densidad de población.

En Teknautas hemos podido ver y comprobar cómo funciona el CTA de Madrid de mano de María Teresa Fernández Lastra, directora del centro. Cada día bajo su dirección una plantilla de 550 personas gestiona unos seis millones y medio de envíos que llegan a esta planta desde todos los puntos de la Comunidad de Madrid y los otros CTA de otras comunidades. Aquí se clasifican, ordenan y distribuyen hacia sus lugares de destino en márgenes de tiempo cada vez más cortos: el 70% del correo que pasa por este punto se entrega a su receptor al día siguiente.

El tratamiento automático de nuestras facturas

El recorrido de una carta por estos centros, en los que son máquinas las que las sitúan en el camino hacia su destino final, dependerá de dos factores. El primero, si fue depositada por un particular en un buzón u oficina o si llega desde uno de los llamados centros de admisión masiva, donde las empresas grandes llegan a entregar palés enteros de correspondencia.

Se llama correo normalizado a aquel que cumple con las medidas más habituales: 23,5x12 centímetros y 20 gramos de peso

El segundo es el formato. Según sus medidas, las cartas se dividen entre correo normalizado o no normalizado. Se llama correo normalizado a aquel que cumple con las medidas más habituales: 23,5x12 centímetros y 20 gramos de peso. Todo lo que sea más grande o pese más, pero aun sean cartas y no paquetes, se considera correo no normalizado y seguirá una ruta distinta dentro del CTA.

El correo normalizado procedente de envíos masivos es el más sencillo de tratar, ya que viene con toda la información indicada de forma clara y precisa. Estos envíos alimentan unas enormes máquinas procesadoras que se tragan los sobres, leen el bloque de dirección y lo convierten en un particular código de barras fosforescente (de nuevo, el fósforo que entienden los sensores automáticos). Gracias a ello, las cartas se clasifican por destinos y terminan en la bandeja de reparto de nuestros carteros. A la mañana siguiente, el extracto bancario o la factura del gas estarán en nuestro buzón, esperándonos.

Las más preciadas: las cartas que escribimos a mano

Cuando echamos una carta a un buzón a pie de calle, el procesado es algo más complejo. En los buzones se mezclan todo tipo de sobres, las direcciones normalmente están escritas a mano y los sellos con los que los franqueamos pueden estar pegados en distintos lugares sin orden ni concierto.

Las sacas de correo en las que se precipitan las cartas cuando las dejamos caer por la rendija del buzón se recogen cada día a las 5 de la tarde. Con su preciado contenido llegan al CTA, donde los operarios las vacían sobre una cinta transportadora que las lleva al interior de unas grandes máquinas giratorias, parecidas a hormigoneras, que las separan por formatos (de nuevo, normalizado o no normalizado). Son lo que llaman bomboneras, y por aquí pasan todas las cartas que escribimos, desde las que enviamos a nuestros amigos o familiares hasta los centenares de misivas que llegan cada Navidad para los Reyes Magos de Oriente.

Además de clasificar las cartas por tamaños, las bomboneras se encargan de encontrar el sello de cada sobre y estamparle un matasellos para evitar una posterior (y fraudulenta) reutilización.

Se toma una imagen del sobre y se envía a la sala de videocodificación, donde varias personas trabajan frente a la pantalla, descifrando esos códigos postales y tecleándolos a toda velocidad

La lectura de la dirección es en este caso más compleja, al estar los sobres manuscritos. En muchos casos la máquina no puede identificar los caracteres que forman el dato más importante, el código postal, de forma que se toma una imagen del sobre y se envía a la sala de videocodificación, donde varias personas trabajan frente a la pantalla, descifrando esos códigos postales y tecleándolos a toda velocidad. Todo porque ningún envío quede por el camino.

Rutas que parten de madrugada

El correo no normalizado, aquel que no encaja en el formato estándar por tamaño o peso, se procesa en máquinas distintas, especialmente adecuadas para manejarlo, aunque el mecanismo es básicamente el mismo: se leen las direcciones automáticamente y se clasifican hacia sus respectivos destinos.

Organizados por sus códigos postales de reparto, los envíos están listos para continuar su camino, ya sea ir a su destino final dentro de la Comunidad de Madrid o encarar una nueva etapa hasta el siguiente CTA en otra comunidad autónoma. Desde la capital parte mucho correo hacia las otras grandes ciudades de la Península, como son Barcelona, Sevilla, Málaga o Valencia. Fernández Lastra destaca la gran actividad postal de la comunidad inmigrante, sobre todo ingleses y alemanes en Baleares y la Costa del Sol, de forma que es también hacia esos países hacia donde se envía gran parte del correo exterior.

Las rutas parten del CTA de madrugada, en muelles marcados según el código postal de destino. En furgonetas y camiones, las cartas llegan de buena mañana hasta las oficinas, donde se distribuyen según rutas de reparto para cada cartero. Son los trabajadores que vemos cada día por nuestras calles, uniformados y con un carrito del característico color amarillo corporativo. Ellos son los que depositan las cartas en los buzones de nuestras casas, cerrando un círculo que pudo haber empezado apenas unas horas antes.

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