LA NUEVA ECONOMÍA INCOMODA A LAS EMPRESAS

¿Puede el consumo colaborativo destruir el sector del transporte y los hoteles?

La nueva economía está atacando directamente al corazón del sistema. Los usuarios conectados saltan por encima de las empresas para ahorrar costes

Foto: La web de alojamiento colaborativo Couchsurfing ha inventado una nueva manera de viajar
La web de alojamiento colaborativo Couchsurfing ha inventado una nueva manera de viajar

Jamás llegó a desaparecer por completo, pero el trueque ha vuelto. Además, con más fuerza que nunca, espoleado por internet y las oportunidades de conexión entre usuarios que la red ofrece a la hora de colaborar y compartir. Y sobre todo, para ahorrar. De momento, el consumo colaborativo es una tendencia en alza que la revista Time ha incluído en su lista de las diez ideas llamadas a cambiar el mundo.

Resulta paradójico que en una sociedad que está alcanzando las cotas de individualismo más altas de la tradicción occidental esté surgiendo un fenómeno semejante. Quizás, bajo esta tendencia también subyace un factor económico. En el mundo ha habido otras crisis, momentos en que la solidaridad humana se manifiesta con más potencia, como una posguerra, pero jamás en la historia el ser humano había contado con tantas herramientas tecnológicas para dar rienda suelta al espíritu de colaboración.

En el mundo ha habido otras crisis, momentos en que la solidaridad humana se manifiesta con más potencia, como una posguerra, pero jamás en la historia el ser humano había contado con tantas herramientas tecnológicasEn La peste, de Albert Camus, una oda a la solidaridad humana, cuando la epidemia se cierne sobre la ciudad de Orán, los ciudadanos comienzan a trabajar juntos para hacer frente a la carestía en comunidad. En la época donde está ambientada la novela no había, por supuesto, aplicaciones móviles. Había cafés donde reunirse; había periódicos donde anunciar iniciativas. Pero no tecnología.

Hoy, la innovación ha redimensionado el fenómeno de la solidaridad, haciéndola más efectiva. Tres ejemplos. El primero, los sensores de radiación Waspmote de la empresa española Libelium, que gracias a la participación de los usuarios permitieron gestionar la crisis nuclear de Fukushima. El siguiente: en los campos de refugiados en zonas de catástrofe o de guerra se utiliza una aplicación, basada en la filosofía de la colaboración, que está permitiendo que los niños encuentren a sus familias mucho más rápido. Uno más: en Venezuela, ante la escasez de productos básicos, una app llamada Abásteceme está ayudando a los ciudadanos a encontrar productos como el papel higiénico.

Compartiendo el coche

Paralelamente a la expansión del consumo colaborativo se está produciendo un fenómeno que ataca directamente al corazón del sistema capitalista, y que hoy tiene su máxima representación en dos sectores tradicionales: el transporte y el alojamiento. La unión de los usuarios para hacer uso de este tipo de servicios compartiendo su propios recursos, sin intermediarios -y no necesariamente gratis- está mermando su negocio en un goteo continuo.

En el caso del transporte, cada vez más usuarios optan por compartir vehículos para realizar viajes. La estrella de este tipo de plataformas para poner en contacto a viajeros es Blablacar, una red social que conecta conductores con asientos libres con pasajeros que quieren hacen el mismo viaje. Su red se extiende en toda Europa, en la misma línea que Carpooling

Por su parte, Amovens está especializada en trayectos cortos, dentro de la misma ciudad, por ejemplo para usuarios que comparten su coche para ir al trabajo. En la misma línea, y aunque en general las aplicaciones móviles están sirviendo para potenciar el negocio de los taxis, también existe Carpling, destinada en este caso a conectar personas que quieren compartir un taxi.

En el sector del alquiler de coches también existe la plataforma SocialCar, donde los propietarios alquilan sus propios vehículos, respaldados por un seguro universal, a otros particulares.

Alojamiento sin intermediarios

La tendencia aún no es lo suficientemente potente como para hablar de una alternativa económica global, pero lo cierto es que el consumo colaborativo se está expandiendo como un reguero de polvora. Las empresas tradicionales empiezan a ponerse nerviosas: están arañando parte de su pastel, y cada vez resulta más difícil poner puertas al campo, como ocurrió con el caso de Napster, un precedente de la economía colaborativa, que en su caso cambió la industria musical.

Sin duda, plataformas como Spotify, Netflix o Steam son modelos sostenibles consecuencia de la guerra entre el P2P y los abusos de la industria.

Si en el transporte ya se está notando el auge de la nueva economía, y cada vez son más las personas -a priori escépticas- que se aventuran a utilizar estos servicios, en el sector del alojamiento el fenómeno es aún más patente.

Si bien en CouchSurfing, la plataforma en que usuarios de todo el mundo (más de 10 millones) comparten su propia casa con los viajeros, no existe intercambio de dinero, existen otras donde sí existe lucro y están plantando cara a los hoteles.

Airbnb es el portal más conocido: sólo en España, entre septiembre de 2011 y el mismo mes de 2012 se registraron más de un millón de reservas. Se trata de una web donde los particulares alquilan sus propias viviendas, o una parte de las mismas, a otros particulares, a cambio de dinero.

En la mayoría de los casos, es una opción más económica que los alojamientos tradicionales. Además, la oferta es tan amplia que mediante este tipo de páginas es posible dormir en lugares donde ni siquiera existen hoteles, o donde en la mayoría de los casos sería prohibitivo. Prueben a buscar un hotel en el centro de Manhattan, y háganlo a continuación a través de una web de alquiler entre particulares. 

En España, la anterior Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) permitía este tipo de negocios, aunque tras su reciente reforma se han transferido competencias a las autonomías, muchas de las cuales, como Baleares están a favor de restringir el negocio del alquiler entre particularesExisten muchas, como 9flats; o la española Alterkeys, auspiciada por la lanzadera del presidente de Mercadona. Sin embargo, el fenómeno cuenta con muchos enemigos, y el lobby del sector hostelero está luchando contra ella, en muchos casos con la ayuda de las administraciones. 

En España, la anterior Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) permitía este tipo de negocios, aunque tras su reciente reforma se han transferido una serie de competencias a las autonomías, muchas de las cuales, como Baleares -donde ya se plantean multas entre 40.000 y 400.000 euros- están a favor de restringir el negocio del alquiler entre particulares, aludiendo a que no cuentan con los requisitos necesarios, como puede ser el servicio de limpieza.

En otros lugares del mundo ya ha ocurrido. Es el caso de Hamburgo y Berlín, aunque en Nueva York comienzan a observarse ciertos indicios. Sin ir más lejos, esta misma semana las autoridades de Nueva York han pedido al portal Airnnb los datos sobre los usuarios que alquilan alojamiento en la ciudad.

Nuevas iniciativas

Si bien el transporte y el alojamiento son los sectores estrella del consumo colaborativo, existen infinidad de ejemplos emergentes. Algunos ciertamente inocentes, a pequeña escala, como los bancos de tiempov españoles FriendsxHours o Favoralia, la red social de intercambio de favores.

También comienzan a surgir interesantes proyectos ciudadanos en el ámbito de la conexión a internet. Más allá de la tendencia, cada vez más habitual entre vecinos de una comunidad, de compartir una conexión a internet, en España ya existe una aplicación, YellWifi, mediante la cual se pueden conocer los establecimientos y usuarios particulares que han abierto sus redes privadas al público, creando una comunidad.

En el ámbito de la telefonía móvil, acaba de nacer SUOP, una operadora móvil de consumo colaborativo cuyo objetico es "enfrentarse a los abusos del oligopolio de las grandes operadoras con el poder de la colaboración entre usuarios a través de la red". La firma española imita a la británica GIFF GAFF, y su filosofía se basa, además de en la promesa de tarifas más baratas, en regalar a los usuarios saldo para llamadas a cambio de su colaboración con los usuarios que forman parte de la comunidad.

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