De los cronómetros al GPS: 80 años de precisión en los JJOO

La precisión a la hora de medir el tiempo es la base de la industria relojera suiza, materia en la que no tiene rival, pero cuando

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De los cronómetros al GPS: 80 años de precisión en los JJOO

La precisión a la hora de medir el tiempo es la base de la industria relojera suiza, materia en la que no tiene rival, pero cuando se trata de cronometrar hasta el último segundo en las competiciones la cosa se complica. Desde hace casi 80 años Omega se encarga de registrar con exactitud las marcas de los deportistas, una labor en la que esta firma propiedad del gigante de los relojes Swatch ha evolucionado desde una primera presencia casi testimonial hasta las tecnologías más modernas. En los Juegos Olímpicos de Vancouver que se celebran estos días no está siendo diferente.

Este año se ha presentado el Electronic Start System, un nuevo método de arranque que sustituye las tradicionales pistolas por un dispositivo con curvas aerodinámicas que emite una luz electrónica de flash y una alerta auditiva. También se utiliza por primera vez el portillón snowgate en las competiciones de esquí alpino, un nuevo sistema de puntuación en alta definición para patinaje artístico o un mecanismo de localización por GPS para el esquí de fondo.

 

Estos avances tecnológicos tienen su origen hace más de tres cuartos de siglo. Todo empezó en Los Angeles en 1932, cuando los recursos eran mucho más modestos que ahora. Entonces la firma suiza envió a un solo técnico con 30 cronógrafos, certificados por el Observatorio de Neuchâtel, que eran capaces de registrar los resultados oficiales en décimas y quintos de segundos.

 

Primeras cámaras photofinish

 

Los juegos de Berlín en los que Jesse Owens sacó los colores a Adolf Hitler supusieron la confirmación las ventajas del nuevo método elegido para controlar los tiempos. Aquel año Paul-Louis Guignard, maestro relojero de la firma suiza, viajó desde Bienne hasta la capital alemana con 185 cronógrafos en una maleta.

 

Hubo que esperar hasta que terminara la II Guerra Mundial para que el mundo volviera a vivir unos Juegos Olímpicos. En 1948, cuando Saint Moritz acogió los de invierno, la tecnología había evolucionado lo suficiente como para automatizar ciertos procesos (el cronometraje comenzó a activarse automáticamente con la apertura de los portones) e instalar una célula fotoeléctrica móvil independiente de la red eléctrica.

 

Comenzó aquel año una nueva era aún más precisa, cuya mayor demostración tuvo lugar en Londres durante ese mismo verano. Coincidiendo con los juegos de la capital británica se presentó la primera cámara photofinish. Bautizada como Magic Eye por la British Race Finish Recording Company su velocidad de registro era adaptable a cada una de las modalidades deportivas.

 

La era del cuarzo

 

Un año más tarde la Racend Omega Timer sustituyó a la primera cámara y en Helsinki 1952 dio comienzo lo que desde la firma suiza llaman “la era del cuarzo y la electrónica”. El gran avance de aquellos juegos, en los que primera vez el tiempo se midió en centésimas, fue la Time Recorder, que imprimía los resultados en bobina de papel.

 

Uno de los deportes que siempre traía complicaciones a la hora de decidir ganador cuando la competición resultaba ajustada era la natación. A partir de 1956 las cosas cambiaron: en los juegos de ese verano, celebrados en Vancouver, se presentó el Swim Eight-O-Matic.

 

Se trataba del primer dispositivo semiautomático para este deporte y permitía a los cronometradores distinguir entre dos nadadores que parecían terminar al mismo tiempo. Sin embargo hubo que esperar algunos años más, hasta los Juegos Panamericanos de 1967, para que se incorporaran los conocidos touchpads automáticos que permitían a los nadadores parar el cronógrafo con sus propias manos. En esta misma década se incluyeron por primera vez los tiempos sobreimpresos en las pantallas de los televisores.

 

El 1,00 de Nadia Comaneci

 

En Grenoble y México (sedes de los juegos de invierno y verano de 1968) tuvo lugar otra revolución en la historia de la medición de los tiempos en el olimpismo. En aquellas convocatorias se comenzó a utilizar el cronometraje electrónico, que proporcionaba resultados, análisis estadísticos y otros datos a las partes interesadas.

 

Los de 1976 fueron los juegos de Nadia Comaneci. La estrella rumana de la gimnasia ejecutó un ejercicio impecable que ha pasado a la historia de los Juegos Olímpicos. Los jueces fueron rotundos y le concedieron un 10, puntuación que parecía tan imposible de alcanzar que ni siquiera el marcador estaba preparado para recogerla. Aunque éste marcaba 1,00 en vez de 10,00 todo el mundo comprendió cuál era el resultado válido.

 

En décadas recientes los avances han pasado por las photofinish en color (las copias firmadas por los deportistas son objetos codiciados en las subastas), el cronometraje informático (implantado en Calgary y Seúl en 1988) y el olímpico global, que desde la cita de 1996 incluye cronometraje, manejo de datos y distribución de resultados.

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