Los Alexander, los 'profetas' que cometieron el "crimen del siglo" para purgar las almas de las mujeres
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50 años del crimen de los alemanes

Los Alexander, los 'profetas' que cometieron el "crimen del siglo" para purgar las almas de las mujeres

La calle Jesús de Nazareno, 37, en Tenerife, fue testigo de la matanza de una familia alemana que, absorbida por la Sociedad Lorber, 'purgó' las almas de las mujeres de su familia a su manera

placeholder Foto: Harald y Frank Alexander ingresaron en el psiquiátrico de la cárcel de Carabanchel. (CC)
Harald y Frank Alexander ingresaron en el psiquiátrico de la cárcel de Carabanchel. (CC)

Corrían los años 70 en Santa Cruz de Tenerife. En pleno mes de diciembre, llamaron a la puerta del doctor Walter Trenkler. Cuado este abrió, se encontró de frente con dos hombres que compartían su origen germano. Se trataba de Harald y Frank Alexander, padre e hijo, respectivamente, que querían hablar con la joven Sabine (15 años), su empleada del hogar e hija y hermana de los recién llegados. Cuando los tres se reunieron, el médico asistió a la que probablemente sería la conversación más escalofriante de su vida. "Hemos matado a mamá y a tus hermanas", dijo el mayor de los Alexander. Pero la joven, lejos de salir corriendo, cogió la mano de su padre y respondió: "Estoy segura de que habéis hecho lo que considerasteis necesario". Poco después, la Policía llegaba al edificio de la calle Jesús de Nazareno, 37, en la primera planta, donde se encontraron con tres cuerpos de mujeres mutiladas que habían sido 'purgadas'. Aquella escena que presenciaron entonces fue tildada más tarde como "el crimen del siglo".

Diez meses atrás, la familia Alexander llegó a Tenerife desde la ciudad de Hamburgo (Alemania), aunque el traslado no fue por gusto, decían las malas lenguas. En aquella casa convivían Harald y Dogmar Alexander junto con sus tres hijas —Marina (18 años) Petra y Sabine (15)— y su primogénito, Frank, de entonces 16 años; aunque para la familia él era más conocido como 'el profeta de Dios en la Tierra'. Al menos así era como le veían después de que el progenitor decidiese formar parte de la Sociedad Lorber, una suerte de secta fundada por Jakob Lorber que defendía, básicamente, la idea de Dios como el ser todopoderoso y perfecto; unas aspiraciones a las que pocos mortales podían ascender. Es decir, que solo una pequeña parte de la humanidad podía alcanzar esta 'luz divina' (perfección) y los que no pertenecían a este trocito solo tendrían la oportunidad de ser salvados pasando al otro mundo, es decir, purgando su alma.

El crimen de los alemanes

El legado de Lorber recayó en Harald bajo la forma de quien fue su maestro, Georg Rihele, y de quien heredaría su puesto como Mesías tras su muerte, además de un acordeón. Bajo estas premisas se criaron los pequeños Alexander, incidiendo especialmente en el primogénito, a quien, de acuerdo con estas teorías esotéricas, se le debía rendir pleitesía. Hasta tal punto llegaban las irracionales creencias de la familia que no se les permitía mantener relaciones íntimas o afectivas con personas externas a la sociedad, por lo que, con tal de satisfacer los deseos sexuales del supuesto profeta, el cabeza de familia le ofreció otra alternativa: el incesto.

Sin embargo, estos aspectos de la vida personal de los Alexander no eran algo que conocieran sus vecinos tinerfeños (aunque sí los que compartían su calle en Hamburgo). De hecho, para ellos, los miembros de la familia alemana eran prácticamente unos desconocidos de quienes solo tenían noticias cuando escuchaban los extraños rezos y plegarias que atravesaban las paredes. Tras lo sucedido aquel 16 de diciembre de 1970, dejaron de serlo de forma irremediable. Aquel día, poco después de que la Policía se llevara presos a los Alexander en casa del doctor Trenkler, las autoridades acudían al domicilio familiar. Después de que los agentes echaran abajo la puerta, se dieron de bruces con una traumática escena: sangre en las paredes procedentes de los tres cuerpos mutilados y abiertos en canal de Dogmar, Marina y Petra. La gemela de esta última se libró, no se sabe si por casualidad o como parte del plan.

Frank creyó sentir la señal: cogió una percha y golpeó a su madre, para después repetir lo mismo con sus hermanas

A ojos de cualquiera, el escenario del crimen parecía claramente un intento de ritual: a todas les habían extirpado los pechos y los genitales y los habían colgado en la pared. Junto a ellos, también estaban sus corazones, tal y como describió entonces el diario 'La Opinión'. Como se demostraría más adelante en el juicio, aquel día, en un arrebato de Frank en el que creyó haber sentido una señal del Mesías, cogió una percha y golpeó con ella tantas veces como quiso a su madre, para después repetir lo mismo con sus hermanas. De su padre no salió una palabra, solo la melodía procedente del acordeón al que acariciaba mientras su hijo cometía los atroces crímenes sin gota de arrepentimiento.

En marzo de 1972 dio comienzo el juicio contra Harald y Frank ante la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. De la sesión, pocas imágenes pudieron ser capturadas, salvo la de la única escena en la que padre e hijo se encontraban esposados y sentados en el banquillo de los acusados. De sus bocas no salió ninguna declaración de defensa o justificación de lo ocurrido, pero de sus ojos, desencajados e inmutables, se desprendía la culpa.

placeholder Cárcel de Carabanchel: patio y pasillo del sanatorio.
Cárcel de Carabanchel: patio y pasillo del sanatorio.

El juicio transcurrió con dos únicas dudas de cara a la sentencia para los acusados: la libre absolución por trastorno psíquico o la pena de muerte (que en España no fue abolida hasta la Constitución de 1978). El tribunal optó por la primera salida al considerar que fueron “autores no responsables” de los tres parricidios con la eximente completa de enajenación mental, por lo que ambos fueron ingresados, sin fecha de fin, en un centro destinado a los enfermos condenados. Por entonces, solo existían tres centros penitenciarios que disponían de asistencia en psiquiatría; uno de ellos era la antigua cárcel de Carabanchel (los otros estaban ubicados en Huesca y León). Allí fueron tratados por el doctor Velasco Escasi, del sanatorio penitenciario de Madrid. Pero sus paredes solo lograron retenerlos unos años, ya que, entrados los 90, padre e hijo consiguieron escapar del centro sin que nadie llegara a saber jamás cómo lo hicieron.

Pese a la orden de búsqueda que activó la Interpol en 1995, nunca dieron con el paradero de los Alexander, de ninguno. Tampoco de Sabine, la única superviviente cuyo testimonio habría sido clave en el juicio, aunque nunca pisó los tribunales porque lo último que se supo de ella es que ingresó en un convento.

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