40 años del crimen de los marqueses de Urquijo: ¿un caso resuelto o al que nadie le interesó investigar?
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1 de agosto de 1980

40 años del crimen de los marqueses de Urquijo: ¿un caso resuelto o al que nadie le interesó investigar?

Hubo un solo condenado —Rafael Escobedo— y muchos misterios e implicados en una trama en la que sus hijos fueron cuestionados pese a la confesión del autor. Pero, ¿fue él quien lo hizo?

Foto: Esa mañana todo cambió en el chalet de Somosaguas de Madrid.
Esa mañana todo cambió en el chalet de Somosaguas de Madrid.

Fue en la madrugada del 1 de agosto de 1980 cuando al menos tres asaltantes aprovecharon la oscuridad de la noche para saltar la valla de la mansión del Camino Viejo de Húmera, en el complejo urbanístico de Somosaguas (Madrid). Lo que a simple vista parecía un intento de robo común en realidad escondía un crimen a sangre fría que marcaría la crónica negra en España y se situaría en pleno foco mediático. El lugar no fue elegido por mero azar, tampoco el momento ni mucho menos las víctimas. A la mañana siguiente en esa casa no se despertarían sus propietarios como cada día, ni desayunarían ni volverían a desempeñar sus rutinarias labores porque los agujeros de bala en las cabezas de los Marqueses de Urquijo les había dejado inmovilizados en la cama.

No era normal que los señores de la casa no se hubieran despertado ya esa mañana, por lo que una de las mujeres del servicio acudió a sus respectivos dormitorios — dormían separados — para ver qué ocurría. Jamás habrían imaginado que se encontrarían con una imagen así: María Lourdes de Urquijo y Morenés, marquesa de Urquijo y su marido Manuel de la Sierra y Torres, yacían en sus camas sin respiración y con un tiro en la frente. Fue un 'tour' de lo más sombrío; ella, tendida con los ojos abiertos y su pulcro camisón y él, en el cuarto contiguo, con su antifaz todavía puesto. Pese a la diversidad de las heridas de bala que presentaban los cuerpos en cabeza, cuello y boca, ambos murieron en el acto. Después de que el personal del servicio doméstico diera la voz de alarma, llegó la Policía y, con ella, dieron comienzo los fallos.

Los cuerpos de los marqueses de Urquijo fueron encontrados en sus camas del chalet de Somosaguas. Fotos: CC/RTVE
Los cuerpos de los marqueses de Urquijo fueron encontrados en sus camas del chalet de Somosaguas. Fotos: CC/RTVE

No fue hasta la llegada del jefe del Grupo IX de Homicidios, el inspector Luis Aguirre, cuando se percataron de los cuatro casquillos de bala que reposaban en el suelo del cuarto en el que asesinaron a Manuel de la Sierra. Que las heridas mortales habían sido provocadas por un arma de fuego era obvio, pero lo que llamó más la atención de los investigadores fueron las sospechas de que pertenecieran a una Star, calibre 22 Long Rifle, un modelo difícil de encontrar. Tras estas primeras indagaciones, las autoridades abandonaron la mansión sin hallar el arma del crimen ni molestarse en darse cuenta de que la golosa caja fuerte estaba intacta, así como los objetos de valor de los marqueses.

Quien sí se percató de este detalle fue el administrador de la familia, Diego Martínez Herrera, quien se presentó en la escena del crimen para colaborar junto al inspector pero, una vez se hubo ido, corrió a por el contenido de la caja fuerte — conocía las claves — y le prendió fuego en una pequeña hoguera en el jardín que no pasó desapercibida para ciertos testigos. Además, ordenó que limpiaran las machas de sangre de los dormitorios y que lavaran los cuerpos de los marqueses, haciéndoles así un 'flaco favor' a los forenses del Instituto Anatómico que debían examinarlos después.

Cuando la asistenta limpió al fin el escenario del crimen pudo comprobar que los agentes habían pasado por alto algo más: un lazo negro a los pies de la cama de la marquesa. Sin embargo, cuando el mayordomo y la asistenta quisieron poner en conocimiento del hallazgo a Aguirre, la hija de los Urquijo, Myriam de la Sierra, les paró los pies.

'Rafi': de yerno pijo a sospechoso criminal

Desde un principio, se barajó la posibilidad de que el autor (o autores) del crimen fuera conocido de las víctimas, ya que tenía controlado el terreno que pisaban. El asaltante reconocía los pasillos y habitaciones de la mansión de Somosaguas; había estado ahí antes. Así lo concibió el subcomisario encargado de llevar a cabo las primeras pesquisas, Antonio Herrero. Pero en el momento de los hechos, las únicas personas que se encontraban en la casa y que podían cuadrar con este perfil eran la cocinera, la asistenta, el mayordomo y el chófer. Las evidencias eran claras: la puerta de entrada a la vivienda por la parte de la piscina había sido forzada con un soplete. El criminal, además, había sido especialmente meticuloso al utilizar un esparadrapo para evitar que los cristales cayeran al suelo. Las primeras sospechas se dirigieron desde un principio a una persona: Rafael Escobedo.

Escobedo, alias 'Rafi', era el yerno 'pijo' de los marqueses de Urquijo tras casarse con su hija Myriam el 21 de junio de 1978; un enlace con el que el que el padre de familia nunca quedó muy satisfecho. Pero, además de tener un contacto directo con las víctimas y de su turbia relación con el marqués, había otro detalle que hacía saltar las alarmas y es que, tras contraer matrimonio, el joven vivió un tiempo en el chalet de Somosaguas.

Imágenes de Escobedo tras ser detenido y en una entrevista. Fotos: RTVE
Imágenes de Escobedo tras ser detenido y en una entrevista. Fotos: RTVE

Eso fue antes de la pareja se trasladase al centro de Madrid a vivir y de que el joven matrimonio diese por finalizado su compromiso unos meses después solicitando la nulidad eclesiástica. El motivo fue que la hija de los Urquijo había iniciado una relación sentimental con el estadounidense Richard Dennis Drew (alias Dick, El Americano). Precisamente el día anterior al crimen, Myriam de la Sierra había estado comiendo con sus padres para tramitar la nulidad, algo con lo que el padre se mostró totalmente de acuerdo.

Con respecto a ese día, el principal sospechoso tenía su coartada. Según relató ante los agentes, el día antes del crimen estuvo comiendo junto a su amigo, el fotógrafo Javier Anastasio, con quien también pasó la noche yendo de copas por Madrid hasta las tres de la madrugada, aproximadamente, para luego regresar a su domicilio. El administrador, por su parte, también aseguró que ese día él se encontraba en Sotogrande, lejos de la finca familiar.

Las sospechas sobre Escobedo nunca se disiparon, y después de que todos los Urquijo le hicieran el vacío y con la investigación todavía abierta, 'Rafi' decidió irse a vivir a una finca propiedad de su padre, la misma en la que los investigadores hallaron más tarde unos casquillos de pistola que coincidían con el arma homicida. Así, el 8 de abril de 1981, Rafael Escobedo era detenido (junto a su padre) como acusado del asesinato de los marqueses de Urquijo e ingresó posteriormente en la prisión de Carabanchel. Sin embargo, esos casquillos que lo señalaron tan fulminantemente en ese registro de la Policía, terminaron desapareciendo misteriosamente en los juzgados tiempo después.

Ya en prisión, el acusado acabó confesando su culpabilidad a través de una nota escrita a mano que nunca llegó a recuperarse. Sin embargo, según relató el hermano del detenido a RTVE, esta confesión vino después de largos episodios de tortura y humillación (los agentes le desnudaron y le obligaron a hacer flexiones mientras el resto de reos se reían y burlaban de él: la denominada 'tortura siciliana') para el preso y en ella no daba detalles del crimen. "Fue coaccionado claramente", lamenta ante la cámara. Lo curioso de la detención de Escobedo fue que, pocos días después, su amigo Anastasio y el administrador de la familia cogieron un vuelo (en aviones distintos) a Londres, donde también se encontraba el hijo de los Urquijo, Juan de la Sierra.

Pruebas desaparecidas y 'tortura siciliana'

Mientras el único acusado pasaba sus días entre rejas, su amigo Anastasio fue investigado al considerarlo un posible cómplice de los hechos y llevado ante el juez, aunque finalmente no pudo ser condenado ni llegaron a corroborar su autoría porque se fugó. Antes de eso, el fotógrafo alegó que la noche de los hechos acompañó a su amigo hasta el chalet de Somosaguas, lo esperó un rato en el coche y, después de llevarlo de vuelta a su casa, acudió al pantano de San Juan y se deshizo de la pistola. Esta fue, junto a los casquillos robados, otra de las pruebas cuyo paradero es un misterio.

"Lo han conseguido, pueden sentirse orgullosos (...) Yo ya no soy nada"

Por el mes de julio de 1983, habiendo estado el acusado todo este tiempo en prisión provisional, se celebró el juicio contra Escobedo y fue condenado a 53 años de prisión por el doble asesinato contra los marqueses, siendo esta pena confirmada por el Tribunal Supremo dos años después, agotando así la vía judicial. En la sentencia, el magistrado consideró probado que 'Rafi' actuó "solo o en compañía de otros" para cometer el crimen sin especificar cuál de las dos opciones era o quiénes podían ser las otras personas supuestamente implicadas. Y aunque se abrieron diligencias para investigar si realmente hubo más participantes en los asesinatos, el entonces juez de Santoña (Cantabria) — y actual ministro del Interior — Fernando Grande Marlaska, archivó el caso al no poder determinar quiénes fueron estos cómplices.

Centro penitenciario del Dueso, en Santoña (Cantabria), donde hallaron muerto a Escobedo en su celda. Foto: Google Maps
Centro penitenciario del Dueso, en Santoña (Cantabria), donde hallaron muerto a Escobedo en su celda. Foto: Google Maps

Sus últimos años de vida los pasó en el centro penitenciario del Dueso (Santoña), desde donde también concedió una entrevista al periodista Jesús Quintero para TVE y ante quien mantuvo, como hizo siempre, su inocencia. Sin embargo, el recluso se definió como un hombre "muy ingenuo" que siempre pensó que "no le podrían condenar" por algo que, según su versión, no hizo. ¿Por qué acabó confesando el crimen entonces? La respuesta a esta cuestión era clara para él: por presión: "Me llevaron a un punto en el que me derrumbé".

Durante la misma entrevista, Escobedo hizo manifestaciones que, quizá entonces sin saberlo, fueron toda una declaración de intenciones. Sus últimas frases estaban llenas de resignación, de hastío incluso por seguir defendiendo lo que parecía indefendible. "No se ha investigado ni se va a investigar porque no le interesa a nadie que se investigue", aseveraba ante las cámaras. El final de su última aparición pública sonaba, cuanto menos, desolador: "Lo han conseguido, pueden sentirse orgullosos (...) Yo ya no soy nada". "Única y exclusivamente me refugio en drogas. Es lo único que utilizo para poder seguir viviendo", confesaba con la mirada perdida justo antes de lanzar una petición, puede que de auxilio: "Si algún día me muero lo único que espero es que nadie tenga la poca vergüenza de ir a derramar una solo lágrima sobre mi tumba porque lo que me han negado estando vivo, un poco de compasión, de humildad...de sentimientos, no tendría lógica que me lo den después.

Días después de esa entrevista, a las 13:20 horas del 27 de julio de 1988, encontraron el cuerpo sin vida de Escobedo en su celda, colgando con una sábana del techo y con restos de cianuro en los pulmones. Posteriormente, los forenses que examinaron el cuerpo descubrieron que el preso ya estaba muerto antes de haber sido ahorcado.

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