Un proceso que dura entre 10 y 15 años

Del laboratorio al paciente: por qué cuesta tanto desarrollar un fármaco

La creación de un medicamento consta de varias fases que están estrictamente vigiladas por las agencias reguladoras de medicamentos. Su coste supera los 2.000 millones de euros

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Es muy posible que nunca nos hayamos parado a pensar cómo se ha obtenido ese medicamento que nos alivia el dolor o nos baja la fiebre; que no nos hayamos preocupado por saber cómo se ha logrado ese fármaco que reduce nuestros niveles de colesterol o regula nuestra tensión arterial. Ha sido ahora, cuando la crisis del coronavirus ha provocado una imperiosa necesidad de encontrar tratamientos y vacunas eficaces, cuando hemos puesto el foco en el proceso que hay detrás del desarrollo de un fármaco. Aun cuando los procesos de creación de una vacuna se parecen al de un fármaco, hay que aclarar que la regulación de la vacuna se diferencia en tiempos y requisitos de la de un medicamento que está pensado para ser terapéutico y no preventivo.

El proceso de desarrollo de un fármaco terapéutico es lento, complejo y costoso, y hay tres datos significativos que lo corroboran: de cada 10.000 moléculas que se estudian, tan solo una llega finalmente al mercado; el tiempo desde que se comienza a investigar una molécula hasta que se comercializa como medicamento oscila entre 10 y 15 años, y el coste que supone el desarrollo de un medicamento supera los 2.000 millones de euros.

La historia detrás de un medicamento

Hoy, el desarrollo de un fármaco consta de varias etapas que están estrictamente vigiladas por las agencias reguladoras de medicamentos:

1.- Fase de descubrimiento. Si entramos en una farmacia, tendremos la sensación de que hay medicamentos para todo. Sin embargo, descubrir un nuevo fármaco no es tarea sencilla: hay que pensar en una enfermedad concreta y en una necesidad que aún no esté cubierta. “En esta fase, es cuando se identifica lo que se conoce como diana específica, y esta será el objetivo al que se dirigirá la nueva molécula o fármaco que posteriormente se desarrollará —explica Pedro Luis Sánchez, director del Departamento de Estudios de Farmaindustria—. Una vez identificadas esas dianas potenciales, comienza el cribado de moléculas hasta conseguir validar un compuesto que, también potencialmente, se pueda convertir en un medicamento seguro y efectivo”. Un proceso que puede durar entre cuatro y seis años, y de cada 10.000 moléculas que se estudian, tan solo 250 pasarán a la siguiente fase.

2.- Fase preclínica. Seguimos en el laboratorio, en lo que se conoce como investigación básica. Es el momento de ensayar este compuesto, tanto ‘in vitro’ como ‘in vivo’, es decir, tanto en cultivos celulares como en modelos animales. También se hacen estudios sobre farmacología y toxicología, y se formula el medicamento para su uso en pruebas clínicas. “Todo esto debe ponerse en marcha antes de cualquier desarrollo en humanos —continúa Sánchez—. Cuando se ha encontrado un compuesto prometedor, el laboratorio debe mostrar sus resultados al organismo competente para que apruebe el salto a estudios en personas”. El resultado es que, de esos 250 compuestos que llegaron a la fase preclínica, tan solo cinco seguirán adelante.

3.- Fase clínica. Tras varios años de investigación básica, y una vez recibido el visto bueno de la agencia reguladora, llega el momento de pasar a la clínica, es decir, de ver cómo actúa este medicamento en las personas. Para ello, se inician ensayos clínicos, cruciales para la innovación terapéutica, que, a su vez, se llevan a cabo en varias fases:

  • Fase I: se prueba el compuesto en un pequeño grupo de voluntarios sanos. Se pretende algo muy sencillo: examinar si el medicamento es seguro. Asimismo, se evalúan su farmacocinética (cómo se comporta el fármaco dentro del cuerpo) y su farmacodinámica (efectos sobre el organismo), así como los posibles efectos secundarios adversos.
  • Fase II: se evalúa la eficacia del compuesto contra una enfermedad concreta. Para ello, se selecciona una muestra mayor de pacientes, se valora en ellos la seguridad y la eficacia, y se continúan observando los efectos adversos, los riesgos asociados a otros medicamentos…
  • Fase III: se trata de confirmar los resultados de las dos primeras fases y, para ello, se recluta a un número mayor de pacientes, procurando elegir una muestra lo más representativa posible. Es el momento de afinar dosificación, interacciones, efectos adversos… Estos estudios, que pueden durar entre tres y seis años, son los más largos, costosos y exhaustivos.
  • Fase de aprobación y registro: los resultados de la fase III son la base para conseguir la aprobación del fármaco. “Se envía toda la información a la agencia reguladora y, si esta considera apropiado el perfil riesgo/beneficio, se hace una propuesta a la Comisión Europea. Si lo autoriza, comenzará a fabricarse, también siguiendo las guías de buenas prácticas de fabricación”, indica el director del Departamento de Estudios de Farmaindustria.
  • Fase IV: una vez que el fármaco ya se ha comercializado, continúan los ensayos para estudiar su eficacia y seguridad en la utilización clínica diaria e identificar si hubiera algún problema no detectado en las fases anteriores.
"Los ensayos clínicos son cada vez más exigentes, no solo en cuanto al tipo de paciente, sino también en la exigencia propia de la eficacia"

¿Qué significa todo esto? Que, de aquellas 10.000 moléculas iniciales, solo 250 pasaron a fase preclínica y, de estas, solo cinco llegaron a fase clínica. De estas cinco, la tasa de probabilidad de éxito en la fase I es del 60%; de este 60% que llega a fase II, solo pasará a fase III el 30%. Y menos de un 10% de esos compuestos que logran alcanzar la fase de ensayos clínicos llega a convertirse en fármacos disponibles para médicos y pacientes.


Un proceso costoso y complejo

De lo visto hasta el momento, podemos entender que no resulta barato desarrollar un fármaco. “Una década atrás, este coste era de 1.000 millones de dólares, pero las últimas estimaciones, de 2013, lo sitúan en unos 2.500 millones. De ese dinero, casi el 60% se destina a investigación”, afirma Sánchez.

La pregunta surge de inmediato: ¿qué ha sucedido en este tiempo para que se haya producido un crecimiento tan elevado en los costes? “Los ensayos clínicos son cada vez más exigentes, no solo en cuanto al tipo de paciente que puede participar, sino también en la exigencia propia de la eficacia. Además, hay muchos laboratorios investigando en enfermedades realmente complicadas y difíciles; los fármacos que se investigan no son ‘blockbusters’, sino que son de nicho, van a pocos pacientes, lo que obliga a los laboratorios a afinar mucho más la eficiencia de su I+D. Esto puede aumentar las tasas de fracaso en sus investigaciones”.

Foto: Unsplash.
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A este desafío, hay que sumarle la dificultad de encontrar nuevos medicamentos, lo que obliga a las compañías farmacéuticas a incrementar su inversión. “Las agencias reguladoras no van a aprobar un medicamento si no aporta un valor añadido a lo ya existente. Debes superar, innovar, mejorar”, apunta el director del Departamento de Estudios de Farmaindustria.

Sin protección, no hay innovación

En este contexto, la protección industrial es esencial. “Las patentes son imprescindibles para que la industria farmacéutica tenga sentido. Sin ellas, sería inviable”, asegura el experto. Y pone un ejemplo que lo aclara: “Siempre vemos que es la industria farmacéutica la que más defiende las patentes como herramienta de protección industrial. ¿Por qué? Por la facilidad de copia. No tiene nada que ver copiar un modelo de avión que un fármaco”.

“Las patentes son imprescindibles para que la industria farmacéutica tenga sentido. Sin ellas, sería inviable”

Así es. En una industria sin patentes, si un laboratorio lanza al mercado un medicamento en el que ha invertido 2.000 millones, cualquiera puede analizarlo, copiarlo y fabricarlo. “Si lo hace, tiene una ventaja absoluta en costes, y el precio que va a poder cobrar es muy inferior. Ante esa circunstancia, el laboratorio innovador dirá una y no más. Sin protección, no es posible la innovación”, explican desde Farmaindustria.

El objetivo de la normativa que establece las patentes es proteger los medicamentos nuevos para intentar —que no necesariamente conseguir— recuperar el retorno de la inversión realizada en I+D. Y aun cuando el periodo de vigencia de la patente es de 20 años, la protección efectiva es mucho menor, ya que este tiempo incluye toda la fase de I+D y el tiempo de tramitación, por lo que, finalmente, la exclusividad comercial no suele superar los 10 años.

Pero las patentes, además, “son el gran motor de la innovación. Cuando te la conceden, te exigen que sea pública. Y eso es crucial, pues compartes el conocimiento y permites que otras compañías dispongan de él y puedan abrir nuevas líneas de investigación”, resume Sánchez.

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