U

na habitación doble en un hotel de cuatro estrellas en Madrid cuesta entre 100 y 280 euros. Es posible conseguirla de oferta por 90 u 80 euros en internet, pero encontrarla por debajo es un auténtico hallazgo que se desvanece, en demasiadas ocasiones, con los recargos del último clic. Por eso cuando encontré un cuatro estrellas por 70 euros en Madrid, a solo 10 kilómetros de la Puerta del Sol y en pleno Open de Madrid de tenis, llamé a un compañero y decidimos pasar una noche en el que parecía el hotel de lujo más barato de España. Nada más llegar, comprendo las rebajas: el hotel está dentro del ajetreado complejo de Mercamadrid, el mayor mercado de alimentos del país, y eso significa que el pescado que comas mañana va a pasar esta noche en un tráiler por debajo de nuestra ventana.

"Decidimos pasar una noche en el que parecía el hotel de lujo más barato de España"

Vista desde fuera del Hotel Madrid

Todas las fotografías han sido tomadas con iPhone 6

20:38. Entramos y pedimos una habitación doble. La recepcionista tuerce el gesto. Tiene que revisar los libros para ver si le queda algo. Los apoya sobre el teclado de un ordenador apagado.

Pienso en el concepto cubano de la ‘sala de música’ y me entra la risa. Ella también se ríe, aunque todavía no entiendo por qué. Nos da la 110; es una llave pequeña, como de candado de gimnasio, y lleva la tarjeta de la luz colgando.

Vistas desde el interior de la habitación

20:56. Para hablar del mobiliario del hotel tendríamos que mencionar a Paco Martínez Soria corriendo detrás de unas suecas. Por la ventana vemos cómo llueve sobre las cocheras de la EMT, pero dentro del hotel es Benidorm durante el verano del 73. Llegamos al ascensor. Se abren las puertas y aparece, detrás de una nube de humo, un señor de los que aún consideran decoroso fumar en sitios cerrados. Levanta las cejas, sonríe y nos pide que entremos, que se ha equivocado de piso.

"Cuesta creer que todas estas habitaciones estén repletas de melómanos"

Los pasillos de la primera planta están vacíos. También los de la segunda y la tercera. Ni un ruido. Cuesta creer que todas estas habitaciones, unas 30 por piso, 104 en total, estén repletas de melómanos a dos horas de un gran concierto. Una vez, en Badalona, vi al matrimonio propietario de mi hostal huir calle abajo antes de una actuación de The Killers. Dejaron un cartel a sus 50 inquilinos: “Os dejamos espacio para que disfrutéis del concierto. Pasadlo bien y bebed lo que queráis CON CUIDADO. Este es mi móvil por si necesitáis algo, pero que no me llamen los Mossos, por favor”.

Los Mossos la llamaron antes del concierto; después se personaron en el hostal y casi se llevan a tres inquilinos franceses detenidos por lanzar botellas de cristal a un patio interior.

Pasillo dentro del Hotel Madrid

De vuelta al hotel, al ver la habitación los 70 euros nos parecen muchos. Las camas son rígidas, como si no estuviesen pensadas para dormir, en la nevera solo hay una botella de agua del tiempo y las almohadas apestan a limpiador industrial. Mención aparte merecen las mesillas, testigos de una batalla épica entre hotel e inquilinos por la más noble de las cruzadas: evitar a toda costa el uso de los ceniceros. La dirección ha colocado unos enormes, modelo ‘negociaciones de la Transición’, pero los cigarros siguen apagándose sobre la madera, en una preciosa analogía con el estado de las autonomías que me ahorraré por el bien común.

Teníamos también unos comentarios sobre el baño, pero no nos dejan emitirlos en este horario.

Mesilla del interior de la habitaciónBaño de la habitación

Y por la ventana, en ladrillo visto, un pasillo del complejo con preciosas vistas a un cajero del Banco Popular. Cierro la ventana y por un momento quedamos en silencio. A lo lejos, amortiguada por muchos tabiques, se escucha música y tacones sobre gres; es como si tres pisos más arriba terminase una convención de asiáticos sobre las ventajas de la viagra en su versión más empírica. “En la sala de música se lo toman en serio”, dice Pablo, el fotógrafo, asumiendo que las imágenes de esta noche las tendrá que sacar con el móvil. Es curiosa la situación de este dispositivo: se trata de la herramienta menos discreta que ha poseído el ser humano, capaz de tumbar a un presidente con un jotapegé y, sin embargo, lo único que le prohibimos es que haga ruido en el cine.

22:20. Bajamos a cenar al restaurante. Tiene capacidad para 40 o 50 mesas, pero la mayor parte de la sala está apagada y vacía; solo hay luz sobre la barra, en una esquina, de modo que cenamos en silla alta. Es lo más apropiado para los platos combinados y la galería de bocadillos que ofrecen, servidos en tres minutos con su envoltorio para los que van retrasados en la ruta.

"A lo lejos se escucha música y tacones sobre gres"

Barra en el restaurante del hotel

Porque ya empezamos a sospechar que el cuatro estrellas es un hostal de camioneros, y justo entonces 8 o 10 especímenes perfectos de ‘homo transportensis’ llegan al mismo tiempo. Hablan en inglés con distintos acentos europeos. Comen, ríen y vacilan a la camarera, Irina, con comentarios que producirían combustiones en el tuiteromatriarcado, pero aquí nadie se asusta. Es un juego. Rudo, pero juego: a Irina se la ve ducha y maneja la situación mandando al carajo en lenguas recónditas sin perder la sonrisa. Tanto Pablo como yo nos hacemos preguntas sobre el pasado de Irina que no llegamos a expresar.

Clientes en el bar del hotel

23:50. Nos ponemos con las cervezas. La camarera nos insta a aprovechar, porque en 10 minutos pasan a costar 9 euros. Señala a un cuadro en el que se detallan precios y horarios de una gran discoteca aplicados a un salón oscuro repleto de camioneros.

La whisquería, o sala de música para otros miembros del hotel, está a pocos pasos. Es una puertecita pequeña enfrente de la recepción, sin ventanas ni adornos; por los flujos de personas se intuye que es el epicentro del complejo. Muchos salen, sacan dinero del cajero que se ve desde nuestra ventana y regresan rápidamente. Todos van acompañados. Cuando dan las 12 los camioneros del restaurante, cual Cenicienta, peregrinan hacia la whisquería “porque son los mismos precios y al menos allí hay chicas”, dice uno de los transportistas, que ha venido desde República Checa para escuchar a los Muse y poner cara a muchos compañeros que solo reconoce por la emisora. “Aquí los camioneros estamos muy a gusto”, dice mientras se lía un porro.

Acceso a la whisquería

El complejo es el paraíso del camionero. Tienen un bar que emite fútbol de apertura a cierre, un restaurante sin horarios y varias mesas alrededor de oficinas vacías donde poder beber, gritar y fumar lejos de cualquier mirada. Y luego está la whisquería.

01:27. Hace rato que sabemos qué vamos a encontrar en la whisquería, pero entramos igualmente por puro compromiso con la información y, también, para comprobar si esas cosas que nos contaron siempre amigos de amigos son ciertas. Cierro la puerta y empiezo a contar. Al menos hay 50 clientes y otras tantas prostitutas. Parece el lugar que escogería Granados para cerrar un acuerdo.

"En cuestión de minutos el alcohol y la testosterona harán efecto"

La dinámica es sencilla: entra el cliente por la parte de la izquierda y se acerca a la barra, que es el coto de caza de las chicas. Basta con una mirada para seducir a cualquiera. “Qué menos que te lo pongan fácil después de toda la jornada girando la rueda. Nos tomamos unas cervezas y cada uno decide qué hacer”, dice Luis, un camionero recién llegado de Elche. Ha traído a un compañero búlgaro que, pese a debutar en la whisquería, se maneja a las mil maravillas. “Ya he entrado una vez y ahora va la segunda. No duermo, eso mañana”, chapurrea en español.

Después cliente y trabajadora se retiran a una esquina; él se bebe la copa, ella le mete la mano en la bragueta como si fuese parte de la conversación. Curiosamente estos dos sectores, camioneros y prostitutas, comparten un conocimiento por encima de la media sobre la situación geopolítica de los países de Europa del Este. En cuestión de minutos el alcohol y la testosterona harán efecto y ambos se perderán por una pequeña puerta a la derecha de la barra. Parece un reservado, pero el tráfico humano sugiere que detrás han abierto un Primark de 12 plantas.

Interior de la whisquería

Por esa puerta se accede al montacargas que, gracias a las puertas de emergencia, separa las zonas civil y militarizada del hotel.

02:43. Llevamos poco más de una hora en la whisquería y no queda nadie de los que estaban cuando llegamos. Casi todos los clientes que han ido entrando por la puertecita nunca salieron. Muchos prefieren abandonar el edificio por la recepción del hotel por si las moscas (¿qué moscas?). Las chicas sí han ido regresando al bar, de modo que Pablo y yo estamos casi solos ante la jauría humana. De repente nuestro desinterés, forjado a base de driblar miradas, deja de surtir efecto y dos chicas vienen a por nosotros. Cada una coge a uno del brazo y lo aleja del otro; el método que usaba la Gestapo para interrogar sigue funcionando en escenarios underground.

Fabia, mi súbita pretendiente, es de Moldavia y tiene 24 años. Al principio me pide 120 euros más el precio de la habitación, pero al cuarto de hora desploma sus tarifas y me saca el catálogo especial para pardillos: “Me encanta hablar contigo, pero es una tontería que lo hagamos aquí, con tanto ruido. ¡Ni siquiera se puede fumar! Mira, te cobro la mitad, nos subimos a una habitación y charlamos una horita, sin tocarnos si tú quieres”. Informativamente la oferta tiene sentido, pero la rechazo al no verme capaz de pasarle este gasto al periódico.

La joven moldava, como nosotros, tiene que pagar la habitación a 70 euros, de forma que necesita al menos un cliente por noche para entrar en beneficios. Esta noche lleva tres y sostiene que si un día se quedase sin ellos se retiraría a plantar lechugas. Cree que algunas de sus compañeras ya no están para estos trotes y se ven obligadas a seguir porque no se han planteado su futuro. Eso no le sucederá a ella, dice, porque acaba de llegar al país y ya ha conseguido ahorrar dinero: “¡Tengo para un coche! ¿Quieres un coche? Jajajaja… muy bien tendrías que follar”. Está contenta en el hotel: trabaja con muchas compañeras —”ocupamos tres plantas”— y se siente protegida por los seguratas, “que nos respetan y nos tratan puta madre. Se dice así, ¿no? ¿Puta madre?”.

Un cliente retirando dinero de un cajero

Felipe es un viejo conocido en la whisquería. Los seguratas aguantan el chaparrón de improperios resignados, fingiendo no hacerle caso, pero corren tras él cuando se decide a coger el coche.

05:30. Una noche más Felipe dormirá en uno de los sofás de la recepción, hostigado puntualmente por las prostitutas que regresan a sus habitaciones. “No te mees encima esta vez”, “te bajo unas sábanas por 25 euros”, bromean. Felipe no responde; suficiente tiene con mantener el vaso horizontal y no meter la nariz dentro.

Felipe en un sofá de la recepción
Un cliente hablando con las chicas de la whisquería

De repente, los flujos migratorios se invierten. Todos los que estaban en la whisquería trasvasan a la cafetería, que ha recuperado los precios pre Cenicienta y huele a café recién hecho. Es el cierre de función: las chicas han cambiado las nanofaldas por pijamas en tonos pastel y los clientes el calentón por un cruasán a la plancha. De los ascensores surge algún ejecutivo acompañado de varias chicas para reponer fuerzas, pero aquello ya no es lo que era, sino una cafetería más de Vallecas.

06:20. Acabamos de desayunar y nos vamos. La posibilidad de pasar la noche en las camas del hotel de lujo ya no se valora. Fuera, los camiones de Mercamadrid están en marcha y han bloqueado la salida de cualquier coche. Mientras se resuelve el atasco, echamos un último vistazo al hotel, una mole de cinco pisos coronada por cuatro estrellas de neón. Pablo cuenta mentalmente los que están dedicados a las chicas y calcula durante unos segundos: “Hotel de lujo, dicen. Tío, ¡esto es el Marina D’Or de las putas!”.

Amanecer en el hotel