una institución única en españa

La cofradía milenaria que recoge a los muertos en Zaragoza para "darles cariño"

La Hermandad de la Sangre de Cristo está formada por 50 miembros elegidos por votación secreta

Foto: Los hermanos de la Sangre de Cristo sostienen velas durante una ceremonia en su capilla. (Jorge Sesé)
Los hermanos de la Sangre de Cristo sostienen velas durante una ceremonia en su capilla. (Jorge Sesé)

La misma gente que recogía a los muertos en Zaragoza durante el reinado de Pedro III el Grande, hijo de Jaime I el Conquistador, sigue levantando cadáveres en la Zaragoza de nuestros días. Se trata de la Hermandad de la Sangre de Cristo, una cofradía fundada en 1280 y que hoy, 736 años más tarde, continúa siendo uno de los pilares sociales de la capital de Aragón. Ninguna institución medieval ha sido capaz de sobrevivir en España con tanta salud y, sobre todo, tanta relevancia. Lo único que varía es que ahora, en lugar de monjes, es gente corriente la que se ofrece voluntaria para participar en las escenas más crudas de la vida.

He aquí la situación habitual: un furgón de la empresa funeraria, la que haya ganado el concurso público en ese municipio, acude a levantar a las víctimas de un accidente de tráfico, suicidio, homicidio o cualquier muerte no natural. En Zaragoza también acude un furgón, pero ahí terminan los parecidos. El lateral del vehículo no luce una firma comercial, sino una cruz cristiana cubierta por una sábana santa. Del interior no bajan dos sobrios operarios de la empresa, sino un 'hermano receptor' y, en ocasiones, un joven aspirante. Ninguno de ellos cobra un céntimo por aparecer, consolar a la familia y llevarse el cadáver. Lo hacen por puro altruismo. Su misión: darle una última compañía al recién fallecido en su tránsito al más allá y reconfortar a los allegados sobre el mismo lugar de la tragedia. 

El furgón de la Sangre de Cristo en el incendio de una residencia donde murieron ocho ancianos. (EFE)
El furgón de la Sangre de Cristo en el incendio de una residencia donde murieron ocho ancianos. (EFE)

 

“Cargamos con la responsabilidad de 800 años de historia, somos un oasis medieval en plena globalización. No se conservan documentos, pero todo indica que hubo una peste o un suceso muy grave en Zaragoza que requirió de la ayuda de la hermandad para recoger y dar sepultura a los cadáveres. Esa labor se continuó haciendo a lo largo de los siglos hasta llegar a nosotros”, cuenta Ignacio Giménez, hermano mayor de la Sangre de Cristo y gerente de una empresa metalúrgica. “Por estatutos no podemos ser más de 50 hermanos. Y todos son elegidos siguiendo la tradición medieval, es decir, por fabeación. Cada hermano deposita una piedra (en la antigüedad eran habas) dentro de una caja que tiene a su vez dos cajones, uno para las piedras blancas en caso de voto positivo y otro para las negras si el voto es negativo”. El requisito principal para que un aspirante sea admitido en la hermandad es haber demostrado madurez para soportar el encuentro con la muerte, empatía con los familiares en el momento de la desgracia y profesionalidad para gestionar el traslado siguiendo la normativa legal.

"Somos un oasis medieval en plena globalización"

Entre los 50 hermanos hay funcionarios, autónomos, estudiantes, comerciales. Cada día y cada minuto del año debe haber al menos uno de guardia. Trabajan en turnos de una semana, de viernes a viernes, 24 horas pendientes del teléfono. Cuando reciben la llamada del juzgado de guardia con las instrucciones, acuden en el furgón de la hermandad junto a un chófer y un camillero. Eso implica que todos los hermanos, excepto los ya jubilados, realizan entre una y dos semanas de guardia al año, con jornadas que casi siempre implican al menos un levantamiento (Zaragoza registró 590 muertes no naturales en 2015). “Tienes que acondicionar tu vida laboral para poder salir de inmediato cuando recibes la llamada del juzgado de guardia. Aquellos a quienes su trabajo no les permite esa flexibilidad, cogen vacaciones la semana que les toca hacer guardia”, aclara Giménez.

Miembros de hermandad durante una ceremonia. (Jorge Sesé)
Miembros de hermandad durante una ceremonia. (Jorge Sesé)
Interior de la capilla de la hermandad, en la iglesia de San Cayetano. (Jorge Sesé)
Interior de la capilla de la hermandad, en la iglesia de San Cayetano. (Jorge Sesé)

 

“Todos los casos son duros, pero lo son especialmente cuando tienes que recoger a un niño pequeño o consolarle porque acaba de perder a sus padres. Eso es profundamente doloroso y se te queda grabado en la retina por mucho tiempo”, confiesa Nacho Navarro, un periodista que con sólo 30 años es ya uno de los hermanos más relevantes. “Lo que nos diferencia de una funeraria es que nosotros, al realizar ese acompañamiento al fallecido, aportamos ese cariño y esa humanidad al tratar con el cadáver, como si fuera un familiar o un conocido. Y en verdad muchas veces ocurre que al llegar a un accidente descubres que le conocías, o entre sus familiares te encuentras a un amigo. Cada llamada del juzgado te crea mucha tensión, porque no sabes a quién te puedes encontrar. Mi peor experiencia, por ejemplo, ha sido tener que recoger a uno de mis mejores amigos en un accidente de tráfico”, recuerda.

“Todo el horror que te puedas imaginar, multiplícalo por dos y tendrás lo que tenemos que vivir casi cada día”

Asesinatos, cuerpos descuartizados o carbonizados, accidentes de tráfico que ponen los pelos de punta, desesperación a pie de cadáver. “Todo el horror que te puedas imaginar, multiplícalo por dos y tendrás lo que tenemos que vivir casi cada día”, afirma Navarro. “Pero esto no es abrir un saco y meter el cadáver, con todo el respeto a las funerarias. Lo que la gente valora de nosotros, y por eso nos aprecia, es esa cercanía que no puede dar una empresa. La gente nos conoce y sabe que ante cualquier desgracia nosotros vamos a estar ahí para acompañar a su ser querido y apoyar a la familia, bien sea informándoles sobre el procedimiento o evitando que el momento de llevarnos el cadáver sea aún más duro. Lo que no quita que seamos profesionales y cumplamos todos los requisitos de trazabilidad, protección de riesgos y todos los cursos reglamentarios que se le exigen a cualquier empresa”, apunta, por su lado, el hermano mayor.

El futuro está asegurado

“Cuando explico a la gente que estoy aprendiendo a levantar cadáveres algunos no lo entienden. Pero yo estoy muy orgulloso de lo que hace la hermandad. Mi sueño es ser admitido como hermano y desempeñar este servicio tantos años como mi situación personal lo permita”, dice José María García, un joven abogado de 23 años. A su edad, ha visto más muertes violentas de las que recomendaría cualquier psicólogo. “Para mí hacer esto es tan sencillo como devolverle a la sociedad parte de lo que me da. Tengo los beneficios de pertenecer a un grupo de personas, y creo que lo correcto es dar algo de mí a cambio. No es tan distinto al que ofrece su solidaridad en una ONG”, explica.

García es aspirante desde hace tres años, pero los estatutos exigen una edad mínima de 25 años para poder convertirse en hermano receptor. Si lo consigue, será la quinta generación de su familia en formar parte de la Sangre de Cristo. Hasta que se produzca esa vacante, acompaña en las guardias y aprende. Sólo tiene a un aspirante por delante en la lista de espera. Luego le tocará a él saber si los 50 hermanos valoran con una piedra blanca o una negra su candidatura. Hay otros ocho aspirantes de entre 20 y 30 años de edad soñando con formar parte de esta venerada cofradía. Un dato que “tranquiliza” a Ignacio Giménez, el hermano mayor, que ve como la juventud de Zaragoza no olvida sus deberes para con sus fallecidos.

Los cofrades en el interior de la iglesia de San Cayetano. (Jorge Sesé)
Los cofrades en el interior de la iglesia de San Cayetano. (Jorge Sesé)

 

En su 736 años de historia, los hermanos de la Sangre de Cristo las han visto de todos los colores. Han sobrellevado epidemias, han acompañado a reos al cadalso para luego recoger sus cuerpos, incluso han recibido una bula papal para, en tiempos de gran mortalidad, poder cubrir con una sábana y dar sepultura a los muertos sobre la misma linde del camino. “Yo llevo 26 años en esto y nunca llegaré a acostumbrarme”, reconoce Giménez. “No es fácil ser hermano de la Sangre de Cristo. Llegas a lugares donde la situación es muy tensa, donde el estado del cadáver puede ser horrible… Y todo eso te ayuda a valorar la vida. A pensar ‘pues quizá no me tendría que quejar tanto'”. Navarro secunda esa sensación: "Comprendes que la vida es una suerte y en un segundo puede desaparecer todo. He visto familias de cinco miembros fallecer en un accidente, o jóvenes de mi edad fulminados por un infarto. También te deja marca recoger a ancianos que llevan semanas muertos en sus casas sin que nadie se acuerde ellos. Te hace desear que nunca termines así, en plena soledad”.

El momento de mayor tensión de la cofradía, sin embargo, no ocurrió durante ningún accidente sino en el interior de un despacho. Fue en 2010, cuando la competencia del levantamiento de cadáveres pasó del Ministerio del Interior al Gobierno de Aragón. En ese punto, se trató de sacar a concurso público el servicio en Zaragoza. “Nos movilizamos y en menos de dos semanas conseguimos 50.000 firmas, entre ellas la del entonces alcalde Juan Alberto Belloch. Toda la ciudad se volcó para que no nos quitaran el servicio. Somos parte de la historia de esta ciudad, hacemos algo único, y la gente así lo entendió”, rememora el hermano mayor. Y concluye: “Es sorprendente que una institución medieval haya mantenido su estructura y su relevancia social hasta nuestros días. Por eso es tan especial ser uno de los 50 hermanos de la Sangre de Cristo, el saber que para la gente de Zaragoza es lo más normal del mundo que uno de nosotros acuda a acompañar a un ser querido. Es algo que, creo, todos querríamos para nosotros, que alguien nos diera esa mano cálida en el momento de nuestra muerte”.

 

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