feria de san isidro

El Cid conversador

Cuando uno no quiere dos no pelean. Manuel no tuvo enemigos ni para lucirse ni para inmolarse. Ni una tanda destacable, ni una voltereta con saña, ni un momento emocionante. Nada

Foto: El torero español Manuel Jesús 'El Cid' durante una faena. (EFE)
El torero español Manuel Jesús 'El Cid' durante una faena. (EFE)

Plaza de toros de Las Ventas. 29º festejo de la Feria de San Isidro. Lleno. 6 Toros de Victorino Martín, de 504 a 566 kilos. Cárdenos en sus distintas tonalidades, bien presentados sin los excesos de otras épocas. En general pobre juego y muchas dificultades para practicar las suertes del toreo. Imposibles en capote y banderillas. Recibió una cornada en la axila Pirri en el quinto. Muy cortos en general en la muleta.

Manuel Jesús El Cid de azul pavo y oro, que lidió la corrida en solitario, obtuvo el siguiente balance: seis silencios consecutivos y pitos fuertes al final que resumían la frustación de todos los partícipes en la tarde.

 

Camino de diez siglos llevan las glosas que compendian y alaban las cualidades bélicas de El Cid original y campeador. Cid, en apelativo musulmán de señor, reconocimiento indiscutible y sorprendente para la época de sus principales enemigos; y campeador por su afición a la reconquista y a las batallas campales de esa terrible Edad Media castellana que le tocó vivir.

No creo que dure diez minutos la recopilación de todas las crónicas, alabanzas, criticas o simplemente opiniones que generen la que se presumía gran batalla campal de San Isidro entre un reconocido señor contemporáneo del toreo y los habitualmente infieles, peleones y otrora aterradores victorinos. Y es que el enemigo este viernes fue incómodo, nulo para las banderillas e intratable para el toreo pero, ademas, no resultó suficientemente bravo ni valiente ninguno de los de dos cimitarras por cabeza como para considerar lo vivido como una histórica batalla campal ni reconquista honrosa o memorable del toreo. Guerra de guerrillas como mucho en el primero o en el cuarto contra toros que aparentaban no querer embestir, no querer coger, no querer pasar ni a la muleta ni a la historia de una estirpe tantas veces alabada y reconocida por sus aguerridas cualidades.

El torero Manuel Jesús 'El Cid' entra a matar a su primero. (EFE)
El torero Manuel Jesús 'El Cid' entra a matar a su primero. (EFE)

Rodrigo Díaz, de Vivar Burgos, en realidad se lió la manta a la cabeza por su cuenta y derecho y un poco al margen del poder establecido de la época y, probablemente por y gracias a la pasividad de dicho poder, consiguió componer un imperio propio dentro de Castilla que le hizo señor de tierras desde su pueblo natal a Valencia o al límite de Despeñaperros. Similares motivaciones parecía tener este viernes su homónimo de luces, liándose el capote a sus arrestos y anunciando a los cuatro vientos su batalla particular contra los fieros enemigos sarracenos en busca de su propio reino en el toreo. Un reino con suficiente reconocimiento y poder con los empresarios y las aficiones y que, en lugar de tierras se premia con contratos, en lugar de títulos se compensa con anuncios en los mejores carteles de las ferias y en lugar de súbditos se cuenta con seguidores incondicionales del típico y apreciado toreo castellano que este nuevo Cid lleva demostrando los últimos catorce años de reconquista. Aunque es verdad que demostrándolo más con la muleta que con la espada, a diferencia de su antecesor.

Pero no salió bien la apuesta. Cuando uno no quiere, dos no pelean. Manuel no tuvo enemigos ni para lucirse ni para inmolarse. Ni una tanda destacable, ni una voltereta con saña, ni un momento emocionante, ni una agresividad asustante. Nada.

Voluntad no faltó, preparación sobraba, predisposición hasta del publico apreciamos al principio... hasta el tercero eso sí, que creer asistir a una batalla y presenciar conversaciones educadas, respetuosas y cabales, parece que decepciona un poco pasada la primera hora de chasco. No llegó a las dos horas el parlamento y a  las nueve menos cuarto abandonábamos todos el campo de batalla con la sensación de haber acudido a un parlamento. Alguna voz elevada en el segundo, algún improperio suelto en el quinto, silencios incómodos en el sexto fue lo más que alteró la dialéctica, el intercambio de opiniones y la exposición de los argumentos de los toros y del torero. Más elevado fue el tono de la discusión con los banderilleros que pasaron los peores ratos de la tarde. Esperando, cortando y acelerando a traición los bureles de Victorino pusieron en serios apuros a los rehileteros y les afearon sus cualidades y valías hasta dejar a algunos al borde del ridículo. Hasta un fuerte puñetazo en la mesa dieron los cárdenos en forma de cornada en la axila del pobre Pirri que aún salió agradeciendo que la amenaza no pasara a mucho mucho más.

Los aficionados arrojan almohadillas al ruedo al término de la corrida. (EFE)
Los aficionados arrojan almohadillas al ruedo al término de la corrida. (EFE)

El Cid no pudo reconquistar nada. Tendrá que pelear para que los seis silencios y los icomprensibles pitos finales no le resten posesiones ni contratos porque no sería nada justo. Los de Victorino se retiran a sus cuarteles con la obligación de pensar alguna estrategia si no quieren ser expulsados definitivamente de la Península Ibérica por falta de plantear batalla.

Batalla no hubo, pero esta santa guerra afortunadamente continúa...

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