“YA NO VIENEN CON TARJETAS DE EMPRESA”

La verdad sobre el sexo pagado y el Mobile World Congress en la noche de Barcelona

Es la última noche del Mobile World Congress, y aquí estoy, en un bar de copas para comprobar si las prostitutas de Barcelona están ‘haciendo su agosto’

Foto: Varios visitantes en el Mobile World Congress de Barcelona. (Reuters)
Varios visitantes en el Mobile World Congress de Barcelona. (Reuters)

Es la última noche del Mobile World Congress, y a medio kilómetro del restaurante de la calle Tuset donde el invitado estrella del congreso –Mark Zuckerberg– celebró el cumpleaños de su mujer, estoy yo, sentado en un taburete, disfrutando de un gin-tonic de 15 euros y hablando con una chica de 33 años con rizos y los labios pintados para que parezcan operados.

Estoy en el Paris Nuit, un bar de copas de la zona alta de Barcelona, para comprobar si, como se ha reflejado en multitud de medios en las últimas semanas, las prostitutas de Barcelona están ‘haciendo su agosto’ con el Mobile. El evento ya es para las tecnologías de la comunicación lo que la Comic Con a los cómics o el E3 a los videojuegos, y no hay duda de que, al igual que ocurre en San Diego y Las Vegas, la ciudad de Barcelona se beneficia de los ingresos del MWC. Y no estoy hablando solo del Desigual del aeropuerto.

Este año, con sus más de 80.000 visitantes durante cuatro días, la mayoría de ellos hombres y extranjeros (¿qué es lo contrario de estar de Rodríguez?), el MWC 2014 supone un incremento de ingresos importante para el negocio del sexo en la ciudad. Al menos sobre el papel. Así que el jueves, con la cabeza llena de escenas de El lobo de Wall Street y la cartera no tan llena como debería, salí a la calle a ver qué se cocía.

Fotografía de archivo de una prostituta. (Reuters)
Fotografía de archivo de una prostituta. (Reuters)
“El lunes fue bien, sí, pero el resto de la semana ha sido bastante regular”, me cuenta Quique, el encargado del bar, quien me recibe, junto a su hermano Toni, que trabaja la puerta desde hace cinco años. Juntos hacen una pareja un tanto extraña, una versión mediterránea de Los gemelos golpean dos veces. Quique es alto, moreno y delgado, y Toni, bajito, redondo, calvo y rubio. (“¿Así que tú eres el menor?”, bromeo. “Menor en estatura, sí”, responde).  

Pregunto si han notado un aumento de clientes extranjeros esta semana que exceda de lo habitual. “Pues hay dos ahora mismo”, me responde Quique con ojos brillantes. “Se han llevado dos chicas y una botella de ron. No sé de dónde son, pregúntales tú cuando salgan”, remata, y me dirige una sonrisa lasciva.

Por dentro el local consta de una zona de barra de no más de 40 metros cuadrados, y de cuatro habitaciones privadas tras una cortina que las chicas alquilan por 30 euros la hora después de haber pactado un precio con el cliente. No es el local de alterne más grande, ni el más famoso de la ciudad, pero sí es suficientemente representativo de los cerca de 3.000 bares que afloran en el centro.  

Congregadas en la zona de la barra hay unas 11 o 12 chicas (“más de lo normal”, me asegura Quique). Algunas hablan entre ellas, pero muchas están sentadan en la barra, bebiendo combinados a sorbos, pegadas a las pantallas de sus smartphones, silenciosas y concentradas. Hablo con Dana, una chica dominicana que lleva dos años trabajando en el turno de noche, después de haberse quedado en paro. Al contrario de lo que se comenta en las noticias, el efecto MWC ha pasado de largo para ella.

Fotografía tomada en un nightclub. (Reuters)
Fotografía tomada en un nightclub. (Reuters)
“La gente, incluso la que viene de fuera, ya no tiene dinero que gastar. O si lo tienen, no lo quieren gastar porque es suyo, ¿me entiendes?” Obviamente, no la entiendo. “Ya no vienen con las tarjetas de la empresa, que podían usar para todo, y nadie les preguntaba en qué lo habían gastado”. Echando un ojo al ratio de hombres-mujeres en la sala, es difícil no darle la razón.

Otro mito que me desmiente Dana es que los extranjeros pagan más. “No les puedes timar”, me dice. “Si vienen, saben lo que hay que pagar”. ¿Saben negociar? “Sí. Y antes podías cobrarles los extras, pero ahora ni eso” (el ligero olor a heces en el aire me dice todo lo que tengo que saber sobre los extras, y que algunas aún los siguen cobrando).

Son casi las tres y el bar está casi tan desierto como lo estaba hace tres horas cuando entré. Pero antes de que me vaya, Dana me proporciona otra explicación para la falta de negocio. “Hay más chicas”, dice resignada. Y vuelve a su teléfono, un Samsung Galaxy desde el que envía whatsapps sin parar. Parece que la realidad está dando una vuelta de 180º al alegato de la prensa sobre la estrecha relación del impacto económico del MWC 2014 y las trabajadoras de la industria del sexo. Aquí, solo ganan los operadores de telefonía móvil. Y los Zuckerberg, claro. 

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