DECÍA LO QUE MUCHOS DE LOS COLABORADORES DEL PRESIDENTE CALLABAN

Pitina, 42 años marcando el camino a Florentino

La muerte es cruel pero cuando llega sin avisar se convierte en despiadada. María Ángeles Sandoval, Pitina (62 años) llevaba luchando seis años contra una enfermedad

Foto: Pitina, 42 años marcando el camino a Florentino
Pitina, 42 años marcando el camino a Florentino
La muerte es cruel pero cuando llega sin avisar se convierte en despiadada. María Ángeles Sandoval, Pitina (62 años) llevaba luchando seis años contra una enfermedad que por momentos parecía superada aunque de vez en cuando se dejaba notar enviando señales para que nadie se olvidara de ella. La vida había dado a la esposa de Florentino Pérez una segunda oportunidad. El destino quiso que un reconocimiento médico detectara un cáncer. No bajó los brazos, peleó, luchó y encontró un punto de convivencia entre el dolor y la vida. Merecía la pena.

Las ganas de seguir disfrutando de la familia, de esa misma que se reunía casi todas las semanas en el restaurante 'El Babero' como antes hacían en 'El Telégrafo', era el apoyo y la medicina moral que necesitaba para aparcar el sufrimiento que lleva toda enfermedad. Pero como decíamos, la muerte es traicionera y decidió presentarse en forma de infarto de corazón, en su casa, a cinco metros de un hospital. No tuvo en cuenta la pelea de estos últimos seis años. Decidió aparecer sin avisar, mientras descansaba en su domicilio.

Se dice que detrás de un gran hombre, de una gran mujer, siempre hay alguien que da ese punto de equilibrio, de cordura a las decisiones que le han llevado a dominar la vida profesional. Pitina fue ese apoyo, esa consejera que durante 42 años guió el camino de Florentino Pérez, la encargada de dar las collejas necesarias al presidente del Real Madrid y de ACS cuando se obstinaba en cometer errores, como el de entrar a formar parte del mundo de la política, primero con el partido Reformista y después con UCD. A Pitina no le gustaba esa vida y e invitó a Florentino a abandonarla. Ya saben que en muchas ocasiones los que rodean a este tipo de personas se limitan a decir lo alto, lo guapo y lo bien que hace las cosas el protagonista. Ella no era así, ni con Florentino Pérez, ni con el que se cruzara por delante. Sincera al máximo, no se cortaba en dar un toque a su marido o a Ronaldo, el gordito, Figo, Zidane, Hierro o CR7, más con los primeros, los más cercanos a ella. Esos toques terrenales servían a Florentino para regresar a la tierra. Parecía que no estaba pero siempre aparecía en los momentos duros o cuando, simplemente, era necesaria su presencia, especialmente en el mundo del fútbol, su tercera pasión tras la familia-amigos y el punto de cruz.

Nada que ver con otras primeras damas al uso, Pitina no respondía al arquetipo de mujer del rico de turno. Natural y espontánea, le bastaron seis meses para contraer matrimonio con Florentino Pérez, con el que tuvo tres hijos Over, Chivo y Cuchi. Eso fue hace 42 años. Desde ese momento, se convirtió en la luz que daba claridad a la vida del entonces amante del cine (se apuntó a la Escuela de Dirección de cine y fundó la Guía del Ocio) y del Real Madrid, gusto en el ambos coincidían. Trabajó en El Corte Inglés antes de dar paso a su pasión, al arte del bolillo. Abrió una tienda que sirvió de tapadera de informales reuniones de amigas, alrededor de una mesa camilla y con muchas confidencias como compañeras de punto.

La discreción, una de sus mejores cualidades

Muchas de las alumnas, esas que pagaban 90 euros al mes, desconocían su condición de primera dama blanca. Jamás ha ejercido de ello. Bueno, sí, cuando rodeada de sus mejores amigas como Solín, esposa de Nicolás Martín Sanz, o Nuria González, esposa de Fernández Tapias, se sentaba en una mesa de la Cruz Roja, Cáritas o lo que fuera necesario. Impartía clase de punto de cruz, ése que le acompañaba a todos los sitios a dónde viajaba. La escena de ver a Pitina durante las doce horas de viaje a Japón con el Real Madrid dándole al bolillo, se convirtió en habitual. Los jugadores hasta se interesaban por eso de las agujas. Con toda naturalidad, con la misma con la que se fumaba un cigarro, algo que dejó de hacer en el momento en el que le detectaron la enfermedad. Sus caprichos se reducían a unos días en Miami a primeros de año y a pasar fines de semana en Mallorca en cuanto llegaba el buen tiempo. Antes en el barco, llamado Pitina por cierto, y ahora en su casa.

Sus últimos días no invitaban a pensar en un fatal desenlace. El jueves de la pasada semana se compraba un biquini cerca del Bernabéu, el domingo estaba en Cádiz presenciando el partido del Castilla, el lunes en un concierto del José Manuel Soto, el martes por la mañana en El Corte Inglés, justo antes de ir a descansar a su domicilio y recibir la visita nunca deseada, la de la más odiada.
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