Historia de un empresario con trastorno bipolar: de la felicidad absoluta a la carta de despedida
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UN ASESOR FISCAL QUE ESTUVO A PUNTO DE PERDERLO TODO

Historia de un empresario con trastorno bipolar: de la felicidad absoluta a la carta de despedida

Antonio es asesor fiscal. No hay apellido porque Antonio no quiere que nadie conozca el trastorno que padece. Piensa que, de hacerse público, perjudicaría a su

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Historia de un empresario con trastorno bipolar: de la felicidad absoluta a la carta de despedida

Antonio es asesor fiscal. No hay apellido porque Antonio no quiere que nadie conozca el trastorno que padece. Piensa que, de hacerse público, perjudicaría a su cartera de clientes. Antonio es un empresario de éxito, con empleados a su cargo, y sufre una enfermedad mental: trastorno bipolar, un trastorno orgánico debido a un deficiente funcionamiento de las estructuras cerebrales encargadas de regular el estado de ánimo, que llevan al enfermo a tocar los dos polos opuestos del ánimo: la manía y la depresión.

 

Tiene 50 años y diferencia claramente dos etapas en su vida. Hasta los 44 años disfrutó de una “felicidad absoluta” pero en enero de 2005 todo cambió. Un amigo, sabedor de que Antonio llevaba años realizando inversiones inmobiliarias para después comprar nuevas viviendas, le habló de unos maravillosos lofts que un amigo de éste iba a poner a la venta en Madrid.

Manía

Nada más verlos, Antonio se “enamoró” y, en vez de comprar uno, decidió adquirir todos los que quedaban: medio centenar a 250.000 euros cada uno, ‘precio amigo’. Al interesarse por el lote completo podía disfrutar de un 15% de descuento pero, a pesar de su solvencia económica, carecía de los doce millones de euros necesarios para cerrar la operación. Convenció a alguno de los mejores clientes de su despacho de lo “interesante” de la operación y constituyeron una sociedad a tal efecto.

Aquí comenzó su infierno y el primero de siete días seguidos sin dormir, trabajando de noche, mezclando ideas, pensando en diez cosas a la vez… Incluso llamó a todos sus amigos para pedirles dinero para los famosos lofts. “Si en algún momento quieres saber cuántos amigos tienes, llámales y pídeles dinero. Tengo que reconocer que tengo un puñado de buenos amigos”, recuerda.

Pasaba de un tema a otro “a velocidad de vértigo” y se propuso zanjar todos sus problemas a la vez: hijos, mujer, amigos, clientes, relaciones con empleados, inversiones e incluso ideas políticas. Hasta que en una cena con varios matrimonios cayó en que lo que le ocurría no era normal. “Sólo hablaba yo”.

Su mujer también se dio cuenta de que algo no marchaba bien y, con la excusa de ella no lograba pegar ojo, por el desvelo de él, le llevó al psiquiatra.

Primera cita y diagnóstico: trastorno bipolar. Fueron 50 minutos en los que no dejó hablar al especialista, al que incluso intentó vender uno de los loft. “Estás en fase de manía. Tenemos que controlarlo con medicación. El motivo de tus 44 años de felicidad absoluta se deben a que tu estado de ánimo siempre ha estado por encima de lo normal”. Receta de Risperdal y nueva cita a ocho días vista.

Estabilidad

Para el décimo día la medicación logró su efecto (“la velocidad de los pensamientos se reduce y se centran las ideas”, explica) y Antonio sintió “pánico” de la operación inmobiliaria para la que había convencido a sus clientes y deshizo la operación. No hubo pack. Los lofts se vendieron individualmente. No todos. Perdió dinero, pero seis años después lo agradece.

Manía

Dos años después sufrió su segunda fase de manía. Era enero. Carga de trabajo, tareas acumuladas. Vio una vivienda en la venta y la compró para instalar allí su nueva oficina. Antes había firmado ante su psiquiatra que no volvería a hacerlo. De nuevo pensamientos disparados, actividad frenética, noches en vela -con el consiguiente desequilibrio-, visitas al especialista, más medicación. El Risperdal volvió a tener su efecto. La compra de la vivienda no había sido una buena idea. 60.000 euros menos en su cuenta bancaria.

Depresión

Dos meses después llegaría la cara B de su trastorno: una depresión que él, conocedor de casos más graves sufridos por compañeros con los que asiste a terapia en la Asociación Bipolar de Madrid (c/General Zabala, 14), denomina como “moderada”: imposibilidad para concentrarse, pérdida de confianza en uno mismo, de la autoestima, de la esperanza y de las razones para seguir viviendo (si es que a eso se le puede llamar vida).

Apenas hablaba, no oía. Se convirtió en una persona desmoralizada que sólo quería aislarse y que llegó a sentirse “culpable de mi desdicha”.

Los problemas se agrandaban y las soluciones se reducían. Seguía acudiendo a su despacho. Pedía que no le pasaran llamadas y estaba horas sin hacer nada. Llegó incluso a colocar ante sí un folio en blanco para redactar su última carta, pero antes de comenzar a escribir recayó en sus deudas, en su mujer, que no trabajaba, y en sus hijos, ambos estudiantes universitarios.

Estabilidad

Hoy, al recordar a antiguos compañeros suyos de la asociación, repite que “no hay motivos para atentar contra la propia vida”, pero entonces “no tenía energía, se había agotado mi pasión, mi ilusión, mis ganas de vivir”.

Un año después, aconsejado por su psiquiatra, comenzó a tomar litio y hasta hoy es lo único que consume. “No necesito tomar ningún antidepresivo ni estabilizador del ánimo complementario”. De lo que sí requiere es, como el resto de afectados, de la ayuda de un psiquiatra, del apoyo de la familia y de la terapia que recibe en la asociación.

Si bien es cierto que hay personas con trastorno bipolar que pasan por experiencias muy doloras y traumáticas (ingresos hospitalarios, recaídas continuas, bajas laborales, despidos, divorcios, incluso el suicidio), también lo es que existen casos como el de Antonio, que conviven con la enfermedad llevando una vida normal. Porque aunque no hay dos casos iguales (ni dos enfermos con la misma medicación) hay diferentes divisiones de la bipolaridad: clase I, clase II, ciclotímicos, con fases mixtas y cicladotes rápidos.

Enfermedad guardada en el armario

De igual forma, hay enfermos que deciden comunicar públicamente su trastorno y otros, como Antonio, que lo mantienen en el más estricto de los secretos: mujer, hijos, psiquiatra, compañeros de la asociación y dos amigos.

Sabe que amigos suyos han perdido su empleo y es consciente de que él perdería clientes “porque la sociedad actual no está preparada para admitir a un enfermo mental con normalidad. Porque palabras como psiquiatra o manía asustan y porque el estigma y la discriminación social hacen más daño incluso que la propia enfermedad”.

Antonio cree que, de ser posible, es mejor no hacer público el trastorno. Él lo tuvo fácil al no requerir de ingresos hospitalarios ni bajas laborales. Es más, “a mí, por ejemplo, no me gustaría que el abogado que me lleva las cuentas fuera bipolar, o que mi psiquiatra sufriera el trastorno, porque pasamos de la euforia a la depresión; de un extremo a otro”.

“Sé que si en 2005 hubiera confesado mi trastorno a mis amigos y clientes, hoy sólo mantendría a los primeros, y en tiempos de crisis no sería muy conveniente para un hombre de 50 años como yo”.

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