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La Sierra de Guadalajara esconde un ecosistema salino a 1.000m de altura
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LAS SALINAS DE IMÓN, EN PELIGRO DE OLVIDO

La Sierra de Guadalajara esconde un ecosistema salino a 1.000m de altura

Las salinas de Imón son un hito histórico cuya vida se ha congelado, como sucede en las fotografías. En su día, las que fueran referencia de

Foto: La Sierra de Guadalajara esconde un ecosistema salino a 1.000m de altura
La Sierra de Guadalajara esconde un ecosistema salino a 1.000m de altura

Las salinas de Imón son un hito histórico cuya vida se ha congelado, como sucede en las fotografías. En su día, las que fueran referencia de producción en la Edad Media; y las actuales: en forma de instalaciones productivas del siglo XVIII, que se ven reducidas a ruinas olvidadas en mitad de la Sierra de Sigüenza (Guadalajara).

Estos pequeños embalses, extrañamente ordenados, suponen una rareza del patrimonio preindustrial español. Están localizados en un micro ecosistema natural salino, a 400km de la playa más cercana y a unos 1.000m por encima del nivel del mar y, en torno a ellos, y en las orillas del Río Salado, se pueden encontrar plantas propias de un ecosistema de costa, amén de diversos microorganismos y crustáceos -como la artemia salina (parthenogenetica)- que viven exclusivamente en aguas hipersalinas.

El complejo, propiedad del Condominio de Propietarios de las Salinas de Imón y de La Olmeda, está abandonado desde hace años. Algunos hablan de un cierre de la producción entre 1993 y 1996. Otros, de un abandono total ocho años atrás. Según Jesús Carrasco, miembro de la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior, las de Imón fueron adquiridas el 10 de septiembre de 2006 por una empresa de Guadalajara, que compró una parte mayoritaria de sus participaciones. Actualmente, la sal se utiliza para despejar el asfalto de las carreteras colindantes en las grandes heladas. Se desconoce el uso que se les dará a medio o largo plazo.

Caminar por sus estrechas calles es hacerlo por un recinto fantasma. Rocas, maderas, tejas, tubos y canales, permanecen congelados por la nieve y el tiempo, a la espera de que alguien los rescate. Entre las piscinas de sal, encharcadas por agua de lluvia ya congelada, se distinguen los calentadores de los recocederos, custodiados por casetas octogonales que en su día sirvieron para extraer la salmuera de los pozos subterráneos.



Hoy, las puertas entornadas de las casetas permiten el paso de todo el que se aventure. Su planta, levantada a propósito con ocho paredes, permitía construir en su interior una noria con la que un animal pudiera dar vueltas en torno a un pozo extractor, con el cual llenar las piscinas para dejar que éstas se evaporasen, dejando al alcance de la mano la preciada sal.

Sus casi 24 hectáreas (algo irrisorio a nivel del mar, pero impresionante en el interior), están protegidas como Patrimonio de Interés Cultural. Bajo el régimen de monumento, similar al que pueda tener una catedral o una iglesia. Para Carrasco, esto las convierte, no en un problema, pero sí en un nudo “que está protegido, pero nada más”. Al igual que la flora del lugar, las construcciones se encuentran blindadas por la Junta, lo que evita cualquier tipo de actividad; pero también las iniciativas.

“Cada año que pasa, el tiempo y el clima las hacen más y más daño
. Como un apartamento cerrado; que resiste mucho peor el paso del tiempo que uno en uso”, lamenta Carrasco. “Cada vez hará falta más dinero y será más difícil recuperarlas”.

Y no están escondidas. Si se conduce por la carretera comarcal CM110, desde Sigüenza hasta Atienza, a medio camino y a la altura de la carretera, las Salinas de Imón abren sus puertas a cualquier visitante. Hoy, sus sales sólo sirven para derretir el hielo de las carreteras. Sin una valla que las proteja, cualquiera puede acceder a ellas.

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Las salinas de Imón son un hito histórico cuya vida se ha congelado, como sucede en las fotografías. En su día, las que fueran referencia de producción en la Edad Media; y las actuales: en forma de instalaciones productivas del siglo XVIII, que se ven reducidas a ruinas olvidadas en mitad de la Sierra de Sigüenza (Guadalajara).

Estos pequeños embalses, extrañamente ordenados, suponen una rareza del patrimonio preindustrial español. Están localizados en un micro ecosistema natural salino, a 400km de la playa más cercana y a unos 1.000m por encima del nivel del mar y, en torno a ellos, y en las orillas del Río Salado, se pueden encontrar plantas propias de un ecosistema de costa, amén de diversos microorganismos y crustáceos -como la artemia salina (parthenogenetica)- que viven exclusivamente en aguas hipersalinas.

El complejo, propiedad del Condominio de Propietarios de las Salinas de Imón y de La Olmeda, está abandonado desde hace años. Algunos hablan de un cierre de la producción entre 1993 y 1996. Otros, de un abandono total ocho años atrás. Según Jesús Carrasco, miembro de la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior, las de Imón fueron adquiridas el 10 de septiembre de 2006 por una empresa de Guadalajara, que compró una parte mayoritaria de sus participaciones. Actualmente, la sal se utiliza para despejar el asfalto de las carreteras colindantes en las grandes heladas. Se desconoce el uso que se les dará a medio o largo plazo.

Caminar por sus estrechas calles es hacerlo por un recinto fantasma. Rocas, maderas, tejas, tubos y canales, permanecen congelados por la nieve y el tiempo, a la espera de que alguien los rescate. Entre las piscinas de sal, encharcadas por agua de lluvia ya congelada, se distinguen los calentadores de los recocederos, custodiados por casetas octogonales que en su día sirvieron para extraer la salmuera de los pozos subterráneos.



Hoy, las puertas entornadas de las casetas permiten el paso de todo el que se aventure. Su planta, levantada a propósito con ocho paredes, permitía construir en su interior una noria con la que un animal pudiera dar vueltas en torno a un pozo extractor, con el cual llenar las piscinas para dejar que éstas se evaporasen, dejando al alcance de la mano la preciada sal.

Sus casi 24 hectáreas (algo irrisorio a nivel del mar, pero impresionante en el interior), están protegidas como Patrimonio de Interés Cultural. Bajo el régimen de monumento, similar al que pueda tener una catedral o una iglesia. Para Carrasco, esto las convierte, no en un problema, pero sí en un nudo “que está protegido, pero nada más”. Al igual que la flora del lugar, las construcciones se encuentran blindadas por la Junta, lo que evita cualquier tipo de actividad; pero también las iniciativas.

“Cada año que pasa, el tiempo y el clima las hacen más y más daño
. Como un apartamento cerrado; que resiste mucho peor el paso del tiempo que uno en uso”, lamenta Carrasco. “Cada vez hará falta más dinero y será más difícil recuperarlas”.

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