‘EL BOTONES DE KABUL’

David Jiménez retrata en su primera novela el conflicto de Afganistán, el Vietnam del siglo XXI

David Jiménez no quería escribir una historia de reporteros. Sí, hay reflexiones sobre el mejor oficio del mundo, pero esto no es un Territorio Comanche posmoderno,

David Jiménez no quería escribir una historia de reporteros. Sí, hay reflexiones sobre el mejor oficio del mundo, pero esto no es un Territorio Comanche posmoderno, ese ajuste de cuentas que escribió Arturo Pérez Reverte cuando se despidió de Televisión Española. Jiménez jamás pensó que su primera novela tendría como escenario un hotel desvencijado y sus protagonistas serían dos afganos y un estadounidense. Pero la guerra le marcó. ¿Resultado? El botones de Kabul (La Esfera de los libros, 2010). Este es su Corazón de las tinieblas.

Todo empezó un septiembre de hace nueve años. El periodista vivía en aquel instante en Hong Kong (ahora reside en Bangkok). Tras los atentados contras las Torres Gemelas, El Mundo, el diario donde trabaja desde octubre de 1998 como corresponsal en Asia, le envió a Afganistán. Un mes estuvo cubriendo la guerra. Pidió un relevo. Le sustituyó Julio Fuentes, que murió asesinado. El enviado especial volvió a Afganistán. Recogió el cadáver de Fuentes y estuvo mes y medio más en aquel Vietnam del siglo XXI.

El escenario cruel, la carretera Kabul-Jalalabad, marcó el destino de Fuentes. Y el de Jiménez. Esta ruta, denominada El Embudo, por sus claustrofóbicos 147 kilómetros, se sitúa en el eje central de una novela que empieza justo antes de la caída del régimen talibán en un país, que como dice un personaje de la historia, “ningún extranjero ha podido dominar”.

La historia, que empieza lenta y luego avanza en un ritmo trepidante trufado de creíbles diálogos, arranca en la habitación 603 del hotel Intercontinental. Allí se aloja Frank Golkamp, un tipo que llega a la capital afgana para hacer negocios. Golkamp conoce a Unai, “el hombre que no ha vivido ni un día sin guerra”. Viajan a Islamabad y allí le sorprende el 11S.

La novela es el retrato de una insólita amistad que nace en Kabul, una ciudad que ya existía desde hace 3.000 años cuando en Estados Unidos “iban con patarrabos”, como recuerda Golkamp un inquietante y siniestro personaje de El botones de Kabul.

David Jiménez es un reportero “pacifista”  que ha cubierto revueltas y guerras. Dueño de una prosa directa, sin barroquismos, directa al corazón, como ya demostró en su primera obra Hijos del monzón (Kailas, 2007), heredera de la fuerza narrativa de los maestros del periodismo literario, se estrena como contador de historias de ficción.

El botones de Kabul se representa como una suerte de road-movie bélica en un territorio que sufre tres décadas seguidas de guerra. Una historia triste, cruel, no exenta de algunos pasajes de humor e ironía. Jamás cinismo. Él sabe, como escribió Kapuscinski, que esa actitud no sirve para este oficio. No es una novela de batallitas de periodistas, pero sin su experiencia como reportero de guerra jamás podría haber escrito sobre la guerra que desangra al país del Hindu Kush.

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