LOS RESTAURADORES CATALANES, CONTRA EL ‘ACOSO’ ORIENTAL

Chinos en busca de bares: ofrecen 170.000 euros en billetes grandes por cada traspaso en Barcelona

“Ya no sé cómo decírselo. Llevan viniendo todos los días desde hace un mes. Son muy educados y siempre te preguntan: ¿Por cuánto dinero nos traspasaría

Foto: Chinos en busca de bares: ofrecen 170.000 euros en billetes grandes por cada traspaso en Barcelona
Chinos en busca de bares: ofrecen 170.000 euros en billetes grandes por cada traspaso en Barcelona

“Ya no sé cómo decírselo. Llevan viniendo todos los días desde hace un mes. Son muy educados y siempre te preguntan: ¿Por cuánto dinero nos traspasaría su negocio, que vemos que funciona bien? Quieren que les traspase el bar por 170.000 euros y lo más curioso es que están dispuestos a pagar en metálico”. Así se expresa a El Confidencial, Pedro, el responsable de un bar situado a proximidad de la Avenida Diagonal de Barcelona.

 

La alarma ha saltado. O nabo de Lugo, por poner un ejemplo, no es ya un bar de un gallego emigrado en los años 60 ó 70. Es de un ciudadano de una remota región de China. Tiene el mismo letrero, la misma decoración, los mismos reclamos... pero distinto personal. Los empleados son orientales. La tortilla española se conserva como plato preferido, igual que el bocata de jamón o los callos. Pero algo ha cambiado.

 

La Asociación de Establecimientos de Restauración en Barcelona calcula que los empresarios chinos gestionan, en estos momentos, más de 1.500 bares en Barcelona y prevén nuevas aperturas en barrios como Les Corts, Sarrià, San Andrés, Sant Martí, Poblenou y Horta-Guinardó. “La sepia, las bravas o la puntilla han dejado de ser un misterio para los chinos, que no sólo cocinan sus platos de comida típica sino que han adaptado sus menús con tapas y cocina mediterránea con marisco y pescado”, asegura un propietario de un bar de Sarrià que también ha sido visitado por tres empresarios chinos que le proponían asumir el traspaso del bar por 170.000 euros, también pagando en metálico. La situación ha llegado a tal extremo que la asociación se reunirá en los próximos días con el Ayuntamiento barcelonés para discutir el tema y que se ponga remedio a la presión oriental.

 

El problema viene de hace unos años, cuando los empresarios chinos que residen en la capital catalana comenzaron a extender sus negocios por la ciudad: peluquerías, locales de importación textil, locutorios, restaurantes… pero la novedad es que la crisis económica y el aumento de la presión policial para controlar la llegada de productos falsificados desde China de prendas textiles ha provocado que estos empresarios hayan cambiado sus prioridades: ahora buscan preferentemente gestionar bares en Barcelona.

 

“Se presentan todos los días tres personas que piden hablar con el propietario o el responsable del bar y aseguran poder pagar hasta 170.000 euros en billetes grandes para asumir la gestión del establecimiento. Ya no puedo aceptar más esta práctica y nos movilizaremos para que el Ayuntamiento regule estas actuaciones sobre los bares porque a veces nos incomodan”, asegura Pedro.

 

Lo cierto es que la comunidad china no lo ha tenido fácil para desarrollar sus negocios en Barcelona los últimos años. Comenzaron a proliferar sus negocios textiles comprando locales en la calle Trafalgar, en el centro de la ciudad. Hasta que, hace tres años, los vecinos y las asociaciones de comerciantes llevaron sus protestas ante el consistorio barcelonés al considerar que el aumento de los locales chinos vendiendo prendas textiles más baratas al por mayor y al detalle suponía una competencia desleal.

 

En el trasfondo de la polémica estaba la preocupación tanto de vecinos como de comerciantes de que las tiendas chinas “invadían” las locales gracias a que el Ayuntamiento abrió la mano a la concesión de licencias de apertura.

 

Tras esta polémica, las autoridades municipales –con el alcalde socialista Jordi Hereu al frente- pusieron freno a las tiendas textiles chinas. Consecuencia: ahora los empresarios asiáticos buscan aumentar su presencia en barrios fuera del Ensanche barcelonés, o sea, de los barrios del centro de la ciudad, con la gestión de bares y restaurantes.

 

Compra masiva de establecimientos

 

Este diario ha comprobado en otro barrio de Barcelona, en Sant Andreu, muy cerca de la Avenida Meridiana donde Adif realiza las obras de la futura estación del AVE en La Sagrera, que en cinco bares se ha producido la misma visita de empresarios chinos en busca del traspaso del establecimiento. “A mí no me molestan, lo que sí que ocurre es que somos testigos del cambio de modelo tradicional de bar de barrio. Desde hace cinco años, los 50 bares que existen alrededor de la Avenida Meridiana con el cruce de Fabra i Puig han cambiado de manos y ahora están siendo gestionados por chinos. No pasa nada, pero en definitiva se ha pasado de un trato más próximo a un servicio frío y donde proliferan otros productos que no atraen tanto al consumidor barcelonés”, asegura Juan.

 

En los años 80, los farolillos rojos delataban la prodigiosa expansión del arroz tres delicias entre los paladares de todos los barrios de Barcelona. Con el mayor control sobre las prendas textiles, los chinos que se quedan en la ciudad –la mayoría aún de la región de Xinjiang–, prefieren gestionar tiendas minoristas de ropa económica, bazares, estética y, cómo no, nuevos bares y restaurantes. Barcelona sabe cada vez más a tapas, a comida al wok, a bocadillos con aspecto tradicional pero preparados por manos asiáticas. Ante esta nueva invasión, el presidente de la Unión de Asociaciones Chinas y referente del colectivo en Barcelona, Lam Chuen Ping, destaca que los chinos tienen un espíritu de sacrificio y trabajo que los convierte en idóneos herederos de bares tradicionales (reproducen la oferta que encuentran y no tocan ni los rótulos) donde no hay relevo generacional. 

Sociedad
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