LLEGAN LOS NUEVOS ANARCOCAPITALISTAS

Impuestos no, drogas y prostitutas sí

Para ellos, Aznar y sus amigos de la FAES son una panda de pusilánimes, Esperanza Aguirre no tiene el valor necesario para llevar a cabo las

Foto: Impuestos no, drogas y prostitutas sí
Impuestos no, drogas y prostitutas sí

Para ellos, Aznar y sus amigos de la FAES son una panda de pusilánimes, Esperanza Aguirre no tiene el valor necesario para llevar a cabo las reformas que de verdad hacen falta y Bush no es más que un militarista keynesiano. Para ellos, deberíamos vivir en un mundo en el que los impuestos estarían prohibidos, en el que se desregularía el mercado laboral, se privatizarían la sanidad, la educación y el sistema de pensiones, se suprimirían las subvenciones y los aranceles, se liberalizaría por completo el suelo, se cerrarían los Bancos Centrales y se volvería al patrón oro.

 

Ellos son los llamados liberales radicales o anarcocapitalistas. Sus grandes figuras provienen, sobre todo, del ámbito anglosajón, y es en esos territorios donde han cuajado con más solidez las enseñanzas de Ayn Rand, Ludwig Von Mises, F. A. HayekLysander Spooner y, sobre todo, Murray RothbardDavid Friedman, quienes llevan las creencias liberales a su máxima expresión. Es cierto que su influencia en España ha sido escasa, pero también lo es que la tendencia está cambiando. De una parte, porque el liberalismo es la ideología de moda entre muchos jóvenes; de otra, porque el triunfo liberal en muchos de los centros de reflexión internacionalmente influyentes está proporcionando a los anarcocap espacios en los que crecer y desarrollarse.

 

Sin embargo, el radio de acción de los anarcocap abarca mucho más allá de lo descrito. Su filosofía, según el Catedrático de economía política de la Universidad Rey Juan Carlos, Jesús Huerta de Soto, “se sustenta en la  defensa del individuo contra el Estado. y parte de la conciencia, expresada claramente por la Escuela austriaca, de que es imposible organizar una sociedad desde arriba en base a mandatos coactivos; siempre que se quiere imponer algo se acaba fracasando”.

 

Esta defensa frente a la injerencia estatal tiene múltiples expresiones, ya que, como asegura Albert Esplugas, “el liberalismo es simplemente la sistematización de dichos populares como "vive y deja vivir" o "tu libertad empieza donde acaba la de los demás". Para ser liberal basta con preferir la cooperación, los intercambios voluntarios y la persuasión a la coerción y la imposición. La vida, al fin y al cabo, solo tiene sentido si eres tú el que decides qué hacer con ella. ¿Qué derecho tienen los demás a decidir por ti?”

 

Esplugas es uno de los fundadores del instituto Juan de Mariana, una institución independiente que tiene como objetivo el análisis de asuntos públicos, que está dando cabida al anarcocap en España y que representa como pocos las nuevas y peculiares alianzas que están teniendo lugar en la derecha. Porque, ¿cuántos liberales españoles estarían de acuerdo con la traslación a la vida privada de los postulados que aplican en lo económico? ¿Cuántos convendrían con Esplugas en que “hay que

legalizar las drogas, la prostitución y la tenencia de armas, despenalizar el suicidio asistido y derribar las barreras a la inmigración?”.

 

Libertad para elegir

 

Ciertamente no demasiados, ya que para buena parte de la derecha esos son asuntos peliagudos que conviene tratar con más firmeza que tolerancia. Pero Esplugas, responsable de www.albertesplugas.com, blog que mantiene activo desde Londres, ciudad en la que trabaja, señala que la imposición no suele ser buena: “La libertad también puede usarse mal, y ese es el pretexto que utilizan los paternalistas para protegernos de nosotros mismos. Pero lo que para uno es un vicio (por ejemplo, el consumo de drogas) puede que no lo sea para otro, y en cualquier caso solo si tenemos libertad para elegir y aprendemos de los errores podemos llegar a ser personas responsables. El paternalismo, como su nombre sugiere, trata a los adultos como niños y fomenta la dependencia”.

 

Hay quienes afirman, no obstante, que esas fricciones no tienen demasiada importancia. Como argumenta Huerta de Soto, católico practicante y uno de los defensores españoles del anarcocap, “lo bueno de este sistema es que defiende la libertad para todo el mundo, también para los católicos”. En síntesis, el sistema anarcocap propone la desaparición del Estado y su sustitución por diferentes agencias no territoriales, a las que cada cual se suscribiría en función de las creencias que mantenga y de los recursos que posea. Cada una de ellas tendría sus propias leyes y sus mecanismos previstos en caso de incumplimiento de las mismas (las funciones de justicia y policía, por lo tanto), con lo que bastaría adscribirse a aquella que tuviese las normas morales adecuadas a nuestras creencias para que los problemas actuales desapareciesen.

 

Sin embargo, por más que se quiera señalar una posibilidad abierta de entendimiento en ese mundo futuro, lo cierto es que las discrepancias entre ambas posturas vitales son grandes. Esplugas recuerda que el liberalismo y el conservadurismo se aliaron por conveniencia para defenderse de la amenaza comunista, lo que, aunque ha proporcionado algunas ventajas, “también ha tenido costes en forma de mala influencia: muchos liberales son excesivamente indulgentes con el militarismo y relegan las llamadas “libertades personales” a un segundo plano, enfatizando solo las libertades económicas. La asociación con el conservadurismo atrae a gente de ascendencia conservadora, pero al mismo tiempo aliena a los potenciales liberales de tendencia progresista”.

 

En contra del plan de rescate de los Bancos Centrales

 

Ahora bien, donde sí existen notables puntos de conexión, es en las posturas relativas a la redistribución de la renta, aunque ni siquiera aquí se da la plena coincidencia entre conservadores, liberales y anarcocap. Para unos, las aportaciones al Estado sólo son necesarias en la medida en que éste debe proveer un mínimo imprescindible a sus ciudadanos, incluyendo la tarea de asegurar el orden público frente a enemigos interiores y exteriores. Para los liberales radicales, no lo son en absoluto. “El argumento ético es que la redistribución equivale a un robo. Da igual el fin al que el ladrón quiera destinar el botín. Que el objeto del ladrón (del Estado) sea ayudar a los más necesitados (en realidad son otros grupos de presión los primeros beneficiados) no justifica privar a las personas del producto de su trabajo. ¿Significa eso que los necesitados deben ser abandonados a su suerte? No a menos que uno crea que la única forma de ayudar a los demás pasa por el robo. A mí se me ocurren muchas otras formas de ayudar a la gente”.

 

Por esas mismas razones, los anarcocap tampoco ven con buenos ojos que los Estados acudan al rescate de las entidades financieras en la presente crisis, que aseguran producto de la política de tipos bajos seguida por los Bancos Centrales. “Los agentes económicos”, asegura Esplugas, “se guiaron por tipos de interés que no reflejaban el volumen de ahorro real de la sociedad. Así se creó una burbuja que no era sostenible en el largo plazo (por falta de ahorro), y acabó estallando. La crisis es el período de depuración de esas malas inversiones”. Y desde luego, afirman los anarcocap, insistir en esa perspectiva no solucionará las cosas. “Estos rescates masivos y estas nuevas rebajas de tipos sólo echan más leña al fuego. Como de costumbre, se pretende solucionar un error del intervencionismo con más intervencionismo. Ya pasó en el 29 y vuelve a pasar”.

 

Eso sí, no sólo se limitan a criticar la situación, sino que aportan sus propias recetas. Según Huerta de Soto, todo se arreglaría si “se eliminasen los bancos centrales, se privatizase el dinero introduciendo el oro como patrón puro y se estableciese un código-coeficiente de caja del 100% para depósitos a la vista”. Hay quien apunta que, además, debería darse una amnistía fiscal para que floreciese el dinero oculto o por reestructurar las entidades bancarias. Sin embargo, más allá de medidas concretas, hablamos de una ideología que mira con malos ojos al Estado y que, antes que salvar al sistema, prefiere que éste desaparezca para que surja uno nuevo. Lo resume Esplugas: “No se me ocurre ningún ámbito en el que un grupo de burócratas dando órdenes pueda hacerlo mejor que millones de personas cooperando y compitiendo entre sí con sus ideas y sus recursos”.
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