La ciencia rara vez habla en blanco y negro. Y, en este caso, la historia es más matizada. Varios trabajos recientes han reactivado el debate sobre cómo ciertos tipos de grasas (en especial las ricas en omega‑6, como el ácido linoleico) podrían influir en procesos biológicos relacionados con el cáncer.
Los aceites de semillas hacen referencia a las grasas extraídas de semillas vegetales como la canola, el maíz, el algodón, la soja, el girasol o el salvado de arroz, entre otros. Huelga decir que el aceite de oliva y el de aguacate no son aceites de semillas, porque provienen de la propia pulpa del fruto, no de la semilla. El foco se lo lleva en este caso el ácido linoleico, un omega‑6 abundante en muchos aceites de semillas al haber sido relacionado con la proliferación tumoral en contextos concretos. Pero que exista un mecanismo plausible no equivale a que, en condiciones normales, ese aceite 'cause cáncer' por sí solo.
Respecto al cáncer próstata, un estudio en hombres con cáncer de próstata temprano en 'vigilancia activa' es uno de los ejemplos. Los investigadores compararon una dieta habitual frente a otra con menos omega‑6 y más omega‑3, además de suplementos de aceite de pescado. Para medir los cambios, los expertos usaron Ki‑67, un marcador de proliferación celular. Tras un año, Ki‑67 bajó en el grupo de cambio dietético y subió en el grupo de control. Esto sugiere una asociación entre ajustar las grasas y ralentizar la división celular en tejido tumoral. Ante todo, no prueba que 'el aceite X cause cáncer', ni nada similar. Es más, los propios investigadores piden más estudios y recuerdan que otros parámetros (como el PSA, grado tumoral) no cambiaron en un año.
En cuanto a su asociación con el cáncer de mama triple negativo, un estudio del centro médico Weill Cornell Medicine llevó a cabo una serie de experimentos en ratones alimentados con una dieta alta en ácido linoleico, con tumores mayores que en los ratones de control. Sin embargo, los expertos de este trabajo también piden que se interpreten con cuidado los resultados. No se trata de evitar a toda costa estos aceites, sino tener moderación con ellos y selectividad especialmente en personas de alto riesgo.
En cuanto a su relación con el cáncer de colon, en otro trabajo de investigación reciente publicado en la revista Gut que analizó tumores de pacientes con cáncer de colon, se encontraron concentraciones más altas de ciertos lípidos bioactivos asociados al metabolismo de aceites de semillas. Todo ello lo enmarcan en el aumento de cáncer colorrectal en jóvenes y lo relaciona con dietas ultraprocesadas.
La respuesta de la evidencia nutricional
La literatura científica es clara. La ciencia apoya incorporar aceites de semillas en una dieta equilibrada y es que hay que tener en cuenta que el ácido linoleico es esencial; el cuerpo no lo produce; sin él pueden aparecer problemas de piel, caída de cabello y alteraciones del crecimiento infantil. Además, el gran villano dietético suele ser el ultraprocesado, no el aceite por sí solo. Estos productos concentran calorías, sal, azúcares y a veces grasas saturadas; y, además, pueden incluir aceites hidrogenados, menos saludables. Con todo, cambiar grasas saturadas (como la mantequilla) por insaturadas (como los aceites vegetales) puede mejorar riesgo cardiovascular.
Entonces, ¿por qué hay tanta confusión?
Los aceites de semillas aparecen mucho en la comida rápida y en los alimentos ultraprocesados porque son baratos y neutros de sabor, lo que crea un sesgo. Si una dieta ultraprocesada se asocia a peor salud, es tentador culpar a uno de sus ingredientes más visibles. Pero nutricionalmente, no es lo mismo. La dieta no es mágica y no reemplazará el control regular del cáncer pero lo que comes podría ser más importante de lo que se creía. Para quienes se encuentran en vigilancia activa, el consejo es muy sencillo: reduce el consumo de alimentos fritos y ultraprocesados.
La ciencia rara vez habla en blanco y negro. Y, en este caso, la historia es más matizada. Varios trabajos recientes han reactivado el debate sobre cómo ciertos tipos de grasas (en especial las ricas en omega‑6, como el ácido linoleico) podrían influir en procesos biológicos relacionados con el cáncer.