Desde hace un tiempo, la comunidad científica y médica advierte sobre una “pandemia silenciosa” de 'superbacterias'. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) habla de resistencia a los antimicrobianos y nombra a los antibióticos, los antivíricos, los antifúngicos y los antiparasitarios.
¿Quizás nos hemos centrado demasiado en las bacterias y hemos dejado de lado a los hongos? Las infecciones fúngicas invasivas afectan a más de 6,5 millones de personas al año y tienen una alta mortalidad. Así lo revela una investigación publicada en la revistaNature Medicine esta semana.
El artículo alerta sobre el aumento de la resistencia a los antifúngicos (AFR) y defiende que debe incorporarse de forma urgente en la actualización de 2026 del Plan de Acción Global contra la Resistencia a los Antimicrobianos (GAP-AMR). En concreto, hablan de cinco pilares basados en concienciación y educación, vigilancia e investigación, prevención y control de infecciones, uso optimizado de antifúngicos e inversión e innovación.
“Es necesario un enfoque One Health[enfoque que integra salud humana, animal y medioambiental], ya que los hongos patógenos humanos encuentran su hábitat natural en el medioambiente, donde la resistencia a los antifúngicos médicos se selecciona mediante la exposición a fungicidas con el mismo modo de acción”, detalla el escrito. "Creo que aún subestimamos la verdadera magnitud del problema. Muchos países carecen de la experiencia y la capacidad de laboratorio necesarias para identificar patógenos fúngicos a nivel de especie", comenta a El Confidencial Paul E. Verweij, primer autor del estudio.
La realidad es que en los hospitales ya ven infecciones fúngicas por hongos resistentes a antifúngicos de primera línea. “Son frecuentes”, explica a este periódico José Miguel Cisneros, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC). “La distribución es muy heterogénea, dependiendo de la epidemiología local. Esto es muy importante porque cada centro debe conocer esta epidemiología para poder adecuar los tratamientos empíricos. Es un problema creciente y tiene una evolución paralela a la de las resistencias bacterianas. Ambas están en aumento”, añade.
Uno de los ejemplos que nombra la investigación es laCandida auris, un hongo multirresistente que causa infecciones graves, frecuentemente en entornos hospitalarios. Desde su detección en Europa en 2014, se han notificado más de 4.000 casos de infección, con un récord de 1.383 en 2023.
La publicación de Nature subraya que la resistencia antifúngica es un problema interconectado entre salud humana, animales, agricultura y medioambiente. También hacen hincapié en el uso de fungicidas en cultivos y de antifúngicos en veterinaria: “Su uso generalizado puede seleccionar resistencias cruzadas a los medicamentos antifúngicos en reservorios ambientales y patógenos humanos”.
El doctor Cisneros expone los motivos por los que estas infecciones son más difíciles de tratar que las bacterianas. “Los hongos tienen una estructura más compleja y requieren de unos fármacos que tienen un perfil de seguridad menor que el de los antibióticos. Además, el arsenal de antifúngicos de que disponemos es mucho más corto que el de antibacterianos”, recalca.
Efectivamente, este es otro de los puntos que recoge la investigación. Actualmente, solo hay tres clases principales de medicamentos antifúngicos disponibles para uso en humanos. Solo una clase, llamada azoles, cuenta con opciones orales; el problema es que ya ha surgido esa resistencia.
En consonancia con el discurso del experto de la SEIMC, el escrito arroja que existen “opciones terapéuticas limitadas” para el tratamiento de las enfermedades fúngicas, y los fármacos disponibles, como la anfotericina B, a menudo causan “múltiples efectos adversos”.
“El acceso a los antifúngicos sigue siendo restringido o inasequible —particularmente en los países de ingresos bajos y medios— y la cartera de agentes con mecanismos novedosos es escasa, con pocos candidatos que avancen a ensayos en fases avanzadas”, especifican los investigadores.
Acerca de por qué las infecciones por hongos van en aumento, Cisneros habla de dos razones principales. La primera es el aumento de los huéspedes, es decir, de los pacientes vulnerables a ellas. “Aunque sea una paradoja, va de la mano de los avances médicos. Los trasplantes y los tratamientos de enfermedades inflamatorias crónicas o cáncer han tenido grandes beneficios en su control, pero tienen un coste: la inmunosupresión”, señala.
Por eso, reconoce que en esa situación el riesgo de adquirir una infección fúngica aumenta y cita al Aspergillus, causante de neumonías complicadas. “En la población general también están incrementando, aunque por hongos menos graves, pero también influye en la resistencia. Un ejemplo serían las candidiasis vaginales que pueden dar lugar a infecciones difíciles de tratar”, destaca.
El aviso que difunde es el siguiente: “Es importante resaltar que uno de los principales factores de riesgo evitables de las infecciones con hongos es el uso de antibióticos. Estos eliminan la flora bacteriana y, en ese momento, la flora fúngica que habita en nuestro cuerpo no tiene competencia: se multiplica y desarrolla más rápido”.
Es decir, para el doctor este es un mensaje “muy poderoso, porque podemos hacer mucho para reducir estas infecciones”. “Hay que evitar el uso injustificado o la utilización de antibióticos de amplio espectro cuando se pueden utilizar los de espectro más reducido”, sostiene.
En definitiva, la investigación de Nature Medicine reclama incluir la resistencia antifúngica en las políticas globales, coordinación internacional entre sectores, la creación de un grupo de trabajo específico y la actuación inmediata para evitar repetir los errores cometidos con la resistencia bacteriana. "Durante mucho tiempo, las enfermedades fúngicas no se consideraron un riesgo para la salud pública y por eso eran desconocidas. La gestión responsable es fundamental para frenar la selección de resistencia a los antifúngicos", concluye E. Verweij.
Desde hace un tiempo, la comunidad científica y médica advierte sobre una “pandemia silenciosa” de 'superbacterias'. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) habla de resistencia a los antimicrobianos y nombra a los antibióticos, los antivíricos, los antifúngicos y los antiparasitarios.