Hace seis años veíamos 'La ventana indiscreta' mientras estábamos confinados
Durante la pandemia escribí un diario. Revisando mis anotaciones, he podido comprobar que hace justo seis años veíamos 'La ventana indiscreta', una película que tiene mucho paralelismo con el confinamiento que padecimos en aquellos días
Sé muy bien la película que mi Santa y yo vimos hace exactamente seis años. Y lo sé porque escribí un diario durante la pandemia. Gracias a él, sé también que ese sábado de 2020, en la UCI, estábamos tan acostumbrados al coronavirus que ya no teníamos miedo al contagio. En mi caso particular, había dejado de usar el mono EPI porque, cada vez que lo utilizaba, acababa mareado y deshidratado por el calor y la sensación de angustia permanente. Nuestro trabajo seguía siendo tan ingrato como descorazonador. No se observaban avances con los pacientes ingresados, cuyas radiografías de tórax eran todas un calco unas de las otras (el resultado de pulmones rígidos y fibrosados, inservibles, terroríficamente enfermos). La sensación de todos en la UCI era la de estar muy lejos de ver la luz al fondo del túnel.
Pero había momentos de esperanza. Ese mismo sábado, a A., uno de nuestros pacientes, le conseguimos quitar el tubo endotraqueal y pudo, por fin, respirar por sí mismo. Fue emocionante escucharle sus primeras palabras, todas ellas llenas de agradecimiento. Estaba eufórico y sus frases eran atropelladas (a veces ininteligibles). Unas horas después, más restablecido, pudimos asistir a uno de los momentos más emocionantes que recuerdo: el momento de su primera videollamada con su mujer, aquella a quien nosotros, a diario, habíamos estado recordando de forma penosa que las probabilidades de que falleciera durante el ingreso eran invariablemente altas. Sin posibilidad de respetar su privacidad (estaba tan débil que tuvimos que aguantarle la tableta durante la comunicación), asistimos a la conversación con su esposa, cuya voz emocionada resonaba en las paredes del box, fuerte, eufórica, entre lágrimas y llena de agradecimiento.
A mitad de semana habían llegado respiradores mecánicos antiguos para equipar las nuevas camas de UCI abiertas debido al repunte de casos. Eran modelos que no veíamos hace más de quince años y que permanecían almacenados en los sótanos de un hospital lejano. Ventilaban a los pacientes tan bien como los otros modelos más modernos. Llamaba la atención que diferían de los modelos actuales en unas pocas y prescindibles funciones (botones digitales y alarmas más estridentes y melodiosas), y llegamos a convencernos todos de que la obsolescencia programada no solo es real, sino que se ha convertido en una maniobra para aumentar el gasto del consumidor en aras de lo que (erróneamente, en muchos casos) se considera como la vanguardia tecnológica.
En casa, esos días, mi Santa y yo manteníamos nuestra confortable rutina. Leíamos, veíamos películas clásicas, y pedaleábamos. Sí, porque después de un exhaustivo estudio de mercado (los precios de las bicis estáticas fluctuaban con usura durante esa época), adquirimos un modelo decente y adecuado a nuestros propósitos de ejercicio durante la reclusión. Ese sábado, en mi diario, quedó anotada la siguiente reflexión: “¿Qué sucede con todos aquellos conciudadanos de media edad que están en casa confinados? Al menos mi Santa y yo vamos a trabajar todos los días, pero, ¿qué hacen los que no salen y no se mueven? Es muy difícil no caer en la desidia y la transgresión dietética constante. ¿Pedalearán como nosotros, al menos? Seguramente no, debido al precio, absurdamente caro (inalcanzable para muchos bolsillos), que han colocado aquellos que aprovechan la desgracia general para especular y enriquecerse (sea una bicicleta en este caso, sean otros artículos de extrema necesidad en estos días, como mascarillas, protectores, medicamentos, desinfectantes, etc.)”.
Aquel sábado de hace seis años detallé que, el día anterior, viernes, había ido al supermercado por primera vez, por consejo de mi Santa (ella era la encargada del abastecimiento y de la intendencia durante esa época), porque consideraba que debía de vivir aquella experiencia, “una bofetada de realidad externa” según sus propias palabras. Y no le faltó razón. Nada más llegar, me sobrecogió la fila de gente silenciosa que esperaba fuera para entrar, separados unos de otros, en aquella acera desierta.
La escena me recordaba a aquellas típicas imágenes de los telediarios cuando comentan noticias de países con regímenes dictatoriales, o en los que hay una guerra en curso, o que existe una carestía global a causa de un desastre natural. Mientras esperaba mi turno, me coloqué bien la mascarilla. En nuestra comunidad no era obligatoria llevarla, pero no tardaría en serlo, porque las determinaciones tomadas en unas comunidades acababan obligando a las otras, como habíamos ido aprendiendo. Además, era consciente de que podía haber vecinos apostados espiando mis movimientos (los apodados como policías de balcón), y sabíamos por las noticias sensacionalistas que algunos de ellos eran capaces de denunciar a los viandantes transgresores de las normas.
Cuando llegó mi turno, atravesé el umbral del supermercado con miedo. Un empleado de seguridad me miró de arriba abajo y me hizo sentir como un delincuente torpe y contaminado. Me señaló un dispensador de gel y yo lo accioné sobre la palma de la mano. Luego lo extendí mientras no podía evitar sentirme nervioso. Me apeteció decirle, “tranquilo, soy médico, tengo PCRs negativas, sé lo que es el virus y cómo actúa, salvo vidas, no tienes nada que decirme que no sepa, lo veo todos los días, no es necesario tanta historia, se transmite sobre todo por gotitas y aerosoles y casi nada por superficies”, pero agaché la cabeza y no dije nada, porque la presión me podía en ese momento y tampoco sabía cómo va a reaccionar (la sociedad estaba vulnerable. Susceptible).
Por los pasillos del supermercado pululamos los clientes como almas en pena. Evitábamos encontronazos, roces casuales y también mirarnos, como si cruzar miradas fuera a delatarnos o, peor, a contagiarnos. El silencio era sepulcral. Cogí un bote de tomate frito, pero, ¡rayos!, no era esa marca que me había pedido mi Santa, así que lo dejé, ¿había hecho mal? ¿Debí desinfectarlo con algo, con la manga, con gel? ¿Me ha visto alguien? ¿Otro cliente lo tocaría después? ¿Debería avisar al encargado? ¿Hubiese sido mejor si tuviese los guantes? Casi todos llevaban, y yo no… ¡Cielos!, espero que no me dijesen nada por no llevarlos. Pero, ¿qué sentido tenía? “Si llevas guantes y tocas algo, en teoría, luego hay que desinfectarlo también, así que, mejor tu piel, que es un protector natural, y luego [tu propia piel] la desinfectas con agua y jabón, que es lo que hacíamos constantemente en la UCI (a muchos les salió un eccema por tal motivo). Además, se había ya demostrado que no se contagiaba por superficies, pero eso, la gente no se lo creía, o no quería creerlo”, pensaba para mis adentros.
Volviendo a casa con las bolsas, observé en un banco unos libros junto a un papel que garantizaba que estaban esterilizados. Me hubiera gustado preguntar a quien los había dejado qué método había utilizado, puesto que me pareció improbable que los hubiera metido en un autoclave, como hacemos nosotros en el hospital con el instrumental quirúrgico. Como me hizo gracia me acerqué para hacer una foto, pero, por supuesto, no me atreví a tocarlos por miedo a que me viese algún vecino asomado o cualquier transeúnte, o incluso policía, que pasase a mi lado en ese momento, y que pudiera considerar reprensible mi sospechosa actitud. Ya en casa, mi Santa me preguntó con simpática malicia: “¿qué tal la experiencia?”, y yo respondí: “estresante”, sin querer entrar en detalles.
Ese sábado por la noche, lo sé por mi diario, vimos otra vez, La ventana indiscreta. Me la sabía de memoria, pero nos apetecía una de las películas más magníficas de la historia del cine. Enseguida me di cuenta del paralelismo que existía con la realidad que estábamos viviendo en estos momentos. El protagonista, James Stewart, enclaustrado en su apartamento (tiene el miembro inferior enyesado a causa de un accidente) mata el aburrimiento espiando a sus vecinos. A través de una sistemática de vigilancia tan rudimentaria como divertida, disecciona la vida de unos vecinos a los que nunca hubiera tomado atención si hubiese tenido su pierna sana, pues en ese caso hubiera estado trabajando, o paseando por la calle, o en el Club Siglo XXI con su maravillosa novia en el film, Grace Kelly.
En cierto momento de la película, llegué a la conclusión de que Stewart es un verdadero policía de balcón como los de la pandemia; esos que se apostaban en las ventanas durante horas, y se dedicaban a señalar y denunciar a quienes se saltan la prohibición de salir de casa, a los que paseaban al perro más de lo debido, o a cualquier viandante que, simplemente, regresaba a su domicilio después de finalizar su jornada (quizás persona sanitario, de servicios, o de las fuerzas del estado) y que, para el Stewart de turno acodado en la barandilla de su terraza, lo hacen de manera sospechosa, debiendo por tanto ser señalados, sancionados, marcados, denostados, a causa de su incivismo. El Stewart de la película telefonea a un inspector de policía amigo suyo varias veces para delatar actitudes sospechosas de sus vecinos, tal y como lo hacían muchos otros confinados pendientes de las acciones de sus congéneres y vecinos.
Para James Stewart los días y las noches pasan como si el tiempo se hubiera detenido, como nos estaba sucediendo a nosotros con la maldita pandemia. ¿Por qué, él, de repente, tiene tanto interés en sus vecinos? ¿No tiene otros hobbies? Gracias al magnífico travelling del inicio, durante los títulos de crédito, Hitchcock nos permite conocer la ocupación profesional del protagonista y ciertos rasgos de su personalidad: fotógrafo audaz, viajero incansable, solitario... Ese tipo de persona al que no se le cae nunca la casa encima. Sin embargo, ahora que está enclaustrado en casa recuperándose de su accidente, espía a sus vecinos, fantasea con sus vidas, se preocupa por su bienestar (e incluso interacciona con ellos en caso de necesidad o peligro para la integridad de alguno de ellos), tal y como nos sucedía a nosotros durante la pandemia con los nuestros.
Paralelismo entre la película y la pandemia
Parecía que, de pronto, nuestros vecinos, eran los únicos habitantes de la tierra; que, de repente, encerrados en nuestras casas, en apartamentos de grandes edificios, tomábamos conciencia de que detrás de las paredes, no solo había gente que nos molestaba de vez en cuando porque hacían ruido a horas intempestivas, sino que, en realidad, vivían otras personas que sufrían, como nosotros, la soledad, la falta de noticias de sus seres ingresados, o la ausencia de los que ya se habían ido a causa del virus, y que necesitaban ayuda. De repente, nos preocupábamos del de la puerta de al lado, a ese o esa a quien habíamos negado sistemáticamente el saludo por determinadas contrariedades vecinales absurdas, y que ahora le dejábamos en el felpudo un túper con lentejas.
Pero, hay más paralelismos, me decía yo a mí mismo, mientras veía la película junto a mi Santa. “¿No ves cómo ellos se arreglan para la cena como nosotros y disfrutan en casa porque no pueden salir fuera?”, le comentaba, mientras observábamos cómo Grace Kelly, elegantísima, recibía la cena que ha encargado al club más exclusivo de manhattan. “Lo dirás por ella, porque él está en pijama” me respondió, con toda la razón. “Cierto, pero ¿cuántos se están arreglando ahora mismo, un sábado por la noche, como si fueran a salir, con el fin de evitar la desidia, el desaliño diario y sentirse así más optimista y menos deprimido?”
El espectador de La ventana indiscreta comparte el espionaje de los vecinos de Stewart junto a él, como si estuviera sentado a su lado. “Son todos los personajes una muestra atemporal de cualquier sociedad actual: los desenfrenados recién casados, la pareja convencional (sin hijos, pero con perro), el matrimonio desarraigado (él viajante, ella enferma y encamada), la soltera sin suerte en el amor, la escultora, la bailarina a quien acosan los pretendientes, el pianista…“, le comento a mi Santa. “El paralelismo con el estado de pandemia es asombroso, puesto que solo vemos la parte de sus vidas que se desarrolla en sus casas y no sabemos, en realidad, qué es lo que hacen cuando salen de ellos (como ahora nosotros que solo vemos a nuestros vecinos a través de las ventanas, encerrados en sus domicilios y no conocemos qué vida hacen fuera de ella)”.
Mis anotaciones en el diario de ese día acaban con esta reflexión: “El final de la película me resulta, también, correspondiente con la realidad de nuestra pandemia. En el caso de Stewart, su confinamiento se prolonga, puesto que ahora no tiene una pierna rota sino dos. En nuestro caso: ¿Habrá una segunda ola como vaticinan algunos y se prolongará nuestra estancia permanente en el domicilio más tiempo aun?
El tiempo respondió a tal pregunta.
Sé muy bien la película que mi Santa y yo vimos hace exactamente seis años. Y lo sé porque escribí un diario durante la pandemia. Gracias a él, sé también que ese sábado de 2020, en la UCI, estábamos tan acostumbrados al coronavirus que ya no teníamos miedo al contagio. En mi caso particular, había dejado de usar el mono EPI porque, cada vez que lo utilizaba, acababa mareado y deshidratado por el calor y la sensación de angustia permanente. Nuestro trabajo seguía siendo tan ingrato como descorazonador. No se observaban avances con los pacientes ingresados, cuyas radiografías de tórax eran todas un calco unas de las otras (el resultado de pulmones rígidos y fibrosados, inservibles, terroríficamente enfermos). La sensación de todos en la UCI era la de estar muy lejos de ver la luz al fondo del túnel.