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La filósofa feminista que lucha contra la gordofobia: "Les recetaron adelgazar, pero lo que tenían era cáncer"
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entrevista a Kate manne

La filósofa feminista que lucha contra la gordofobia: "Les recetaron adelgazar, pero lo que tenían era cáncer"

En esta entrevista, la filósofa analiza por qué el peso sigue leyéndose como una cuestión moral y alerta de las consecuencias de un prejuicio que atraviesa la vida cotidiana, la medicina y la cultura de la dieta

Foto: Kate Manne. (Cedida/Rachel Philipson)
Kate Manne. (Cedida/Rachel Philipson)
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Kate Manne (Australia, 1983) siempre ha querido ser más delgada. Tal era su obsesión que recuerda lo que pesaba en cada época de su vida. Doctorada en Filosofía por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, es profesora asociada de esta materia en la Universidad de Cornell, ubicada en Nueva York. Además, está especializada en filosofía moral, social y feminista y ha desarrollado una obra influyente centrada en el análisis de las estructuras de poder que sostienen la misoginia, el privilegio masculino y, más recientemente, la gordofobia.

Este último aspecto lo trata en su último libro Irreductibles (Capitán Swing, 2026), en el que amplía su campo de estudio hacia la discriminación basada en el cuerpo. De este modo, explora cómo la gordofobia opera en ámbitos como la medicina, el trabajo o la vida cotidiana, y cuestionando la asociación automática entre peso y salud.

PREGUNTA. En el libro introduce una idea muy llamativa: se describe como una “persona pequeña y gorda”, incluso en momentos en los que, según los estándares sociales, “no estaba tan gorda”. ¿Qué revela esto acerca de cómo interiorizamos la mirada social sobre nuestros cuerpos?

RESPUESTA. Creo que es importante reconocer que existen distintos grados de privilegio en la gordura. Así pues, hay personas que pueden superar con creces el tamaño que la sociedad considera adecuado en general para las personas, especialmente para las mujeres, y, sin embargo, pueden seguir situándose en el extremo relativamente más delgado del espectro de la gordura.

Para mí era importante reconocer una gran diferencia entre mi experiencia como alguien que todavía podía, por ejemplo, caber en un asiento de avión y moverse por espacios públicos con relativa facilidad, frente a la de una persona muy gorda, cuya experiencia y grado de marginación es mucho mayor que el mío.

placeholder Portada del libro 'Irreductibles'. (EC)
Portada del libro 'Irreductibles'. (EC)

P. Sostiene que, en los entornos médicos, el mensaje dirigido a las personas gordas suele ser el mismo: perder peso. ¿Hasta qué punto considera que esta respuesta automática es un ejemplo de sesgo gordófobo dentro del sistema sanitario?

R. Una de las cosas que más me interesaban en este libro es cómo la discriminación médica contra los cuerpos gordos es un problema enorme, independientemente de lo que uno piense sobre si es posible estar sano siendo gordo. Aunque yo sí opino que es posible estar sano y tener sobrepeso, sobre todo si se hace ejercicio con regularidad. Sin embargo, algunos científicos hablan de que la condición física importa más que el peso. Eso me parece plausible, pero incluso si no estás de acuerdo, deberíamos preocuparnos mucho por cómo los médicos discriminan a los pacientes obesos.

En el libro cuento historias realmente trágicas de personas a las que simplemente les dijeron que volvieran a casa y adelgazaran, mientras que no estaban diagnosticando sus verdaderos problemas, cáncer en ambos casos. Después, una de las pacientes fue diagnosticada a tiempo y pudo salvarse, pero la otra no tuvo esa suerte y murió a los seis meses porque el cáncer se había extendido por todo su cuerpo. Una vez más, se dio por sentado que simplemente estaba demasiado gorda y que lo único que necesitaba era perder algo de peso. Es decir, el problema real es mucho más grave, pero el médico no ve más allá de eso y da por sentado que lo único que hay que hacer es perder peso.

P. También describe cómo, durante la quimioterapia, mientras el cuerpo de Jen se deterioraba y perdía peso, la gente seguía felicitándola. ¿Por qué la delgadez sigue percibiéndose como un logro, incluso cuando es consecuencia de una enfermedad?

R. Gracias por esta gran pregunta. Existe una idea muy arraigada de que, en lo que respecta al cuerpo de las mujeres, cuanto más delgado, mejor. Y, por desgracia, eso no es así. Sabemos que hay distintos tipos de cuerpo y que, para algunas personas, perder peso solo es posible cuando están muy enfermas. Un cuerpo extremadamente delgado en esos casos no significa que estén mejor, sino todo lo contrario.

Incluso en los casos que analizo, como el de Jen, que estaba muriendo, se celebraba que estuviera perdiendo peso, incluso en la fase terminal del cáncer que acabó con su vida.

Muchas personas gordas evitan ir al médico por miedo a ser avergonzadas, y ese miedo es racional

P. Una de las tensiones más interesantes del libro es la relación entre gordura y salud. Argumenta que los cuerpos gordos pueden ser saludables, al tiempo que rechaza la idea de que deban demostrarlo para ser considerados válidos. ¿Por qué es importante separar estas dos ideas?

R. Los datos médicos epidemiológicos al respecto sugieren que la relación entre el peso y la salud sigue una curva en forma de U. Y, quizá sorprendentemente, las personas en la categoría de sobrepeso del IMC tienen, de media, menor mortalidad y morbilidad. Esto sugiere que tener un poco de peso extra, algo más de carne sobre los huesos, en realidad protege frente a los riesgos de consumirse debido a una enfermedad grave. También podría tener un efecto protector frente a ciertos tipos de enfermedades crónicas.

Ahora bien, es cierto que las personas muy gordas son menos saludables de media, pero también lo son las personas muy delgadas. Sin embargo, no vemos la misma preocupación por quienes están por debajo del peso y esto indica un sesgo.

Otra cosa que vale la pena mencionar es que aún no está claro si el sobrepeso de una persona muy obesa es la causa de su mal estado de salud o si, por el contrario, se trata de una mera correlación. Porque cuando alguien llega a estar muy obeso, hay muchos factores en juego.

Quizá parte de su peor salud se deba a que no reciben una atención sanitaria adecuada, sabemos que están sometidas al estrés de la discriminación y falta de acceso a ocio y ejercicio que son buenas para las personas, independientemente de su tamaño. Todo eso influye.

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P. Escribe sobre el miedo a que la enfermedad se interprete como algo “autoinfligido” por el hecho de ser gordo. ¿Cómo influye esta percepción en la manera en que las personas buscan atención médica o se relacionan con sus propios cuerpos?

R. Muchas personas gordas evitan ir al médico por miedo a ser avergonzadas, y ese miedo es racional. Es una experiencia muy difícil. Además, muchas ni siquiera se identifican como gordas, lo que limita la solidaridad y la acción colectiva.

Algunas se ven como “temporalmente gordas”, como personas delgadas atrapadas en un cuerpo gordo esperando escapar con la próxima dieta, en lugar de aceptar que probablemente lo serán a largo plazo y exigir un trato justo.

P. Sugiere que la delgadez no es solo un ideal estético, sino normativo. ¿Qué papel juega en determinar quién es digno de ser cuidado o disciplinado?

R. Creo que la delgadez se considera un signo de virtud, concretamente de disciplina, de ser capaz de controlar los instintos corporales, que se ven como algo femenino, indómito y, tal vez, un indicio de decadencia moral. En cambio, la gordura se asocia con el descuido, pereza, irresponsabilidad y desaliño.

En realidad, eso es bastante absurdo porque el factor más importante que determina el peso de una persona es la genética, junto con otros como la medicación, enfermedades, embarazo, situación económica o acceso a una alimentación equilibrada. No elegimos esas condiciones, y, sin embargo, moralizamos la gordura. Si no puedes controlar tu cuerpo, no es justo que se te juzgue moralmente por no hacerlo.

P. Precisamente en el libro sostiene que la gordura sigue estando ampliamente planteada como una cuestión moral. ¿Por qué cree que este prejuicio, a diferencia de otros, sigue siendo socialmente aceptable?

R. Resulta interesante comparar la gordofobia y la misoginia, que es la otra forma importante de opresión que estudio, desde una perspectiva interseccional. La gordofobia es un prejuicio mucho más reciente en comparación con la misoginia, que es más o menos tan antigua como el patriarcado, que a su vez, es tan antiguo como la agricultura.

La forma más moderna de la gordofobia, en la que los cuerpos más delgados se perciben realmente como mejores, especialmente para las mujeres, parece tener su origen aproximadamente a mediados del siglo XVIII. Antes, los cuerpos femeninos algo más gordos y redondeados, como en los cuadros de Pedro Pablo Rubens (1577-1640) se celebraban y se veían como un signo de riqueza, lujo, abundancia y prosperidad.

Esto demuestra que la gordofobia es un prejuicio bastante contingente. Creo que hay cierta esperanza en que pueda volver a cambiar y convertirse en un estándar menos tóxico, controlador y punitivo para los cuerpos.

placeholder Vista general del cuadro de Rubens 'Las Tres Gracias'. (Getty Images/Carlos Álvarez)
Vista general del cuadro de Rubens 'Las Tres Gracias'. (Getty Images/Carlos Álvarez)

P. Asegura en las páginas del libro que en su adolescencia había momentos en los que prefería pasar hambre antes que arriesgarse a ganar peso. ¿Qué revela esto sobre cómo se construye el miedo al cuerpo desde edades tempranas?

R. Esto refuta la idea de que las personas gordas no están dispuestas a esforzarse por cambiar sus cuerpos y que simplemente son perezosas, la mayoría ha hecho esfuerzos realmente sinceros, intensos y muy difíciles, que implican bastante sufrimiento, en sus intentos por cambiar.

Y creo que también muestra que, como sociedad, no estamos lo suficientemente preocupados por la cultura de la dieta y las formas de sufrimiento que genera, especialmente en las mujeres, en nombre de la idea de estar en forma.

P. ¿Hasta qué punto estas experiencias tempranas marcan la vida adulta, incluso en alguien que ha analizado críticamente estas cuestiones, como es su caso?

R. Creo que, aunque como feminista una piense que esa no es una buena forma de vivir y que no existe ninguna obligación de reprimir la propia personalidad, hay una enorme tentación de intentar encajar, porque las presiones para hacerlo son muy fuertes.

Así que creo que, en muchos sentidos, esto demuestra que la cultura de la dieta mantiene atrapada a mucha gente, incluso a quienes, en teoría, saben perfectamente que no está bien. Por eso quería contar mi historia: la gente podría suponer que soy inmune a la cultura de la dieta por ser una feminista convencida, pero obviamente ni yo misma lo fui.

P. ¿Dónde cree que opera hoy el sesgo gordófobo de forma más invisible: en la sanidad, en los medios o en las interacciones sociales?

R. Diría que en todo lo que mencionas. Además, en el libro también señalo un prejuicio contra las personas gordas en el ámbito de la educación y el empleo que creo que quizá está infravalorado. Hay muchas pruebas de que las mujeres muy delgadas cobran salarios mucho más altos y las mujeres muy gordas tienden a ganar bastante menos dinero, al menos en el contexto de Estados Unidos.

Igualmente, he visto estudios en muchos países europeos y en el Reino Unido sobre el tema, así que probablemente se trate de un fenómeno bastante extendido. Quizá no somos conscientes hasta qué punto en realidad damos por hecho que las mujeres gordas están menos cualificadas y tienen menos seguridad en sí mismas, aunque sean excelentes candidatas para un empleo, merezcan una subida de sueldo o un ascenso.

"Vi mi vida descarrilada por la gordofobia. Pese a que contaba con todas las herramientas intelectuales para resistirla"

P. ¿Le preocupa que muchos mensajes de salud pública, incluso bien intencionados, puedan reforzar este sesgo al centrarse casi exclusivamente en el peso?

R. Definitivamente, sí. Es muy fácil imaginar una información de salud pública más orientada a cosas que la gente realmente puede controlar. Por ejemplo: ¿estás intentando hacer todo el ejercicio que puedes? ¿Estás durmiendo lo suficiente? ¿Procuras que tu alimentación sea equilibrada?

Estos son aspectos que pueden cambiar o no el peso de una persona. Muchas veces, de hecho, no lo cambian, especialmente si esa persona tiene un metabolismo lento como consecuencia de haber hecho muchas dietas. Sin embargo, todo ello es indudablemente beneficioso para la salud, ocurra lo que ocurra con el tamaño de nuestro cuerpo como resultado.

P. En el libro hay una interacción constante entre la experiencia personal y el análisis estructural. ¿Qué aporta la perspectiva autobiográfica a la comprensión de la gordofobia como sistema de opresión?

R. Opino que sería difícil escribir un libro sobre la obesidad sin ningún tipo de experiencia personal. Las feministas han convencido en gran medida a la gente de que lo personal es político. Así que, cuando hablamos de cosas que son aparentemente muy personales, a menudo estamos haciendo hincapié en una política presente en el día a día.

No quiero decir que mi experiencia como mujer bajita, gorda y blanca, además de privilegiada en otros aspectos, sea en absoluto representativa, pero sí muestra que hay posibilidades de que alguien como yo pueda ver su vida descarrilada por la gordofobia. Pese a que yo contaba con todas las herramientas intelectuales para resistirla. Eso también fue algo muy difícil que me llevó años de arduo trabajo, tanto terapéutico como filosófico y conceptual, para superarlo.

P. ¿Qué responsabilidad tienen los profesionales sanitarios en todo este asunto y qué cambios le gustaría ver en la práctica clínica?

R. Creo que los profesionales clínicos tienen la gran responsabilidad de abordar todos sus prejuicios. De hecho, hay algunos datos preliminares, aunque prometedores, que indican que la formación contra esos prejuicios puede influir positivamente en la discriminación por el peso que ejercen algunos médicos.

Pienso que es importante que veamos este eje de opresión que realmente importa en el contexto sanitario. Una de las cosas que analizo en el libro es cómo se trata de una forma de sesgo que, según algunos indicadores, parece estar aumentando, mientras que otras formas de sesgo, al menos implícito, están disminuyendo.

Por eso, la formación contra los prejuicios es una forma prometedora de empezar a abordar esto, junto con cambios estructurales y materiales, como contar con un entorno que se adapte realmente a una amplia gama de tamaños y tipos de cuerpo.

Foto: obesidad-sobrepeso-discriminacion-social

P. En un momento en el que la diversidad corporal se discute de forma más amplia, ¿por qué piensa que sigue siendo tan difícil aceptar que la gordura no necesita justificación médica ni moral para ser legítima?

R. En los últimos años hemos visto cómo las nuevas innovaciones médicas, como los fármacos GLP-1, han cambiado la conversación. La liberación corporal ha demostrado ser bastante superficial, especialmente en el ámbito corporativo.

P. Y la última: ¿qué le gustaría que cambiara en el discurso sobre los cuerpos, la salud y la responsabilidad en los próximos diez años?

R. Me encantaría que hubiera un debate más inclusivo que simplemente reconociera lo que, en mi opinión, es un hecho bastante obvio: que las personas tienen una gran variedad de formas y tamaños. Hay algo hermoso en el hecho de que todos seamos diferentes entre nosotros. Este es un mensaje habitual cuando se trata del tono de piel, la textura del cabello, la identidad de género, la sexualidad o la discapacidad, pero no estoy segura de que lo hayamos aceptado de verdad en lo que respecta a los cuerpos, ni siquiera en las comunidades progresistas.

Kate Manne (Australia, 1983) siempre ha querido ser más delgada. Tal era su obsesión que recuerda lo que pesaba en cada época de su vida. Doctorada en Filosofía por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, es profesora asociada de esta materia en la Universidad de Cornell, ubicada en Nueva York. Además, está especializada en filosofía moral, social y feminista y ha desarrollado una obra influyente centrada en el análisis de las estructuras de poder que sostienen la misoginia, el privilegio masculino y, más recientemente, la gordofobia.

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