La gran letra pequeña de los pinchazos para adelgazar: un lagarto nos dio el Ozempic, Oxford nos devuelve a la báscula
Un reptil venenoso, una hormona y una farmacéutica danesa constituyen el mayor hito farmacológico de la historia contra la obesidad. El problema es que nadie sabe todavía qué ocurre cuando lo dejas
A finales de los años ochenta, un bioquímico neoyorquino llamado John Pisano andaba por los desiertos fronterizos con México investigando venenos de reptiles cuando dio con algo inesperado en la saliva del Monstruo de Gila; un lagarto de dos palmos capaz de sobrevivir meses sin comer. El bicho producía una sustancia casi idéntica a GLP-1, la hormona con la que tu intestino informa al cerebro de que ya estás saciado.
Algunas décadas de ingeniería molecular después, el resultado es semaglutida; el principio activo de Ozempic y Wegovy , el fármaco-milagro para adelgazar que Novo Nordisk comenzó a vender en 2021 y que ha convertido a la farmacéutica danesa en un monstruo capaz de superar al PIB de su propio país en capitalización bursátil.
La euforia estaba justificada: el panorama de la epidemia de obesidad es desolador. En España, más de la mitad de la población adulta tiene exceso de peso y una de cada cinco personas, obesidad establecida; más de un tercio en los niños pequeños, sobre todo en la población de renta baja. Las consecuencias sobre la salud son devastadoras: diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, varios tipos de cáncer, hígado graso, apnea del sueño... reducción de la calidad y de la esperanza de vida.
Las dietas fracasan. Casi todas, casi siempre. No es falta de voluntad, es fisiología: nuestro cuerpo, hambriento desde hace 300.000 años hasta prácticamente ayer en términos evolutivos, defiende su almacén de grasa con uñas y dientes apenas percibe el déficit calórico. La única intervención realmente eficaz a largo plazo en obesidad severa es la cirugía bariátrica.
Los nuevos fármacos consiguen lo mismo que el bisturí con un pinchazo semanal. Actúan sobre nuestro cerebro como lo haría GLP-1; persuadiendo a nuestro sistema nervioso de que ya no tenemos hambre, de que tenemos la tripa llena. ¡Pérdidas de hasta el 20%, 20 kilitos si pasas del quintal! Y beneficios colaterales que nadie anticipaba: casi una cuarta parte menos de infartos e ictus, protección renal y efectos prometedores en adicciones y demencias.
Fascinante. Salvo por un detalle que pone sobre la mesa, con la crudeza habitual de la ciencia, un estudio recién publicado en el British Medical Journal, una revista médica de postín.
El equipo de Sam West, de la Universidad de Oxford, analizó 37 estudios con más de 9.300 pacientes para averiguar qué ocurre cuando la gente deja los fármacos para adelgazar. El resultado es feo: tras suspender el tratamiento, el peso regresa a un ritmo de 800 gramos al mes; 10 kilos de media en el primer año; predicción de vuelta al peso de partida en año y medio. Los marcadores cardiometabólicos —glucosa, tensión arterial, colesterol— seguían la misma curva y empeoraban a medida que la grasa se enroscaba de vuelta a la cintura. Me recuerda a esas estadísticas deprimentes que muestran cómo la mayoría de los premiados con el Gordo de Navidad se han arruinado en 5 años.
El rebote es más rápido que cuando se abandonan las dietas, a pesar de que con los fármacos se pierde bastante más peso. La hipótesis de los de Oxford es que quien pierde peso gracias a un fármacono ha tenido que aprender a comer mejor; cuando el fármaco desaparece, la fisiología se toma la revancha sin nuevos hábitos que la frenen.
Por otro lado, las estadísticas de uso real nos dicen que uno de cada dos usuarios abandona las inyecciones en los primeros doce meses a causa de los efectos secundarios, del aburrimiento de pincharse cada semana o del coste —unos 3.000 o 3.500 eurillos al año, sin financiación pública para la mayoría—. Si el tratamiento hay que mantenerlo de por vida para que el beneficio persista, ¿qué estamos construyendo exactamente?
(REUTERS / George Frey)
Imagina que el agua del grifo de tu ciudad estuviera contaminada: que produjera un ramillete de enfermedades crónicas, que acortara la vida, que afectara especialmente a los niños y a los más pobres porque no pueden comprar agua embotellada. Y que la brillante solución que se nos ocurre no es mejorar el agua, sino una inyección semanal para quitarnos la sed. ¿De locos? Pues eso es lo que estamos haciendo con el ecosistema alimentario: ultraprocesados formulados con precisión para secuestrar los mecanismos de la saciedad, raciones que se han duplicado en 40 años, manzanas más caras que una bolsa de patatas fritas, máquinas de food vending en cualquier lugar, publicidad que dirige a los niños hacia el azúcar desde que aprenden a ver una pantalla y un festival del delivery a golpe de scroll. Y nuestra mejor respuesta es un fármaco que imita la hormona que nuestro intestino ya no puede producir con eficacia porque el sistema lo ha saturado. El lagarto lo flipa con nuestra especie.
La esperanza de que la semaglutida y similares sean el "empujón inicial" —adelgaza rápido, que luego ya comes bien el resto de tu vida— puede funcionar en algunas personas, pero se parte la cara con los datos del estudio de Oxford: la mayoría de quienes dejaron el fármaco después de meses de tratamiento recuperaron el peso más deprisa que quienes habían hecho solo dieta, sin que las banderillas semanales hubieran motivado mejores patrones alimentarios.
Esto no anula el valor real de semaglutida & Co. Para personas con obesidad severa y comorbilidades, puede ser transformador —literalmente, en algunos casos, cuestión de vida o muerte—. Lo que sí pone en entredicho es la narrativa de que hemos encontrado la solución rápida a los michelines. Lo que hemos encontrado es un tratamiento crónico para un problema crónico, exactamente igual que la insulina en la diabetes. Nadie espera curar la diabetes tipo 1 poniendo insulina dos años y luego dejándola.
El lagarto de Gila lleva en el planeta 95 millones de años y conoce bien la diferencia entre sobrevivir al hambre y aprender a dominarla. Le podíamos haber preguntado, para empezar.
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A finales de los años ochenta, un bioquímico neoyorquino llamado John Pisano andaba por los desiertos fronterizos con México investigando venenos de reptiles cuando dio con algo inesperado en la saliva del Monstruo de Gila; un lagarto de dos palmos capaz de sobrevivir meses sin comer. El bicho producía una sustancia casi idéntica a GLP-1, la hormona con la que tu intestino informa al cerebro de que ya estás saciado.