La inmunoterapia que revolucionó el cáncer tiene un lado oscuro: 63 complicaciones ligadas a alta mortalidad
Un análisis de más de 290.000 casos en bases de farmacovigilancia de la FDA y la OMS identifica una mayor proporción de muertes notificadas y reabre el debate sobre vigilancia y contraindicaciones en pacientes de alto riesgo
Los inhibidores de puntos de control inmunitario —la inmunoterapia que ha transformado el tratamiento de múltiples cánceres en la última década— podrían estar asociados a un subconjunto específico de complicaciones con una mayor mortalidad. Así lo sugiere un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) que analiza datos reales de farmacovigilancia de más de 290.000 pacientes en Estados Unidos y en la base global de la Organización Mundial de la Salud.
Los investigadores desarrollaron un algoritmo para identificar efectos adversos que aparecieran desproporcionadamente asociados a fallecimientos en pacientes tratados con estos fármacos, conocidos como ICI (por sus siglas en inglés).
El resultado fue la identificación de 63 eventos adversos de “alta mortalidad”, entre ellos insuficiencia hepática, insuficiencia respiratoria, shock séptico, miocarditis, enfermedad pulmonar intersticial, miositis o rotura de aneurisma aórtico.
En los registros analizados, el 36% de los pacientes que presentaron alguno de estos eventos adversos falleció, frente al 11 % de los que experimentaron otros efectos adversos relacionados con la inmunoterapia.
No todos los efectos adversos son iguales
Los inhibidores de checkpoint —como nivolumab, pembrolizumab o ipilimumab— actúan desbloqueando el sistema inmunitario para que ataque a las células tumorales. Han mejorado de forma sustancial la supervivencia en cánceres como melanoma, pulmón, riñón o vejiga, y su uso se ha expandido progresivamente a fases más precoces de la enfermedad.
Sin embargo, al activar el sistema inmunitario también pueden desencadenar efectos adversos que afectan a distintos órganos. Hasta ahora, algunos estudios habían sugerido que la aparición de ciertos eventos inmunorrelacionados podía asociarse incluso a mejor respuesta al tratamiento. El nuevo trabajo introduce un matiz relevante: existe un subconjunto concreto de complicaciones que se asocian a peor pronóstico.
“El estudio refuerza observaciones ya descritas, como la neumonitis, la hepatitis o la miositis, pero aporta una visión global que permite identificar cuáles son los eventos con mayor mortalidad”, explica Eugenia Martínez-Hernández, neuróloga de la Unidad de Neuroinmunología del Hospital Clínic de Barcelona, en declaraciones facilitadas por la agencia Science Media Centre España.
Según la especialista, aproximadamente un 20% de los efectos adversos relacionados con estos tratamientos presentan una mortalidad elevada. “La identificación de estos eventos puede ayudar a establecer medidas de vigilancia más estrechas y mejorar el manejo clínico de los pacientes”, señala.
Un análisis masivo, pero con límites
El estudio se basa en sistemas de notificación espontánea de efectos adversos —la base de datos de la FDA estadounidense (FAERS) y la base global VigiBase de la OMS— entre 2012 y 2023. En ese periodo, el número anual de eventos notificados aumentó, algo esperable dado el uso creciente de la inmunoterapia, mientras que la proporción de fallecimientos reportados se mantuvo estable en torno al 25 %.
Los propios autores advierten de que el análisis detecta señales estadísticas, pero no demuestra causalidad directa. No es posible distinguir si la muerte se debió al efecto adverso en sí, al cáncer subyacente o a otros factores clínicos.
Íñigo Les Bujanda, especialista en Medicina Interna del Hospital Universitario de Navarra e investigador en enfermedades autoinmunes, destaca que el trabajo “aporta una perspectiva novedosa al analizar la relación entre estos eventos y las tasas de mortalidad”, aunque subraya limitaciones como la falta de información sobre la gravedad de los efectos adversos, las dosis administradas o las causas específicas de fallecimiento.
Además, los datos no incluyen información sobre etnicidad, lo que podría limitar la generalización de los resultados a diferentes poblaciones.
¿Cambiará la práctica clínica?
Los autores del estudio plantean que podría estar justificado considerar contraindicaciones formales en pacientes con alto riesgo de desarrollar determinadas complicaciones especialmente letales. Es una de las conclusiones más contundentes del trabajo.
En la práctica clínica, los expertos consultados apuestan por un enfoque prudente. “En España, donde el uso de estos fármacos es cada vez más amplio, el estudio subraya la importancia de implementar estrategias de vigilancia proactiva”, señala Les Bujanda. Esto implicaría un seguimiento más exhaustivo de la función hepática, pulmonar o cardiaca en pacientes tratados con ICI, así como una valoración individualizada del riesgo.
Martínez-Hernández añade que el impacto del estudio es transversal y afecta a múltiples especialidades —neumología, cardiología, hepatología, neurología o reumatología— que participan en el manejo de estas complicaciones junto con oncología.
En cualquier caso, los especialistas coinciden en que los inhibidores de checkpoint siguen siendo terapias que han cambiado el pronóstico de muchos cánceres y que el balance riesgo-beneficio continúa siendo favorable en las indicaciones aprobadas. El nuevo estudio no cuestiona su eficacia, pero sí apunta a que no todos los efectos adversos son iguales y que algunos requieren especial atención.
La inmunoterapia ha revolucionado la oncología moderna. Ahora, el reto parece ser afinar cada vez más en qué pacientes y bajo qué condiciones se administra para maximizar el beneficio y minimizar los riesgos.
Los inhibidores de puntos de control inmunitario —la inmunoterapia que ha transformado el tratamiento de múltiples cánceres en la última década— podrían estar asociados a un subconjunto específico de complicaciones con una mayor mortalidad. Así lo sugiere un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) que analiza datos reales de farmacovigilancia de más de 290.000 pacientes en Estados Unidos y en la base global de la Organización Mundial de la Salud.