Iban a quitarle el útero a Cristina por un cáncer, pero una terapia desconocida la ha hecho madre
Tras meses intentando tener un hijo, le detectaron un tumor de ovario y un pretumor en la matriz. Aunque todas las guías médicas apuntaban a la histerectomía, optaron por un tratamiento hormonal sobre el que se sabía poco para su caso
En 2020, Cristina Orasanu tenía 34 años cuando empezó a buscar un hijo. Se había casado con Javier el año anterior y, como tantas parejas, daban por hecho que sería cuestión de tiempo. Los meses pasaban, primero con paciencia, después con desconcierto y, finalmente, con una sensación difícil de explicar: todo parecía estar bien y, sin embargo, nada ocurría.
Intentando entender con su ginecólogo de siempre por qué no llegaba la criatura, le practicaron “pruebas muy rudimentarias”, cuenta a El Confidencial. Le hicieron el proceso habitual de ecografías, analíticas y controles básicos. Con estas llegaría un diagnóstico que no resolvía nada, “esterilidad de origen desconocido”, algo que Cristina vivió como una simplificación dolorosa. El problema más importante de su vida reducido a unos valores en sangre. Sintió frustración, no solo porque no llegara el embarazo, sino porque nadie parecía ir más allá.
Cuenta que muchas decisiones que habían tomado en los últimos años estaban pensadas para esa familia que iba a llegar, como una casa más grande, un barrio con colegios cerca o planes directamente diseñados en plural. Eso sí, mientras no llegaba, se obligó a que su vida no se paralizase. Trabajó, viajó cuanto pudo, siguió con amigos, adoptó un perro... No quería que esos años se convirtieran en un paréntesis vacío.
Un rayo de esperanza llegó en 2022 cuando, empujada por un buen amigo, acudió a la sede madrileña de la Clínica Universidad de Navarra (CUN). Allí, por primera vez, tuvo la sensación de que el objetivo no era aplicar directamente una técnica, sino entender qué estaba fallando. Le hicieron más pruebas, más completas y más dirigidas al momento exacto del ciclo: analíticas hormonales en días concretos, resonancia, estudios de moco cervical, compatibilidad o un seguimiento preciso de la ovulación. “Me impactó de verdad, porque fue la primera vez que vi que había una vocación de diagnóstico. Salí esperanzada por todas esas pruebas, de repente ves que puedes tener una respuesta a la infertilidad”, recuerda esta vecina de Madrid.
En esa evaluación apareció por fin una explicación concreta. Cristina tenía endometriosis, una enfermedad en la que un tejido similar al del endometrio crece fuera de su lugar habitual y puede alterar el funcionamiento normal del útero y los ovarios. Y, además, un mioma –un tumor benigno– situado justo encima del endometrio, que es la capa donde debe implantarse el embrión.
Ya no era una cuestión abstracta ni “hormonal” en el aire, era un problema físico. El doctor Luis Chiva, director de la Unidad de Fertilidad de la CUN, lo explica de manera muy gráfica: “Cuando el embrión es apenas un saco microscópico que intenta anidar, necesita espacio y un endometrio bien preparado. Si encima de esa cavidad hay un mioma voluminoso, se produce el efecto mecánico de que lo comprime, dificulta su correcta implantación y puede impedir que el embarazo prospere desde el principio”.
El plan inicial fue conservador, estimulando la ovulación, monitorizándola y marcando el momento exacto para intentarlo de forma natural. Pero enero de 2023 pasó sin embarazo y en una de las ecografías de seguimiento apareció una pequeña imagen en el ovario derecho, algo mínimo que en ese momento no parecía alarmante.
En febrero, esa “cosita” había duplicado su tamaño y el 14 del mismo mes pidieron más pruebas, que le llevaron el 6 de marzo al quirófano. Esa cirugía cambió su historia. El quiste del ovario resultó ser un cáncer y no fue la única mala noticia. Al examinar el útero, encontraron una hiperplasia atípica, una lesión precancerosa que, con el tiempo, podía convertirse en un tumor. En ese momento se activó todo el protocolo: marcadores tumorales, resonancia, PET-TAC... De pronto ya no estaban hablando de fertilidad, sino de oncología. “De repente hay una enfermedad que amenaza la vida y ya sí que lo ocupa todo”, rememora Cristina.
En la operación le extirparon trompa y ovario derechos. Por suerte, comprobaron que el tumor estaba encapsulado y no había signos de enfermedad a distancia, lo que fue clave. Y los resultados definitivos confirmaron un tumor de origen endometrioide y lesión precancerosa.
Con un diagnóstico de este tipo, lo habitual es una histerectomía, lo que ella misma denomina como “vaciar”. El comité médico recomendó esa opción como la más prudente para reducir al máximo el riesgo de recaída. Cristina también investigó otras opiniones, pero todo apuntaba en la misma dirección. Esta cirugía mayor para extirpar el útero no solo implicaba tratar el cáncer, sino también cerrar definitivamente la puerta a la maternidad biológica.
Además, en su caso, había un antecedente que pesaba como una sombra. Su madre murió de un cáncer ginecológico a una edad similar a la que a ella le dieron el diagnóstico. Cabe destacar que Cristina se había hecho un estudio genético que descartó un síndrome hereditario, pero la coincidencia era imposible de ignorar. Sabía exactamente lo que significaba esa enfermedad.
La menopausia química que le curó el cáncer
Cuando ya asumía que la maternidad se le escapaba, ocurrió algo que ella recuerda con una mezcla de incredulidad y gratitud. Algo que sucedió porque Chiva no se limitó a repetir el protocolo, sino que buscó alternativas en la literatura científica.
Cristina describe el día que el experto en fertilidad le contó otra posibilidad –y sus riesgos– con una escena que pareciera no pertenecer a un hospital. El doctor le giró la pantalla y empezó a enseñarle casos, publicaciones, entradas, experiencias, artículos científicos… “En una especie de Forocoches de médicos en inglés”, describe para tratar de explicar lo que vio en ese ordenador en el que encontró, en mitad del miedo, un mapa de posibilidades.
No era un tratamiento “perfecto”, ni una garantía, algo que ella entendió desde el primer momento. Podría no ser tan eficaz como la histerectomía, que blindaría el riesgo, pero también cerraría para siempre la fertilidad. En cambio, esta era una vía que arriesgaba un poco más, pero intentaba conservar lo que ella llevaba años intentando conseguir. “Era elegir entre cerrar esa puerta o intentarlo asumiendo un riesgo”, narra, al tiempo que señala que “las dos opciones imponían muchísimo”.
Chiva le explicó que no era un enfoque habitual para tratar sus dos frentes a la vez, porque se había usado en otros escenarios de las patologías y/o por separado. Por lo tanto, no había datos concretos de éxito o fracaso en casos como el de Cristina. Pero el corazón de la propuesta era claro: intentar un tratamiento conservador, sabiendo que el margen de seguridad no sería el de “quitarlo todo”, pero que podía preservar la fertilidad.
Hay un punto clave que hizo que ella aceptase este tratamiento, a pesar de que no era tan seguro como el más radical; el médico le insistió en la parte más importante: la vigilancia. No era un “haz esto y ya está”, era un contrato de control estrecho, casi obsesivo. “Yo voy a estar como un pitbull vigilándote cada tres meses”, le dijo a la mujer.
Esa vigilancia venía con un lenguaje muy simple, para que no hubiera autoengaños: semáforos. Si no mejoraba, naranja y se volvía a la opción principal; si empeoraba, “rojísimo” y se operaba inmediatamente; si remitía, verde, pero con confirmación en la siguiente biopsia.
El tratamiento que le propuso no era especialmente amable, ni en aplicación ni en los síntomas que le dejaba. Por un lado, lo más tangible del principio fue un pinchazo “hiperdoloroso, con una aguja que tiene el tamaño de la punta de un boli BIC”. El fármaco en cuestión era Zoladex, cuyo principio activo es goserelina, un medicamento hormonal inyectable utilizado para tratar cánceres dependientes de hormonas.
El tratamiento le indujo a Cristina una menopausia química, lo que hizo que durante meses su cuerpo dejase de funcionar como el de una mujer de 38 años y empezase a comportarse como el de alguien mucho mayor: sofocos, insomnio, cambios físicos, cansancio...
Mientras se sometía al mismo, cada tres meses le hacían una biopsia con la vista puesta en que, si el camino se torcía, había un regreso inmediato a la solución estándar. Pero, cuando no había llegado a un año de terapia, todo había remitido: el tratamiento había funcionado.
Vuelta a la fertilidad en un mes
Cuando retiraron la medicación, el cuerpo tuvo que volver a arrancar. Cristina tenía un solo ovario y venía de meses de supresión hormonal. Por ello, las probabilidades no parecían altas.
Ella estaba convencida de que tardaría mucho: “Yo pensaba, ‘ahora con un solo ovario, después de todo esto… esto va para largo’”. Incluso cuando el tratamiento terminó, esperaba meses de reajuste, de espera, de incertidumbre. Pero el cuerpo hizo lo que tenía que hacer. Le volvió la regla —ese primer signo de que todo se estaba poniendo en marcha otra vez— y, casi sin darles tiempo a planearlo, llegó el embarazo. Como lo resume el propio Chiva desde el asombro clínico: “En la primera ovulación se quedó embarazada”.
Así, el 4 de diciembre nació Cecilia, pocos días después de que la –por fin– madre cumpliera 40 años. Un caso de éxito que el experto en fertilidad califica casi como milagro. El embarazo fue bueno, aunque los controles sobre los tumores de los que se había librado tuvieron que reducirse por el riesgo a dañar al feto; por ello, el propio Chiva aprovechó la cesárea para revisar y confirmar que todo seguía limpio.
Cuando mira hacia atrás, Cristina no habla de épica, sino de haber aprendido a convivir con la incertidumbre, no haber dejado de vivir mientras esperaba y no haber reducido su identidad a un diagnóstico ni a un deseo frustrado. Dice que abrazar sus circunstancias fue lo que la sostuvo.
Su historia combina precisión médica y decisiones arriesgadas, pero también algo más sencillo, la voluntad de no renunciar sin explorar todas las posibilidades. Y el resultado de todo esto no es solo el nombre propio de Cecilia, sino que cuando se encuentra con este periódico está de nuevo embarazada y le quedan dos meses para salir de cuentas.
En 2020, Cristina Orasanu tenía 34 años cuando empezó a buscar un hijo. Se había casado con Javier el año anterior y, como tantas parejas, daban por hecho que sería cuestión de tiempo. Los meses pasaban, primero con paciencia, después con desconcierto y, finalmente, con una sensación difícil de explicar: todo parecía estar bien y, sin embargo, nada ocurría.