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Diario de un cirujano de fin de semana en Viena
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'¿Qué te pasa, doctor?'

Diario de un cirujano de fin de semana en Viena

Viena fue capital del imperio austrohúngaro. Brilló como la capital del conocimiento médico, del modernismo y el vanguardismo tanto musical como cultural, y que le consolidó como el centro artístico de Europa

Foto: Vista de la Ópera Estatal de Viena. (Getty Images/Heinz-Peter Bader)
Vista de la Ópera Estatal de Viena. (Getty Images/Heinz-Peter Bader)

Viernes. Viena nos recibe fría y brumosa, con un encanto de otras épocas. Después del check-in en el hotel, nos echamos a la calle ávidos de interés. Enseguida se nota la temperatura bajo cero, pero la ilusión siempre atempera el organismo. Mañana asistiremos a la representación de Las bodas de fígaro en el Teatro de la Opera (el propósito principal de nuestro viaje) y aprovecharemos el resto del fin de semana para visitar lo que se pueda. Nuestros pasos erráticos, como los de cualquiera que vaga por una urbe desconocida, nos llevan hacia el majestuoso palacio de Invierno (Palacio Imperial de Hofburg). En un extremo se encuentra la Biblioteca Nacional de Austria a la que decidimos acceder, más por el empuje de quien siente el ansia turística de aprovechar cada minuto, que por admirar los tesoros que se encuentran en su interior (de los que no teníamos conocimiento antes de entrar).

La bibiloteca es extraordinaria. Contiene papiros, manuscritos, incunables, libros antiguos, mapas, partituras musicales, autógrafos, grabados, esferas, globos terráqueos, acumularos por la Casa de Habsburgo desde tiempos medievales. Unos 35.000 ejemplares, dice el folleto explicativo. Enseguida me llaman la atención la gran cantidad de libros medievales sobre medicina, como, por ejemplo, el primer libro de cirugía escrito alemán, que está expuesto ahí, mismo, delante de mis propias narices. Resulta admirable que sólo se conserve ese ejemplar y que esté en buen estado. No puedo sino retrotraerme en imaginación a aquella época. ¿Cómo trataban quirúrgicamente a los pacientes? Seguro que solo tenían este texto para consultar antes de una intervención (y algun que otro similar en otro idioma). En aquel entonces abrían las barrigas y los cráneos para extraer tumores, con técnicas aprendidas en primitivos grabados como los de este libro y en las experiencias de otros cirujanos relatadas en los diferentes capítulos. Hoy en día un cirujano actual tiene a su alcance toda la información, el material audiovisual y los textos de cirugia para aprender o actualizarse de cualquier técnica, al instante, con un gesto tan simple y cotidiano como sacar el movil del bolsillo.

En una vitrina hay un texto de Theodor Billroth, uno de los padres de la cirugia moderna, junto con una foto suya al lado. Está acodado en una barandilla, mirando hacia un jardín, tal vez su casa. Posa de forma señorial, seria, imponente, como se le presupone a un gran cirujano, famoso, contrastado, pionero, como él fue. ¿Qué se le estaría pasando por la cabeza justo en ese momento? Quizás estaría pensando en el paciente que acaba de intervenir o, tal vez, en el caso complejo programado para el dia siguiente, como nos pasa a todos los cirujanos hoy en día, que nunca desconectamos. Las técnicas quirúrgicas que él imaginó (y que puso por primera vez en práctica) aun se usan en la actualidad, ciento y cincuenta años después. Billroth es famoso entre nosotros, los cirujanos cardiacos, por la siguiente frase: "quien intente operar el corazón perderá la consideración de sus colegas". Tal aserción mantuvo a raya a todo aquel que se le pasase por la cabeza intentarlo durante muchos años. Eran otros tiempos.

placeholder Theodor Billroth, uno de los padres de la cirugia moderna. (R. H. E)
Theodor Billroth, uno de los padres de la cirugia moderna. (R. H. E)

Al lado de la fotografía de Billroth está una joya bibliográfica que me conmueve. Su autor, Ignaz Semmelweis, es el protagonista de una de las hazañas más importantes de la historia medicina. A mediados del siglo XIX, Semmelweis, trabajaba en el Hospital General de Viena donde había dos pabellones para atender a las parturientas. Un día reparó en la elevada mortalidad por fiebre postparto en el pabellón donde los partos eran atendidos por médicos y estudiantes, en comparación con el otro, en el que los alumbramientos eran asistidos solo por parteras.

Semmelweis observó que los médicos pasaban directamente de realizar autopsias a atender partos sin lavarse adecuadamente las manos, así que postuló que los resultados desiguales eran debidos a que partículas cadavéricas eran transmitidas a las pacientes y causaban infecciones mortales. Convencido de su teoría, en 1847 obligó al lavado de manos con solución de cloruro de cal a todos los que accedían a tratar a las embarazadas, lo que redujo drásticamente la mortalidad, de más del 10% a alrededor del 2%. Su descubrimiento contradecía las teorías dominantes de la época (aún no se conocía la teoría microbiana de la enfermedad), así que se encontró con el rechazo de la comunidad médica. Semmelweis falleció sin ningún reconocimiento a los 47 años, en una institución mental cerca de Viena. Murió a causa de una infección generalizada provocada por una paliza que le aplicaron los guardias al intentar escapar.

Contemplar el libro de Semmelweis en el que explica sus (acertadas) teorías me produce admiración y tristeza. Está escrito en una lengua que no entiendo, pero reconozco el valor que tiene y asumo, mientras observo el paso del tiempo en las hojas y la gastada encuadernación, que la vida es injusta demasiadas veces. Muchos murieron en el anonimato sin que se supiera que hicieron un bien a la humanidad. Puede pasar, de acuerdo. Pero, ¿morir apaleado como un perro? ¿Fallecer con una infección cuando has pasado tu vida intentando que otros no la contraigan? Gracias a él nos lavamos las manos antes operar. Que no se le recuerde hoy en día resulta triste e inmerecido.

placeholder Maletín de terciopelo con heramientas. (R. H. E)
Maletín de terciopelo con heramientas. (R. H. E)

En la biblioteca hay muchos más textos interesantes para un cirujano. Una vitrina muestra cuchillos afilados y sierras para amputaciones. Están en un precioso maletín de terciopelo verde cuyas piezas encajan perfectamente para que no se muevan durante el transporte. Me pregunto cuántos miembros habrán cercenado ese material que se conserva en magnificas condiciones. Hay también libros que hablan sobre la peste que asoló la ciudad en el siglo XVII y que se cobró unas cien mil vidas; sobre la viruela; la historia de Gabriele Possanner von Ehrenthal, la primera mujer que ejerció como doctora a finales del siglo XIX, todo un hito en aquella sociedad de la época tan fanática y patriarcal.

La visita a la biblioteca ha sido una gran sorpresa profesional. De la misma manera que a mí me impactan los hallazgos relacionados con mi cotidianeidad laboral, a otros viajeros les sucederá igual con los relacionados con sus temas: el arquitecto con las edificaciones, el botánico con los parques, las fuerzas de seguridad con los recursos visibles en las calles o los restauradores con el funcionamiento de los restaurantes y, claro, mi Santa con los árboles.

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Sábado. La gran noche. Nos vestimos para la ocasión. No de punta en blanco (no esmoquin, no traje de noche), pero bien arreglados. La Opera Estatal de Viena tiene un código de vestimenta bastante liberal contrariamente a lo que se pueda pensar (solo impiden la entrada si vas en shorts muy shorts, o en camiseta de tirantes y gorra y alguno habrá supongo que así aparezca). Sí sugieren (con sutiliza germánica) que te arregles puesto que “la ocasión lo merece y así tampoco te sientes diferente al resto”. Al ibérico nos parece bien, puesto que los consideramos tipos serios. Si fuera al revés, una recomendación de vestimenta específica para el ingreso de cualquier evento patrio, tendríamos el debate bien establecido en redes durante una semana. La fachada del edificio es maravillosa y la escalera central, asombrosa. Ha salido en muchas películas y es lógico que lo haya hecho porque es de película. Pululamos un poco con aire de habituales de eventos de este estilo. Nos mantenemos en average según lo que observo, en cuestión de atuendo. Respiramos.

Nos sentamos en nuestro palco (un día es un día). No es barato, pero mucho más asequible que en el Teatro Real de Madrid (un significativo 30% menos). En estas tierras la música es un bien común, no como en nuestra casa, en la que todavía se mantiene un cierto elitismo. El teatro es precioso. Al fondo del patio de butacas está una zona para asistir de pie de forma más económica (desde 20 euros); son entradas que venden el mismo día de la representación, adecuada para estudiantes y otros bolsillos más ajustados. Sentado en el palco entiendo porqué los poderosos, la aristocracia, la realeza, los gánsteres, los magnates, los conspiradores, los políticos, siempre se han sentado en estas privilegiadas localidades para asistir a las representaciones. Y no solo porque te permite ver al mismo tiempo el escenario y el foso con los músicos. Es la colocación, la altura, la reafirmación del poder, la sensación de dominar el resto del pueblo desde arriba; la posibilidad de escrutar al resto de los asistentes, a los vecinos de palco, a los de los lados y los de más allá. No resulta difícil imaginar cuantas miradas pícaras de amantes se cruzaron desde estos palcos, cuantos tejemanejes y conspiraciones se gestaron a lo largo de tantos años. La ópera era la gran posibilidad del cotilleo social de una época, en la que la única manera de ser visto (y ser alguien) era acudir a una representación.

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El espectáculo de Las bodas de fígaro resulta extraordinario (no voy a extenderme en detalles). Salimos satisfechos… y hambrientos. Son las once y no hay posibilidad de cenar nada. Es el horario europeo, ese que tanto nos gusta cuando estamos en casa (y que siempre consideramos como más sano, más civilizado, etc.), pero que tanto fastidia cuando estás de turista. Acabamos comiendo a la intemperie una salchicha vienesa con pan y mostaza en un kiosco, mientras las velas nos cuelgan de la nariz y los pies van perdiendo sensibilidad. Poco glamur final. El contraste de las situaciones también es sustento para los buenos recuerdos. Y para que luego puedas contarlo. La experiencia no es completa si no la compartes con alguien después, como el otro día oí decir a Luis Landero en una entrevista en Página Dos.

Domingo. El Museo Belvedere nos recibe con una bruma matutina que remeda a alguna de las escenas de la película Amadeus. Por sus jardines no es difícil imaginarte que, justo detrás de ti, resuenan unos cascos de caballo. Puede que sea un coche de época del que bajará un joven Mozart acompañado por Constanze, su esposa o, tal vez, por Antonio Salieri con quien no se llevaba tan mal con como realmente se dice en el film. Ayer por la tarde estuvimos en la que fue la casa de los Mozart. Como en dos días se cumplirá su aniversario de nacimiento, la entrada nos salió gratis e, incluso, nos obsequiaron con un vino espumoso a todos los visitantes.

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En el museo Belvedere destacan las obras de Gustav Klimt, en especial su obra art noveau El beso, alrededor de la cual se arremolinan hordas de turistas de diferentes continentes, religiones y culturas. Es como con La Gioconda, Las Meninas, La Última Cena, o El grito, que son cuadros que la gente fotografía como prueba de que estuvo allí cuando se lo cuente a alguien (y la experiencia sea completa, como dice Luis Landero). Con El beso hay un grupo de cuarenta personas que retratan el cuadro con sus móviles. Lo observan a través de la pantalla. Ninguno lo hace con sus propios ojos. ¿Dónde ha quedado esa maravillosa costumbre de impregnarte de algo bello con tus propios sentidos? Ahora el arte solo se admirar apretando una, mil veces, el botón de captura de la cámara, por si acaso, por si no sale bien, como si se mantuviera aquel miedo de tiempos pretéritos a que hubiera fotografías que luego saliesen movidas (como pasaba con las cámaras de carrete).

Y entonces, sucede. Estoy contemplando esa contemporánea plantación de brazos con móvil en vilo, y pasa algo que sé que cuando lo cuente, no me van a creer. Un joven se nos acerca y nos pregunta si somos españoles. “Quiero pedir en matrimonio a mi novia delante de El beso y me preguntaba si no os importa grabarlo”. Accedemos, claro, una vez que comprobamos que no formamos parte de alguna broma televisiva. El muchacho parece honesto en sus intenciones. “Me voy de esta sala, voy a buscarla, vuelvo con ella, os doy mi móvil y lo grabáis, por favor”, nos instruye. Está claro que lo tiene bien planeado. Nos miramos ante la ocurrencia y aguardamos. De repente, no somos turistas; somos cómplices, tenemos una misión. Se nos agudizan los sentidos. “A ver si le va a decir que no”, es mi principal preocupación. Pero lo descarto; estas cosas se proponen con terreno firme, o eso espero. Me noto nervioso. Vuelve él, y viene con ella de la mano. Como si no nos conociera, se acerca y nos dice que si podemos hacerles una foto. Me tiende el móvil al que (el muy pícaro) ya le ha dado a grabar y yo, que estoy inquieto como si fuera yo el que se va a arrodillar, se lo paso a mi Santa para que ejecute, que tiene más temple. Además, en mi cabeza parece más romántico si lo hace ella. Se colocan para un selfie y a ella (la novia) tanta parafernalia le mosquea un tanto. Algo se huele. El no para de hablar. Ella se extraña; “estás demasiado locuaz para una simple foto”, dice su gesto.

Foto: Imagen de archivo: EFE / Ana Escobar

Y entonces él, lo suelta. Le dice a su prometida todo lo que le quiere, todo lo que representa para él, mientras se arrodilla y saca un estuche cuadrado del bolsillo, el cual abre. Hay una pequeña luz estratégica dentro de la tapa que ilumina el anillo, toda una sorpresa para mí. Me recuerda al maletín que se ilumina en Pulp Fiction, pero aquí si se ve el contenido, no como en la peli de Tarantino. Volviendo a la propuesta de matrimonio, la escena es, en verdad, de película. Poco a poco los turistas arremolinados se van dando cuenta de lo que pasa, pues todo ha transcurrido de forma inadvertida para la mayoría, menos para nosotros cuatro, el núcleo duro de la pedida. Los móviles dejan de enfocar al cuadro y se centran en nuestros compatriotas y, al mismo tiempo, van prorrumpiendo en aplausos que se hacen estruendosos. Todo pasa en segundos.

Los prometidos se acercan, nos agradecen, y siguen felices la visita, él con la misión cumplida y ella con un pedrusco en el dedo anular. Les veo confundirse por entre la marabunta y me quedo en ese momento deseoso de completar la experiencia, que es lo que estoy haciendo ahora contándoselo a todos ustedes.

Buen viaje a Viena y que se mejoren.

Viernes. Viena nos recibe fría y brumosa, con un encanto de otras épocas. Después del check-in en el hotel, nos echamos a la calle ávidos de interés. Enseguida se nota la temperatura bajo cero, pero la ilusión siempre atempera el organismo. Mañana asistiremos a la representación de Las bodas de fígaro en el Teatro de la Opera (el propósito principal de nuestro viaje) y aprovecharemos el resto del fin de semana para visitar lo que se pueda. Nuestros pasos erráticos, como los de cualquiera que vaga por una urbe desconocida, nos llevan hacia el majestuoso palacio de Invierno (Palacio Imperial de Hofburg). En un extremo se encuentra la Biblioteca Nacional de Austria a la que decidimos acceder, más por el empuje de quien siente el ansia turística de aprovechar cada minuto, que por admirar los tesoros que se encuentran en su interior (de los que no teníamos conocimiento antes de entrar).

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